28 Cuentos de amor 

Yo te recuerdo

Enviado por gabl  

Yo te recuerdo cada mañana cuando el aroma del café recién colado impregna la pequeña cocina de mi refugio. Muy lejos quedó el amanecer cobijando nuestros cuerpos hasta que los rayos solares calentaran poco a poco la habitación.

El tiempo alejó la lluvia que veíamos caer a través del ventanal, se llevó el sonido de sus gotas al perder la forma al estrellarse en el piso.
Yo te recuerdo cuando nos sorprendió el mal tiempo paseando por la campiña y nos refugiamos bajo el ramaje de la encina. Allí te abracé, te besé por primera vez, nos besamos.

Ya no importaba si las gotas de la lluvia nos salpicaban, vivimos el momento, la eternidad de un abrazo. Cesó la lluvia y seguíamos allí. Sentados sobre el húmedo suelo, y yo detrás de ti contagiándote del calor de mi cuerpo, abrigando con mi pecho tu espalda, con mis manos tus manos.

Yo te recuerdo en las frías madrugadas sin luna, en las madrugadas que se unen con el amanecer cuando el sol despunta débilmente en el horizonte.
En cada rosa que brota del rosal y el rocío bautiza con su tenue humedad.
Así te recuerdo hoy.

gbl
20/01/2018
Derechos Reservados de Autor

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Romance después de los 40.

Enviado por gabl  

– Conversación telefónica entre mujeres de 40 y tantos:

– Hola, cuéntame ¿Cómo te fue con tu cita de la otra noche?

– ¡¡Horrible, no sé qué pasó!!

– ¿Por qué? ¿No te dio ni un beso?

– ¡¡Si!! Me besó tan fuerte y me mordió los labios tanto que pensé que me iba a explotar el implante de colágeno, entonces me acarició el pelo y se me salieron unas cuantas extensiones.

– ¿No me digas que terminó todo ahí?

– ¡¡Nooo!!

Después tomó mi cara entre sus manos, hasta que le tuve que pedir que no lo hiciera más, porque me estaba aplastando el bótox.

Además, mis pestañas postizas se le quedaban pegadas en la nariz.

– ¿Y no intentó nada más?

– Sí se puso a acariciarme las piernas y lo frené porque me acordé que no me había depilado. Al tratar de detenerlo, se me salieron dos uñas postizas.

– Después le entró un arrebato de lujuria impresionante y me abrazó tan fuerte que casi se le quedan mis prótesis de las nalgas en las manos y casi me revienta los implantes de silicona de los pechos.

– ¿Y después qué pasó?

– ¡Se puso a tomar champagne de mi zapato!

– Ay, que romántico

– ¿Romántico? ¡¡Por poco se muere!!

– ¿Por qué?

– Porque se tragó el corrector del juanete que estaba adentro y casi se ahoga.

– ¿Y después qué pasó?

– ¿ puedes creer que se fue? Para mí que era put%….
gbl
24/04/2018
Tomado de; Chistes bromas y mas

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Hasta cuando te conoci

Enviado por jeffer_1  

Caminaba sin rumbo sin mirar atrás
y solo veía un vació eterno
pensaba en seguir y no retroceder
mientras yo moría en el atardecer
todo empieza a oscurecer y no veo una luz en mi amanecer.

Así pasaron varios días hasta cuando te conocí
te mire y me sonreíste y una luz me ilumino sin saber el porque lo único que sabia era que contigo quiero volver a vivir y ser feliz .

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El Embrujo ( primera parte )

Enviado por liliana007  

Desesperada estabas por mí , no sabía cómo llegar así a donde estaba .Te arrancaba el miedo de que me suceda algo , me llamabas insistentemente tu corazón aceleraba impresionantemente mientras yo estaba en un lugar a oscuras en un ritual que desconocía de un familiar que agonizaba en vida no supe que hacer ,que decir , todos llorando era increíble ,era pena y dolor se podía sentir una energía ,nunca lo había vivido ;el tirado en el suelo suplicando queriendo vivir hombres y mujeres ,rodeándolo de rezos ,oraciones y alabanzas para que el mal ,deje en paz al pobre hombre la fe era poderosa entre ellos .
Yo continuaba ahí …tus mensajes llegaban ,diciéndome amor aléjate por favor ,tengo miedo que algo pueda pasarte derramando lagrimas como si sería el último día que fueras a verme , así te sentía de tanto que lloraste , dormida quedaste y entre sueños ;desprotegida de tu ángel te hallaste porque a mí lo enviaste para que pueda cuidarme ,por tu miedo de que podías perderme para siempre y llego ese mal en tu búsqueda para apoderarse de tu alma y su venganza era eliminarte ,porque de tu ángel desprotegida quedaste ;en su deseo de ahorcarte de cuello ,y de tu cuerpo apoderarse ,no tenías fuerzas para defenderte ,tus deseos de gritar era desesperante de imaginarte .
Y mirando al cielo fuerzas sacaste , por tu mente a tu padre llamaste , llegando al rescate ,tumbo la puerta ,ingresó y mirándote fijamente dijo :hija mía donde está tu ángel ,porque el mal de ti quiere apoderarse , entre cortada le respondías :padre una persona lo necesita ,está en problemas y es muy importante para mi .

