Vuestros cuentos 

La hormiga y el gusano

Enviado por zann  

La hormiga y el gusano


Cierto día, una hormiga exploradora se encontraba buscando alimento para la colonia cuando escuchó una voz grave y ronca que la llamaba desde lo alto de unas anchas hojas.

—¡Oye tú, pequeña! ¿Por qué trabajas tan duro todo el día? —preguntó un gordo y curioso gusano que llevaba un tiempo viendo cómo la hormiga se afanaba en sus labores.

—Estoy en búsqueda de alimento para la colonia —respondió la hormiga con orgullo.

—¿Entonces eres de esos tontos que recogen alimentos para otros? ¿Y qué pasaría si te hieren en tu búsqueda, o si mueres? ¿Realmente importaría para tu colonia? ¿Acaso alguien vendría a buscarte? —cuestionó con desdén el trabajo de la hormiga.

—¿Por qué tendría que buscarme a mí misma? —preguntó la hormiga, confundida.

—¡Así que reconoces que no eres importante! —replicó burlonamente el gusano y añadió—; yo prefiero vivir solo, sin que nadie me dé órdenes. Elijo mi propio destino, decido qué comer y dónde vivir. No recojo alimento para nadie y no necesito a nadie.

Entonces, dos hormigas más saltaron desde su espalda y arremetieron contra el gusano. Apenas podía moverse cuando cayó, y pudo oír cómo las tres hormigas decían a una voz:

—Zánn Andrés

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El último neandertal

Enviado por zann  

El último neandertal


En una caverna rupestre y, alrededor de la hoguera, Golbrich el neandertal, conversaba con su familia.

—Son tiempos difíciles… ¡Brorum! ¡Ah, si solo fueran las fieras eso no sería un problema! Pero esos otros sí son realmente una molestia; ya quedamos muy pocos…

¡Ah, si solo fueran las fieras eso no sería un problema! Esos otros… sí, son ellos… ¡Brorum! —Atizaba las brasas mientras su mirada se perdía en la llama, antes de apagarse para siempre.


—Zánn Andrés

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El maya

Enviado por zann  


—Alcanzaré esas luces incontables de la noche —dijo Aya’wab P’éel Ichil— mientras miraba más allá del espeso bosque.

Así que le pidió a su padre que lo alzara en brazos lo más alto posible y, por más que arañaba el aire, no pudo alcanzarlas.

Creció hasta convertirse en el mejor de los guerreros. En esos días, subió al árbol más alto que estaba en la cumbre de la montaña más alta, extendió su brazo todo lo que pudo para hacerse con ellas, pero de todas formas no consiguió alcanzarlas.

Fue entonces, ya siendo emperador, cuando construyó en aquella cumbre la más alta de las pirámides y, después de subir hasta la cima, saltó con todas sus fuerzas; lo hizo una y otra vez, pero tampoco logró alcanzarlas.

Se quedó allí en silencio contemplando aquello.

—¡Ah, si tuviera más tiempo! —dijo— y bajó a la gran ciudad que había edificado.


—Zánn Andrés




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Relatos vividos: Sí, soy pajero

Enviado por alvaro123  

Me enamoré de Jozabet
no sé si fue amor, pero me gustaba.

Era tan linda, de piel dulce y suave
y aroma de paz.

Con solo verla, yo era feliz
y ya al hablarle, me sentía dichoso.

Vestía siempre formal y su caminar me tentaba
a la lujuria, al erotismo, a dejarme llevar por mis
más bajos instintos humanos y montarla frenéticamente tal cual fuese un caballo.

Poseía un cuerpo de poesía y de trazos y curvas
curvas cuyo autor supo muy bien dónde ponerlas para maravillar al público.

Ella era un mar sin explorar, yo quería ser el pirata que gozase del tesoro único que solo ella guardaba y podía darme
Quería escalar esos reducidos montes y beber del manantial donde se encontraban las riquezas
más valiosas que esa dulce jovencita
me podía ofrecer


La deseaba con locura

Ella era pura e inmaculada y yo un pajero, un experto calificado en lo que yo denomino: ‘’El arte del Onanismo’’.