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El Embrujo (segunda parte )

Enviado por liliana007  

El padre asombrado quedo, que su pequeña como él lo consideraba, su hija ya había encontrado su otra mitad, era lo más lógico para su entender, pero no le parecía justo, porque todos en la familia tenían protección de los ángeles y su pequeña quedaba desprotegida y le volvió a preguntar a su hija: esa persona que tan importante es para ti, que fuiste capaz de entregar a tu ángel, respóndeme, decía su padre.
Ella solo dijo papa es un amigo que está en problemas, además yo sé que no estoy haciendo algo malo ,por favor respeta mi decisión ,está bien hija ,espero que tu amigo en verdad lo necesite , desorientado solo le quedo retirarse .voy a rezar por ti hija ,así respondió su padre .
No lo pensó y volvió a marcar al celular de su amado ,pensado lo peor ,pero recordó que su ángel con él se encontraba ,ya más calmada …de repente empezó a escuchar voces extrañas de lucha de su ángel peleando con seres extraños ,en voces de lucha su ángel decía :llama a tu amado con el corazón .y en tu mente concéntrate y dile lo que sientes por él ,no permitas que se duermas ,porque si se va ,no lo veras nunca mas .
Oh¡¡no puede ser se lo van a llevar apresúrate no puedo solo, con todos ,tu eres la única quien puede salvarlo ,
Mientras el amado no reaccionaba los seres extraños, se apoderaban del amado, todos los del ritual desconcentrados ,porque no entendían que estaba pasando ,pero una persona ,nerviosa si sabía lo que sucedía …el maestro del ritual preocupado porque no le respondían los seres del mas allá y solo miraba ,que un inocente agonizaba la familia no entendía porque él...
Autor: Alexánder Núñez.

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romance bajo el sol

Enviado por naye  

esta historia que se trata de dos enamorados que se fueron a la playa y nunca anahy imagino encontrar a un amigo de su infancia y el cual el estaba enamorado de ella y sin pensar el novio se encontró con un arquitecto y le invento a jugar golf y en la tarde le invito a que fuera a ser cenderismo el novio nunca le prestaba atención a todo lo que ella decía siempre el hablaba sobre el arquitecto sin pensar el amigo estaba presente sin pensar que se irían enamorando poco a poco y el la llevaba a muchos lugares y en esos lugares el le dio un obsequio en una noche anahy y su novio estaban en una sena romántica y el novio le propuso matrimonio y ella no lo acepto por que sentía algo por su amigo y se le presento un trabajo en taiti cuando ella le iba a decir lo que sentía ya no estaba y ella lo fue a ver donde el iba a tomar el bus para irse pero el se quedo de el bus y el próximo no tardaba en llegar y ella le confiesa lo que siente y después de un año ellos dos se casaron y fueron muy felices

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El Destino Los Unió

Enviado por denesis2005  

Lucia tenia 20 años, era una chica alegre , divertida . Lucia solo tenia un problema , ella no creía en el amor .
Lucia siempre acostumbraba a salir con sus amigas , un día de esos una de sus amigas le presento a un chico llamado Carlos . Carlos tenia 22 años , era un chico amable y muy divertido .. Lucia empezó a salir con Carlos , empezaron a hablar a conocerse ,, hasta que llego el día en que se expresaron sus sentimientos tonto el uno como el otro .. Carlos le pidió a Lucia que sea su novia y Lucia muy contenta acepto. Eran los novios mas felices , pasaron días felices ,días malos , días preocupados pero nada de eso los separaba por que el amor que se tenían era mas grande que cualquier pelea . Pasaron días , meses , años y ellos seguían juntos , hasta que llego el momento en el que Lucia se empezó a sentir confundida y ella decidió terminar su relación con Carlos ..........Carlos no se daba por vencido el seguía intentando reconquistar a Lucia... Pero Lucia se llego a dar cuenta que su destino era estar con carlos .. Lucia regreso con Carlos ... Ella era la mujer mas feliz junto a Carlos. Lucia y Carlos se casaron vivieron juntos por muchos y de su amor nació un fruto muy preciado para ellos ,,, eran sus hijos

EL DESTINO LOS UNIÓ Y NO LOS SEPARO

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corazon valiente

Enviado por mailin89  

se trata de una panadera que una vez fue a una entrega de un pastel a una casa de ricos , a ella no la dejaban entrar pero despues aparecio un señor Juan Marcos y la dejo entrar despues de aver dejado el pastel la hija de Juan Marcos se estaba ahogando ella le salvo ala hija y fue entoces que Juan Marcos se enamoro de ella , en aquella fuesta avia regresado de su viaje Fernanda del Castillo ella estaba enamorada perdidamente de Juan marcos ella avia perdido un hijo de el la avian votado de las escaleras su padre le avia mandado a tirar Juan marcos no estaba enamorado de ella lo q habia pasado el lo habia hecho por una apuesta con sus amigos y cuando ella se entero de eso lo odiava ademas porque el amigo le avia dicho que el lo avia mandado atirar y ellamando a matar asuspadres ala esposa su hija recibiocom dos atentados pero angela valdez la pastelera junto con peralta y otros guarda epaldas los cuidavan cuando la mujer de juan marcos murio el enpezo a tener algo con angela ya que hace mucho tiempo estaba enamorado de ella y ella de el entoces fernanda se avia enojado ella queria ser la mujer de el pero no pudo porque la avian mandado ala carcel despes de un tiempo angela y juan marcos avian tenido un hijo y ellos vivieron felices para siempre . fin

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La Promesa

Enviado por guli  

había una vez una señorita de apena 12 años.
Aquel chica se enamoro de un joven de 18 años la hermana de ella andaba de vacile con el joven pero lo dejo.
La chica a pesar que estaba enamorado de ese joven se izo novia de un chico de 14 pasaron unos meses juntos.
Un día inesperado el joven de que se había enamorado le confeso su amor y ella izo lo mismo , ella le termino a su novio para andar con aquel joven.
El joven era muy amigo del padre de aquella chica pero el padre no savia que el andaba con su hija.
Como el chico trabajaba con el padre de la chica aprovechaba que el padre los dejaba solos, un día se fueron a los quince de la prima de aquella chica el papá lo había llevado a el también aquel día la pasaron super bien.
Con el tiempo ellos dos terminaron por una estúpida discusión, pero vuelta volvieron pero hubo otra discusión y terminaron definitivamente.
Pasaba el tiempo y aun seguían hablando el chico le había prometido algo a la chica " esperarla asta que se gradué para que sus padres le deje estar juntos para siempre.
Pasaron los años la chica se graduó y el chico llego a buscarla y cumplió con su promesa fue un amor verdadero.. vivieron felices tuvieron muchos hijos....
Fue un amor verdadero

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UN AMOR PARA TODA LA VIDA

Enviado por lise  

Había una vez una chica llamada Lisbeth y que tenia 16 años y vivía en el País del ecuador.
un día se enamora de un chico llamado Anderson no podía creer que estaba enamorada hasta que lo vio en persona y se enamoro profundamente de el el chico también se había enamorado profundamente de la chica el chico trabajaba en el mismo lugar que trabajaba la chica se veían a escondidas del padre de la chica ya que el padre de aquella chica no le dejaba tener novio hasta que cumpliera 18 años al chico le salio un nuevo trabajo en los ESTADOS UNIDOS le propuso a la chica irse con el la chica había aceptado una semana después se habían casado y se iban a ir a los ESTADOS UNIDOS pero el padre de la chica los había descubierto y no se pudieron ir el padre de la chica le prohibió la comunicación con el
Ellos se iban a ir a despedir pero justo ese día a el padre de la chica le había dado un pre infarto y el chico no tubo mas remedio que irse .
El padre de la chica trato divorciarlos el padre de la chica no pudo divorciarlos
10 años después el padre de la chica muriópor que sufria de la precion alta ...

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EL ÁNGEL DE LOS NIÑOS

Cuenta una leyenda que a un angelito que estaba en el cielo, le tocó su turno de nacer como niño y le dijo un día a Dios:
- Me dicen que me vas a enviar mañana a la tierra. ¿Pero, cómo vivir? tan pequeño e indefenso como soy. - Entre muchos ángeles escogí uno para tí, que te está esperando y que te cuidará.
- Pero dime, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso basta para ser feliz. - Tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tú sentirás su amor y serás feliz.
- ¿Y cómo entender lo que la gente me habla, si no conozco el extraño idioma que hablan los hombres? - Tu ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar y con mucha paciencia y con cariño te enseñará a hablar.
-¿Y qué haré cuando quiera hablar contigo? - Tu ángel te juntará las manitas te enseñará a orar y podrás hablarme.
- He oído que en la tierra hay hombres malos. ¿Quién me defenderá? - Tu ángel te defenderá más aún a costa de su propia vida.
- Pero estaré siempre triste porque no te veré más Señor. - Tu ángel te hablará siempre de mí y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia, aunque yo siempre estaré a tu lado.