Pero la quería, rogaba a Dios por tenerla, sin embargo, no la tuve; hasta ahora.

Por lógicas razones, ella no me hablaba, pero yo
sí quería hablarle.
Pero que yo le hable a ella, era para mí una falta de respeto.

Viví todo los días viéndola y deseándola.

Una que otra lágrima brotaban de mis ojos y sin mi consentimiento

He de aceptar que yo era muy hiperactivo, altamente escandaloso, y pocas veces anestesiado y tranquilizado.

Jozabet era sumamente hábil en las ciencias madres
tal como la matemática, la física y la química.

Quería ser ella arquitecta
y yo quería que ella sea mía.

Aún ambos no logramos lo que queremos, pero creo que ella sí logrará lo que quiere.

Jozabet, ahora tu mar está siendo explorado; tus tesoros, saqueados
y tus montes escalados.

Yo aún te pienso, aún te deseo; vives en una ilusión
donde puedo ser feliz contigo.

Envidio a ese pirata que explora tus mares, y siento celos que sea con tu venia.

Más rabia me da ver que son ustedes piezas que encajan, son cóncavo y convexo.

Sé que no lo sabes pero…
te deseaba con locura, y a hurtadillas te observaba y te contemplaba. Si te percataste perdóname, y ahora que lo sabes compréndeme.

Jozabet Loja, me gustas
me gustas mucho.


Autor: Álvaro Zevallos

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Content Writer

Enviado por simonelany  

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Enero y febrero

Enviado por rickfg  

Hace muchos años ,cuando era niño, después de vivir un una pequeña aldea,nos habíamos mudado a un pueblo de algunos 10,000 habitantes,y justo nos tocó vivir en una vieja casa que quedaba rumbo al panteón a la orilla del pueblo , y había días seguidos que pasaban a sepultar a alguien, todo lo contrario a la pequeña aldea donde vivíamos posteriormente, yo tendría unos 6 años en aquel entonces y me llamaba la atención el desfile de carros y de gente. Que seguían la carroza,y recargado en la pared fuera de la vieja casa , miraba pasar sobre. La calle empedrada un poco polvorienta, una viejecita se me acercó Eda tarde y me pregunto ,? Niño que tanto miras?, he notado más de una vez que haces lo mismo , yo conteste. Mirándole a sus ojos, parecía una anciana muy humilde y amable , señora de donde yo vengo me se muere nadie , ella sonrió , tomándome del hombro me dijo sonriendo con una voz dulce, no te preocupes hijo , enero y febrero puro desviejadero.