En ese instante, una gran paz reinaba en el cielo pero ya se oían voces terrestres, y el niño presuroso repetía con lágrimas en sus ojitos sollozando...
-¡Dios mío, si ya me voy dime su nombre!. ¿Cómo se llama mi ángel?
- Su nombre no importa, tu le dirás: Mamá.

Autor del

cuento

: Anónimo

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FIN DE BAILE

Acaban de bajar las luces del salón de baile. La banda comienza a tocar la última canción: una balada. Siempre odié la música lenta, pero ésta significa “te quiero”, y hay poco más que decir.
Nunca unos ojos me habían mirado así. Nunca había sentido mi cuerpo vibrar a cada nota, ni mis ojos mirar más fijos a algo.
Estas notas que envenenan el aire me han henchido el pecho, hiriendo mi alma de muerte. Me noto temblar cuando nuestras manos se unen, y sus enormes ojos azules se clavan como preciosas aristas de poliedros de amor en mi mente, en mi corazón, en mi recuerdo.
Mientras, suavemente, el cantante me demuestra que todo lo que ocurre es real, y por ello, estrecho mi lazo, atenazando mis brazos a su espalda, acercando su pecho al mío. Noto su respirar entrecortado en mi entrecortado respirar, y entre medias nuestros pechos, golpeados por nuestro revolucionado corazón. Sólo quiero que el pianista lea mi mente, y toque para siempre esta melodía, mientras hago de mis labios una extensión de sus labios. Cierro los ojos para soñar que este momento es una poesía en nuestros oídos o el sabor del azúcar glasé del dulce más lindo del mundo.
Cuando abro los ojos veo los suyos mirándome, pero tienen veinte años más. No existe el salón de baile, sólo queda en nuestro recuerdo. Y la canción suena en nuestras cabezas, recordándonos cada día cuánto nos queremos, y que lo que una vez fue sueño permanece siendo realidad.

Autor del

cuento

: Miguel Ángel Hurtado

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CANCIÓN DE LA BAILARINA

¡Oh tú, que danzarina me llamas, sabe hoy que no aprendí a danzar! Me encontraste juguetona y pequeña, danzando en el sendero y persiguiendo a mi sombra azul. Giraba como una abeja, y mis pies y mis cabellos, color de camino, se empolvaban con el polen de un polvo rubio.

Me viste venir de la fuente, meciendo el ánfora en mi cadera, mientras, al compás de mis pasos, sobre mi túnica saltaba el agua en redondas lágrimas, en serpientes de plata, en menudos cohetes rizados que ascendían, helados, hasta mi mejilla. Yo caminaba lenta, seria, mas llamaste danza a mis pasos. No mirabas mi rostro, seguías el movimiento de mis rodillas, el balanceo de mi talle, en la arena leías la forma de mis talones desnudos, la huella de mis dedos abiertos, que comparabas con la de cinco perlas desiguales.

Me dijiste: «Coge esas flores, persigue esa mariposa...» Llamabas danza a mi carrera, y cada reverencia de mi cuerpo inclinado sobre los claveles purpúreos, y el ademán, repetido en cada flor, de echar atrás, por encima de mi hombro, un chal resbaladizo.

En tu casa, sola entre tú y la alta llama de una lámpara, me dijiste: «¡Danza!» y no dancé...

Pero desnuda en tus brazos, sujeta a tu lecho por la cinta de fuego del placer, me llamaste, sin embargo, danzarina, al ver agitarse bajo mi piel, desde mi pecho ofrecido a mis pies crispados, la inevitable voluptuosidad.

Fatigada, anudé mis cabellos, y los contemplabas, dóciles, arrollados a mi frente como serpientes hechizadas por la flauta.

Abandoné tu casa mientras murmurabas: "La más hermosa de tus danzas no es cuando acudes corriendo, jadeante, poseída de un deseo irritado y atormentado ya, por el camino, el broche de tu vestido. Es cuando de mí te alejas, serena y con las rodillas temblorosas, y al alejarte me miras, tu barbilla en el hombro. Tu cuerpo me recuerda, oscila y titubea, me echan de menos tus caderas y tus senos me están agradecidos...Me miras, vuelta la cabeza, mientras tus pies adivinadores tantean y escogen su camino...