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Las calles

Enviado por danteverne  

Camino por las calles empedradas del barrio antiguo de mi ciudad. Es tarde. Ha llovido hace un rato y las luces se reflejan en los charcos con mil destellos nocturnos. Acabo de dejar a mi novia en su portal. Hemos discutido. Bueno, ni siquiera podría decir que hemos discutido, simplemente yo no he querido hablar, una vez más, de irme a vivir con ella.
— Estoy a gusto como estoy. No necesito vivir contigo para que sepas que te quiero.
Y zanjé la conversación de ese modo, como quien cierra una puerta de golpe. Y ella ya no me habló en el camino a su casa. Esa noche, como otras habíamos quedado con unos amigos en la típica zona de copas del centro. Lucía vive allí cerca, pero yo vivo al otro lado del puente que cruza el río Tormes, en Santa Marta. Así que habitualmente me hago el recorrido a pie de vuelta, a sabiendas de que tendré al menos una hora de caminata larga. Pero ese día me he llevado la moto.
Antes de quedar con los amigos tenía que ir con Lucía a ver a su tía Matilde, que vive en el norte de la ciudad. Así que la recogí cerca de su casa y fuimos antes de quedar con los amigos. Me cae bien su tía. Debe rondar los cincuenta y es viuda, y posiblemente vea en nosotros un posible reflejo de lo que pudo tener algún día, no hace tantos años. No tiene mucha vida social, así que cualquier visita de su sobrina favorita lo celebra como si fuera una de las cosas más importantes de su monótona vida. Es agradable, con una conversación culta y fluida. No rehúye ningún tema, si bien suele sacar temas conflictivos para tantearme y ver qué pienso de este o de aquel tema, esa tarde sacó el tema estrella que a la postre terminaría por echar al traste aquel día.
— Bueno, ¿y vosotros, no pensáis que ya va siendo hora de dar un paso más en vuestra relación? Lo digo porque os veo muy bien juntos y ¿cuánto lleváis ya? ¿dos años?
Lucía y yo nos miramos. Ella me sonrió pero yo me quedé petrificado en ese momento, incapaz de reaccionar ante unas palabras que dichas con absoluta naturalidad me parecieron como un cuchillo cortando mantequilla. Lucía, viendo mi estupor reaccionó en un par de segundos de incómodo silencio.
— Tía, nos tenemos que ir. Jorge y yo hemos quedado con unos amigos y no queremos llegar muy tarde. Hoy es el cumple de una amiga y quiero parar antes a comprarle alguna cosa.
Sigo recreando toda la tarde, las palabras, los gestos mientras bajo por la calle Toro. Dejé la moto aparcada cerca de la zona de copas pensando de antemano que el paseo me sentaría bien. Ni siquiera pensé en acercar a Lucía con la moto a casa. Ese día la conversación tomó un cariz ceniciento desde el momento en el que salimos de casa de su tía.
— Es que no te entiendo Jorge. Ya lo hemos comentado varias veces, y no sé tú, pero yo tengo la sensación de que no nos movemos. Y una relación que no va a más está condenada al fracaso.
— Pero, ¿qué más? Si estamos bien como estamos ¿para qué cambiar?
— Lo que pasa es que tienes miedo al compromiso. Eso es lo que te pasa. No lo niegues.
Y ahí hizo sangre. La conversación se enturbió lo suficiente como para ir retomándola a retazos a lo largo de toda la noche en cuanto nos quedábamos solos. Pero yo poco tenía que añadir al respecto en ese momento. Y sin embargo, ahora que bajo por estas calles y atravieso la Gran Vía, y veo a algunas parejas de la mano, que se buscan con la mirada, ávidas de la promesa del sexo, ávidas de un amor o de un momento de belleza, no puedo dejar de pensar en Lucía.
Hasta hoy no era consciente de cuánto la quiero. Cada vez me duele más separarme de ella, y salvo estas discusiones en las que queda de manifiesto mi posible falta de madurez para el compromiso, podría decir sin ningún género de dudas de que es la mujer de mi vida. Es una estupidez no pensar en irme a vivir con ella. Podríamos alquilar algo en común y ver si funciona la convivencia. Hasta ahora no habíamos pasado de algún fin de semana en común o algunas vacaciones de una semana y la verdad es que no habíamos tenido ningún problema, así que, ¿por qué las dudas? No tenía excusa. No tenía dudas. Era simple miedo a perder independencia.
Y en mi mente se fue formando una firme determinación. Con cada paso que daba en las húmedas calles iba llegando a una conclusión contundente que debía cambiar mi vida para siempre. Mañana mismo iría a buscarla. Compraría un ramo de esas flores blancas que no sé ni cómo se llaman, pero que le gustan tanto. La llevaría a comer a algún sitio y se lo diría a bocajarro, con esa impaciencia que me domina a veces cuando sé que tengo algo que hacer.
Tengo que secar un poco el asiento de la moto. No es que haya llovido mucho, pero lo suficiente para que la note fría y húmeda. Me coloco el casco y salgo. Las calles ahora me parece que brillan de otro modo, con una alegría manifiesta que me invita a sonreír. Atravieso el Puente Nuevo y el río parece saludarme con millones de alegres reflejos.
Llego a la glorieta y no lo veo venir. Un coche me golpea por el lateral izquierdo y salgo volando. Noto el golpe seco sobre el asfalto húmedo. Cómo se quiebran mis huesos en un instante. Cómo todo se va al traste. Y yo sólo puedo pensar en Lucía y que mañana tenía que comprarle flores.