"Te vas, siempre pequeña y maquillada por el sol poniente, hasta no ser, en lo alto de la colina, más esbelta en tu túnica anaranjada que una llama vertical, que danza imperceptiblemente..."

Si tú no me abandonas, iré danzando hasta mi blanca tumba.

Saludaré a la luz, que me hizo hermosa y me vio amada con una danza involuntaria, cada día más lenta.

Una última danza trágica me enfrentará con la muerte, mas sólo lucharé para sucumbir con elegancia.

Que los dioses me concedan una caída armoniosa, juntos los brazos en mi frente, doblada una pierna y extendida la otra, como presta a franquear, de un salto ingrávido, el negro umbral del reino de las sombras...

Me llamas danzarina, y, sin embargo, no sé bailar...

Autor del

cuento

: Sidonie-Gabrielle Colette

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LA FOTO

Jaime y Paula se casaron. Ya durante la luna de miel fue evidente que Paula se moría. Apenas unos pocos meses de vida le pronosticó el médico. Jaime, para conservar ese bello rostro, le pidió que se dejara fotografiar. Paula, que estaba plantando una semilla de girasol en una maceta, lo complació: sentada con la maceta en la falda sonreía y...

¡Clic!

Poco después, la muerte. Entonces Jaime hizo ampliar la foto -la cara de Paula era bella como una flor-, le puso vidrio, marco y la colocó en la mesita de noche.

Una mañana, al despertarse, vio que en la fotografía había aparecido una manchita. ¿Acaso de humedad? No prestó más atención. Tres días más tarde: ¿qué era eso? No una mancha que se superpusiese a la foto sino un brote que dentro de la foto surgía de la maceta. El sentimiento de rareza se convirtió en miedo cuando en los días siguientes comprobó que la fotografía vivía como si, en vez de reproducir a la naturaleza, se reprodujera en la naturaleza. Cada mañana, al despertarse, observaba un cambio. Era que la planta fotografiada crecía. Creció, creció hasta que al final un gran girasol cubrió la cara de Paula.

Autor del

cuento

: Enrique Anderson Imbert

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MARINA

Marina me mira con una mirada azul y sonríe. Le veo los labios y sé que acaba de pintárselos. Viene por la playa con las narices fruncidas porque el sol está alto; con el bikini floreado -naranja y amarillo- que el resplandor de la arena le borra. Se detiene a unos pasos. Se vuelve hacia el mar con las manos sobre las cejas, como si buscara algo en el fondo del día.
Intento saludarla sin salir de la palapa, sin levantarme de la silla, sin apartar la vista de los vellos que le asoman junto a las flores.
Marina no me responde. Da unos pasos como si se marchara y regresa enseguida, de nuevo sonriente, sin decir palabra. Alza los brazos y los cruza por detrás de la nuca como si en ese momento quisiera, más que ninguna otra cosa en la vida, mostrarme el ombligo, entregar las axilas al viento.
El ombligo de Marina parece el ojo de una cerradura, así que me pongo de pie y salgo de la sombra para buscarla. Siento la arena caliente, aspiro el sudor del día, oigo los tumbos, veo a Marina con la mirada azul.
- Ten cuidado -dice y sonríe, frunce la nariz y los labios recién pintados-; soy algo menos que espuma -y se vuelve de plata mientras regresa al mar.

Autor del

cuento

: Felipe Garrido

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CONJURO

De una inscripción trazada en la arena y abandonada al viento: “…te convoco y te condeno a que no puedas cerrar los ojos sin verme, ni abrir los labios sin llamarme, ni saciar la sed sin sentir en tu boca la mía, ni tocar tu cuerpo sin creer que me acaricies, ni doblar una esquina sin la esperanza de hallarme, ni alzar el teléfono sin oír en mi voz tu nombre, ni abrir un libro sin leer estas palabras, porque el único amor que me hace falta es el tuyo, y lo necesito de esta manera desmesurada en que yo te…”

Autor del

cuento

: Felipe Garrido

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TRANVÍA

Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. "Amplia sonrisa, caderas anchas... una madre excelente para mis hijos", pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.
Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.

Dudó. Ella bajó.

Se sintió divorciado: "¿Y los niños, con quién van a quedarse?"

Autor del

cuento

: Andrea Bocconi

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LOS OJOS SOMBRÍOS

Después de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pude evitar asistir a un baile. Hallábame hacía largo rato sentado y aburrido en exceso, cuando Julio Zapiola, viéndome allí, vino a saludarme. Es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad de carácter. Lo había estimado muchos años atrás, y entonces volvía de Europa, después de larga ausencia.