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Elena

Enviado por antonella07  

Ella se encontraba ahí, al borde del acantilado con sus alas blancas y su rostro bañado por la plateada luz de luna. Se volteo a verme y sonrió con dulzura, había tanto amor en sus ojos que mi alma se hizo pedazos al pensar en lo que estaba por suceder.
En silencio, me senté junto a ella para apreciar las olas del mar chocando con furia contras las piedras de la orilla. Toque su hombro, y con la voz mas dulce le dije que la amaba tanto como el mar ama las tormentas, ella se sonrojo suavemente y bajo la mirada.
"te amo hasta donde termina universo y comienza el infinito" dijo en voz baja. Una lagrima rodó por su mejilla y note que ella ya lo sabia, la abrace con fuerza y clave la estaca en su corazón, terminando así con aquel amor que solo nos llevaba a la perdición.
Su sangre platead cubría mi ropaje y sus bellas alas blancas se convirtieron en negro intenso como la noche. "te seguiré amando hasta la eternidad, porque cuando dije que te amaba lo decía en serio" hablo con una sonrisa triste mientras la vida abandonaba sus ojos.
A lo lejos se oyó un trueno. El cielo, antes estrellado,se oculto detrás de grandes nubes que anunciaban una tempestad casi tan tortuosa como el dolor de mi alma.
La luna, me observo decepcionada, por mi debilidad. Las lagrimas corrían por mi mejilla y solo podía apreciar el rostro de mi hermosa Elena.

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MARCELO PILO MARCELO “PILO” CALFUMIL CARIMÁN...

Enviado por beache  

MARCELO PILO

Marcelo “Pilo” Calfumil Carimán era un agricultor. Al menos eso decía y así era
identificado por los demás y por la autoridad. Tenía un pequeño campo en la Excomunidad Indígena Valentín Manqueín del lugar Quetroco de la Comuna de Freire. Tenía una quinta de hermosos manzanos de muy buena calidad para guarda o para chicha.
En más de 25 años que fui vecino suyo, nunca sembró ni plantó nada. Ni media
mata de porotos, de papas o de lechugas. Nunca hizo una siembra de trigo, ni se le vio
ayudando a alguien. Nunca dio un guadañazo para cortar un manojo de forraje para
guardarle a algún animal.
Su apelativo “Pilo” tiene que ver con sus orejas. Era un hombre bastante sordo y
se notaba claramente el esfuerzo que hacía para poder escuchar. Ponía su mano
extendida tratando de aumentar el tamaño de su pabellón. Compartía con un pequeño
grupo de amigos principalmente en torno a un litro de vino. Pero no llamaba la atención
por ser una persona que se mostrara públicamente borracho, aunque en su propia casa
podía verse en ese estado.
Recibía una pequeña pensión de gracia que le pagaba el estado. Y lograba otros
ingresos por arrendar sus parcelas, principalmente para pastoreo. También tenía una pequeña extensión de eucaliptos, así como de 15 por 5 metros, que vendía cada cierto tiempo, a personas que aceptaran realizar todo el trabajo de cosecharlos.
Tenía una cocina con techo de paja y cocinaba directo al fogón. Un día la agarró
el viento y casi se la bota. La afirmó con un poste y se mantuvo así por mucho tiempo, hasta
que vino otro viento y adiós cocina para siempre. Y su casa donde dormía estaba igual de
destartalada. Cuando ya no le quedó cocina, trasladó el fogón para allá. Y bajo ese mismo
techo se cobijaba él con su hermana, sus chanchos, perros y gallinas.
Para el consumo del agua se había construido un pozo sobre la misma corriente del
Estero Quetroco, a unos 120 metros de distancia y en terreno que no le pertenecía. Corriente arriba todos usaban el estero, para abrevar los animales, vacunos, chanchos, caballos, para lavar la ropa, o bañarse de ser necesario. El Pilo bebía esa misma y nunca le pasó nada. Tenía salud de roble o estaba inmune de todo.
Seguramente acarrear el agua era la principal actividad del día. Caminando podía verse
con un balde y con un tarro, rumbo a su casa o rumbo al pozo, siempre descalzo por el camino ripiado que pisó miles de veces.
Yo colindaba por el lado norte de la parcela donde tenía su casa. Él arrendaba su campo
para animales de otros, pero como no tenía agua para que bebieran ni nadie se molestaba en darles, terminaban invariablemente en mis propios potreros. Así que lo más del tiempo me llegaba hasta su casa para poder reclamarle y nunca lograba nada. A veces lleno de ira y otras a hablarle a la buena. Se llevaba la mejor parte, él cobraba por el arriendo y yo alimentaba los animales de los arrendatarios. Un día le propuse que renováramos el cerco, pero respondió que no, porque haría un cerco de malla pues planeaba criar cerdos.
Claro que crió cerdos, pero del cercado nada. Yo sí construí mi parte, la mitad de todo
el deslinde y la única vez que lo vi, fue cuando se presentó a reclamarme su derecho a repartir
los materiales sobrantes. Le respondí que eran míos y que cuando él hiciera su parte yo nada
le pediría.
Tenía, a orillas del cerco de deslinde con otro vecino, varios árboles hermosos y de
nobles maderas. Yo se los pedí en media y él aceptó. Así que los boté, los trocé y me conseguí
bueyes para sacarlos hasta la orilla del camino. Entonces encontró otro socio que le caía más
simpático o que le daba mejores garantías y se los dio a él no más, sin importarle nada el trato
que tenía conmigo. A fuerza de pelea, alcancé a retenerle uno, el único que quedaba pues los
había retirado de mi propio potrero por mientras yo no estaba presente.

Su crianza de cerdos fue todo un caso. Nunca les tuvo ni siquiera una batea puesta en la
gotera para que tomaran agua cuando llovía. Así que a su predio llegaban sólo a dormir. Eran una máquina de hacer daño. Las siembras de los vecinos pasaban susto, incluidas las mías, claro. De tanto que le echaban perros, ninguna tenía orejas.
Llegó un momento en que todo hizo crisis. Tenía dos hembras paridas y en total sumaron
27…. ¡Agárrate! Nadie podía contenerlos.
Vino un día una pareja de carabineros. Les mostré mi potrero de más de 3 hectáreas con su pastura totalmente destruida. No podían creerlo. Parecía un trabajo echo con maquinaria: toda la tierra desnuda como si se hubiese barbechado. Pero yo no necesitaba eso. Solamente mi pasto.
-¿Pero los chanchos hicieron esto?- dijo
-Los chanchos del Pilo-.
Fueron a hablar con él. Pero regresaron con las manos vacías: La diligencia quedó ofrecida para otra ocasión, pues el señor estaba completamente borracho. Imposible razonar con él. Y entiendo que nunca más se dio la oportunidad. No que yo supiera.

Así que le busqué por la buena y aceptó cambiármelos por 5 ovejas. Por lo menos esos
animales, aunque igual son salidores, pueden vivir sin tener que tomar agua a diario.
Fui a la Feria de Pitrufquén y le compré sus 5 ovejas. Lo malo es que llegaron seis y las seis él las quiso. Cambió el acuerdo original, porque quiso más.
Metí a chiquero enseguida los 25 cerditos y por suerte encontré comprador pronto para
las dos hembras madres. Y poco a poco los fui vendiendo, de a dos, de a tres y de a cinco. Todos
faenaditos y varios de ellos enteritos. Claro que dieron trabajo, pero la mejor ganancia fue que
dejaron de molestar.