Así nuestra charla, que en otra ocasión no hubiera pasado de ocho o diez frases, se prolongó esta vez en larga y desahogada sinceridad. Supe que se había casado; su mujer estaba allí mismo esa noche. Por mi parte, lo informé de mi noviazgo con Elena—y su reciente ruptura. Posiblemente me quejé de la amarga situación, pues recuerdo haberle dicho que creía de todo punto imposible cualquier arreglo.

—No crea en esas sacudidas—me dijo Zapiola con aire tranquilo y serio.—Casi nunca se sabe al principio lo que pasará o se hará después. Yo tengo en mi matrimonio una novela infinitamente más complicada que la suya; lo cual no obsta para que yo sea hoy el marido más feliz de la tierra. Oigala, porque a usted podrá serle de gran provecho. Hace cinco años me vi con gran frecuencia con Vezzera, un amigo del colegio a quien había querido mucho antes, y sobre todo él a mí. Cuanto prometía el muchacho se realizó plenamente en el hombre; era como antes inconstante, apasionado, con depresiones y exaltamientos femeniles. Todas sus ansias y suspicacias eran enfermizas, y usted no ignora de qué modo se sufre y se hace sufrir con este modo de ser.

Un día me dijo que estaba enamorado, y que posiblemente se casaría muy pronto. Aunque me habló con loco entusiasmo de la belleza de su novia, esta apreciación suya de la hermosura en cuestión no tenía para mí ningún valor. Vezzera insistió, irritándose con mi orgullo.

—No sé qué tiene que ver el orgullo con esto—le observé.

—¡Si es eso! Yo soy enfermizo, excitable, expuesto a continuos mirajes y debo equivocarme siempre. ¡Tú, no! ¡Lo que dices es la ponderación justa de lo que has visto!

—Te juro…

—¡Bah; déjame en paz!—concluyó cada vez más irritado con mi tranquilidad, que era para él otra manifestación de orgullo. Cada vez que volví a verlo en los días sucesivos, lo hallé más exaltado con su amor. Estaba más delgado, y sus ojos cargados de ojeras brillaban de fiebre.

—¿Quiere hacer una cosa? Vamos esta noche a su casa. Ya le he hablado de ti. Vas a ver si es o no como te he dicho.

Fuimos. No sé si usted ha sufrido una impresión semejante; pero cuando ella me extendió la mano y nos miramos, sentí que por ese contacto tibio, la espléndida belleza de aquellos ojos sombríos y de aquel cuerpo mudo, se infiltraba en una caliente onda en todo mi ser.

Cuando salimos, Vezzera me dijo:

—¿Y?… ¿es como te he dicho?

—Sí—le respondí.

—¿La gente impresionable puede entonces comunicar una impresión conforme a la realidad?

—Esta vez, sí—no pude menos de reirme.

Vezzera me miró de reojo y se calló por largo rato.

—¡Parece—me dijo de pronto—que no hicieras sino concederme por suma gracia su belleza!

—¿Pero estás loco?—le respondí.

Vezzera se encogió de hombros como si yo hubiera esquivado su respuesta. Siguió sin hablarme, visiblemente disgustado, hasta que al fin volvió otra vez a mí sus ojos de fiebre.

—De veras, de veras me juras que te parece linda?

—¡Pero claro, idiota! Me parece lindísima; ¿quieres más?

Se calmó entonces, y con la reacción inevitable de sus nervios femeninos, pasó conmigo una hora de loco entusiasmo, abrasándose al recuerdo de su novia.

Fuí varias veces más con Vezzera. Una noche, a una nueva invitación, respondí que no me hallaba bien y que lo dejaríamos para otro momento. Diez días más tarde respondí lo mismo, y de igual modo en la siguiente semana. Esta vez Vezzera me miró fijamente a los ojos:

—¿Por qué no quieres ir?

—No es que no quiera ir, sino que me hallo hoy con poco humor para esas cosas.

—¡No es eso! ¡Es que no quieres ir más!

—¿Yo?

—Sí; y te exijo como a un amigo, o como a ti, que me digas justamente esto: ¿Por qué no quieres ir más?

—¡No tengo ganas!… ¿Te gusta?

Vezzera me miró como miran los tuberculosos condenados al reposo, a un hombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya se precipitaba su tisis.

Se observó en seguida las manos sudorosas, que le temblaban.

—Hace días que las noto más flacas… ¿Sabes por qué no quieres ir más? ¿Quieres que te lo diga?

Tenía las ventanas de la nariz contraídas, y su respiración acelerada le cerraba los labios.

—¡Vamos! No seas… cálmate, que es lo mejor.

—¡Es que te lo voy a decir!

—¿Pero no ves que estás delirando, que estás muerto de fiebre?—le interrumpí. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empujé cariñosamente.