Vivía con una hermana que tenía un notorio retraso mental, el Pilo la aseaba desnuda
en el patio de su casa lanzándole porciones de agua con un balde o con un tarro grande. Se veía sucia, desgreñada, con su cabellera en total desorden, pues nunca se peinaba y paseaba ajena a cuanto ocurría a su alrededor, ensimisma en no sé qué misterioso pensamiento. No obstante su deplorable aspecto, varios hombres la visitaban. Claro que a escondidas del Pilo.
Uno de esos pretendientes, borracho se quedó dormido en la calle. El Pilo fue hasta su casa en busca de un hacha y con ella lo mató simplemente. Lo llevaron a la cárcel, pero pronto lo soltaron porque se alegó demencia. A otro muchacho joven lo descubrieron en pleno acto y lo acusaron de violación. La policía se hizo presente. Gritó “aló” repetidas veces y como nadie contestaba decidieron entrar en la casa. Allí encontraron a los dos hermanos, desnudos sobre una cama. La única que tenían. Se llegó a la conclusión que ambos convivían maritalmente. Intervino la autoridad y se la llevaron a la ciudad, a un Asilo de Ancianos. De donde nunca se vio regresar.
Una tarde de un miércoles, mucho tiempo después de eso, una niña de la escuela que iba a visitar a su tía, decidió acortar camino por el medio de los potreros. Le llamó la atención que había un perro comiéndose un hueso. Pero no era un hueso cualquiera. Al mirarlo con mayor atención pudo darse perfecta cuenta que se trataba de la mano de una persona y completa con todo el brazo. Dio la alarma correspondiente y suponiendo alguna desgracia, entraron en la casa del Pilo. Ahí lo encontraron muerto, tendido al lado del fogón, que por suerte estaba sin fuego. Los exámenes del forense no encontraron nada extraño que pudiera atribuirse a acción de terceras personas.
Sus propios perros, de hecho, perras, habían destrozado el cadáver. A tal punto que una de ellas salió al patio con uno de los brazos. Era una forma de cobrarse revancha de una vida entera de pasar hambre y vivir famélicas al grado máximo.
El Pilo fue sepultado en el cementerio del lugar. Alguien le llevó flores, otro le hizo algún brindis. Pero nadie derramó una lágrima. O al menos que yo la viera.
FIN




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Microrrelato: La Cripta Del Silencio

Enviado por gonzalo5436  

Hace tiempo, una joven decidió romper las reglas de su tiempo. Lucho contra las injusticias, hipocresías y corrupciones sociales. Desafió a los gobernantes, quienes llenaban las calles de delincuencia, esclavismo y silencio absoluto.

Las calles eran un infierno. Los poderosos callaban a los mas débiles. Los mandaban hacia una cripta silenciosa de la que no saldrían jamás. Una cripta llena de silencio, castigo y soledad.

Pese a esto, ella no se quedo atrás. Con la ayuda de varios compañeros, formó una protesta por los derechos de los trabajadores. Salieron a las calles, con machetes, lanzas y armas para hacer valer sus derechos.

Era la única solución. Así fue como, sin mas, atacaron a los burgueses por tantos años de marginidad, podredumbre y hambruna. Los habían echado a la basura, y ahora ellos iban a pagar caro.

Sin embargo, la joven se dio cuenta de algo. En medio de una guerra civil, causada por ella, descubrió que el mundo en el que vivían era falso. Gracias a sus visiones, pudo deducir que el mundo real se hallaba mas allá de las estrellas y debían atravesarlo.

Pero, de un momento a otro, los policías empezaron a matar civiles. A sangre fría, mataron a niños, mujeres y ancianos. Todo era un infierno, las calles quemadas por el fuego, niños asesinados, políticos refugiándose mientras civiles estaban siendo torturados.

Nadie podía detener esta matanza. Hasta que, en frente de la chica y los demás, se abrió un portal hacia otro mundo. Una dimensión paralela donde todo era posible. Era grande, con colores azul violeta como el espacio, y con una inmensa fortaleza negra.

Mientras se seguían matando, fueron hasta el portal y lograron escapar. Aunque algunos murieron antes de llegar. Y, al atravesar el portal, se encontraron con un mundo diferente al nuestro.

Donde no había países, estados, gobiernos ni presidentes. Todo era único y perfecto. Un mundo primitivo en el que reinaba la naturaleza. El mundo del conocimiento, un lugar donde los objetos pueden tomar la forma que ellos quieran. Nada era lo que parecía.

Era filosofía pura, un mundo de las ideas como el de Platón. No podían creer lo que estaba pasando. Había libertad, esperanza y armonía. Pero, para poder liberar a su pueblo de los opresores, debían salir de ese mundo y volver al nuestro.

Y, para lograrlo, necesitaran el liderazgo de esta joven anarquista. Quien usará el anarquismo y la filosofía para despertar a los demás. Para que dejemos de vivir engañados, en un mundo que nos aparta de la verdad.


Todos los Derechos Reservados © Made by G. Celayes Caballero

G.C.C – Lord English Knight

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