—Acuéstate un momento… estás mal.

Vezzera se recostó en mi cama y cruzó sus dos manos sobre la frente.

Pasó un largo rato en silencio. De pronto me llegó su voz, lenta:

—¿Sabes lo que te iba a decir?… Que no querías que María se enamorara de ti… Por eso no ibas.

—¡Qué estúpido!—me sonreí.

—Sí, estúpido! ¡Todo, todo lo que quieras!

Quedamos mudos otra vez. Al fin me acerqué a él.

—Esta noche vamos—le dije.—¿Quieres?

—Sí, quiero.

Cuatro horas más tarde llegábamos allá. María me saludó como si hubiera dejado de verme el día anterior, sin parecer en lo más mínimo preocupada de mi larga ausencia.

—Pregúntale siquiera—se rió Vezzera con visible afectación—por qué ha pasado tanto tiempo sin venir.

María arrugó imperceptiblemente el ceño, y se volvió a mí con risueña sorpresa:

—¡Pero supongo que no tendría deseo de visitarnos!

Aunque el tono de la exclamción no pedía respuesta, María quedó un instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba con los ojos.

—Aunque deba avergonzarme eternamente—repuse—confieso que hay algo de verdad…

—¿No es verdad?—se rió ella.

Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatación de las narices de Vezzera, conocí su tensión de nervios.

—Dile que te diga—se dirigió a María—por qué realmente no quería venir.

Era tan perverso y cobarde el ataque, que lo miré con verdadera rabia. Vezzera afectó no darse cuenta, y sostuvo la tirante expectativa con el convulsivo golpeteo del pie, mientras María tornaba a contraer las cejas.

—¿Hay otra cosa?—se sonrió con esfuerzo.

—Sí, Zapiola te va a decir…

—¡Vezzera!—exclamé.

—… Es decir, no el motivo suyo, sino el que yo le atribuía para no venir más aquí… ¿sabes por qué?

—Porque él cree que usted se va a enamorar de mí—me adelanté, dirigiéndome a María.

Ya antes de decir esto, vi bien claro la ridiculez en que iba a caer; pero tuve que hacerlo. María soltó la risa, notándose así mucho más el cansancio de sus ojos.

—¿Sí? ¿Pensabas eso, Antenor?

—No, supondrás… era una broma—se rió él también.

La madre entró de nuevo en la sala, y la conversación cambió de rumbo.

—Eres un canalla—me apresuré a decirle en los ojos a Vezzera, cuando salimos.

—Sí—me respondió mirándome claramente.—Lo hice a propósito.

—¿Querías ridiculizarme?

—Sí… quería.

—¿Y no te da vergüenza? ¿Pero qué diablos te pasa? ¿Qué tienes contra mí?

No me contestó, encogiéndose de hombros.

—¡Anda al demonio!—murmuré. Pero un momento después, al separarme, sentí su mirada cruel y desconfiada fija en la mía.

—¿Me juras por lo que más quieras, por lo que quieras más, que no sabes lo que pienso?

—No—le respondí secamente.

—¡No mientes, no estás mintiendo?

—No miento.

Y mentía profundamente.

—Bueno, me alegro… Dejemos esto. Hasta mañana. ¿Cuándo quieres que volvamos allá?

—¡Nunca! Se acabó.

Vi que verdadera angustia le dilataba los ojos.

—¿No quieres ir más?—me dijo con voz ronca y extraña.

—No, nunca más.

—Como quieras, mejor… No estás enojado, ¿verdad?

—¡Oh, no seas criatura!—me reí.

Y estaba verdaderamente irritado contra Vezzera, contra mí…

Al día siguiente Vezzera entró al anochecer en mi cuarto. Llovía desde la mañana, con fuerte temporal, y la humedad y el frío me agobiaban. Desde el primer momento noté que Vezzera ardía en fiebre.

—Vengo a pedirte una cosa—comenzó.

—¡Déjate de cosas!—interrumpí.—¿Por qué has salido con esta noche? ¿No ves que estás jugando tu vida con esto?

—La vida no me importa… dentro de unos meses esto se acaba… mejor. Lo que quiero es que vayas otra vez allá.

—¡No! ya te dije.

—¡No, vamos! ¡No quiero que no quieras ir! ¡Me mata esto! ¿Por qué no quieres ir?

—Ya te he dicho: ¡no-qui-e-ro! Ni una palabra más sobre esto, ¿oyes?

La angustia de la noche anterior tornó a desmesurarle los ojos.

—Entonces—articuló con voz profundamente tomada—es lo que pienso, lo que tú sabes que yo pensaba cuando mentiste anoche. De modo… Bueno, dejemos, no es nada. Hasta mañana.

Lo detuve del hombro y se dejó caer en seguida en la silla, con la cabeza sobre sus brazos en la mesa.

—Quédate—le dije.—Vas a dormir aquí conmigo. No estés solo.

Durante un rato nos quedamos en profundo silencio. Al fin articuló sin entonación alguna:

—Es que me dan unas ganas locas de matarme…

—¡Por eso! ¡Quédate aquí!… No estés solo.

Pero no pude contenerlo, y pasé toda la noche inquieto.

Usted sabe qué terrible fuerza de atracción tiene el suicidio, cuando la idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos. Habría sido menester que a toda costa Vezzera no estuviera solo en su cuarto. Y aún así, persistía siempre el motivo.

Pasó lo que temía. A las siete de la mañana me trajeron una carta de Vezzera, muerto ya desde cuatro horas atrás. Me decía en ella que era demasiado claro que yo estaba enamorado de su novia, y ella de mí. Que en cuanto a María, tenía la más completa certidumbre y que yo no había hecho sino confirmarle mi amor con mi negativa a ir más allá. Que estuviera yo lejos de creer que se mataba de dolor, absolutamente no. Pero él no era hombre capaz de sacrificar a nadie a su egoísta felicidad, y por eso nos dejaba libre a mí y a ella. Además, sus pulmones no daban más… era cuestión de tiempo. Que hiciera feliz a María, como él hubiera deseado…, etc.

Y dos o tres frases más. Inútil que le cuente en detalle mi turbación de esos días. Pero lo que resaltaba claro para mí en su carta—para mí que lo conocía—era la desesperación de celos que lo llevó al suicidio. Ese era el único motivo; lo demás: sacrificio y conciencia tranquila, no tenía ningún valor.

En medio de todo quedaba vivísima, radiante de brusca felicidad, la imagen de María. Yo sé el esfuerzo que debí hacer, cuando era de Vezzera, para dejar de ir a verla. Y había creído adivinar también que algo semejante pasaba en ella. Y ahora, ¡libres! sí, solos los dos, pero con un cadáver entre nosotros.

Después de quince días fuí a su casa. Hablamos vagamente, evitando la menor alusión. Apenas me respondía; y aunque se esforzaba en ello, no podía sostener mi mirada un solo momento.

—Entonces,—le dije al fin levantándome—creo que lo más discreto es que no vuelva más a verla.

—Creo lo mismo—me respondió.

Pero no me moví.

—¿Nunca más?—añadí.

—No, nunca… como usted quiera—rompió en un sollozo, mientras dos lágrimas vencidas rodaban por sus mejillas.

Al acercarme se llevó las manos a la cara, y apenas sintió mi contacto se estremeció violentamente y rompió en sollozos. Me incliné detrás de ella y le abracé la cabeza.

—Sí, mi alma querida…¿quieres? Podremos ser muy felices. Eso no importa nada…¿quieres?

—¡No, no!—me respondió—no podríamos… no, ¡imposible!

—¡Después, sí, mi amor!… ¿Sí, después?

—¡No, no, no!—redobló aún sus sollozos.

Entonces salí desesperado, y pensando con rabiosa amargura que aquel imbécil, al matarse, nos había muerto también a nosotros dos.

Aquí termina mi novela. Ahora, ¿quiere verla?

—¡María!—se dirigió a una joven que pasaba del brazo.—Es hora ya; son las tres.

—¿Ya? ¿las tres?—se volvió ella.—No hubiera creído. Bueno, vamos. Un momentito.

Zapiola me dijo entonces:

—Ya ve, amigo mío, como se puede ser feliz después de lo que le he contado. Y su caso… Espere un segundo.

Y mientras me presentaba a su mujer:

—Le contaba a X cómo estuvimos nosotros a punto de no ser felices.

La joven sonrió a su marido, y reconocí aquellos ojos sombríos de que él me había hablado, y que como todos los de ese carácter, al reir destellan felicidad.

—Sí,—repuso sencillamente—sufrimos un poco…

—¡Ya ve!—se rió Zapiola despidiéndose.—Yo en lugar suyo volvería al salón.

Me quedé solo. El pensamiento de Elena volvió otra vez; pero en medio de mi disgusto me acordaba a cada instante de la impresión que recibió Zapiola al ver por primera vez los ojos de María.

Y yo no hacía sino recordarlos.

Autor del

cuento

: Horacio Quiroga

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Helen

Enviado por gabl  

Este cuento cuyo comienzo publiqué tal cual como aparece lleva por nombre "Helen"

I.-Recuerdos.
Estoy sumido en los recuerdos de aquellos días que vivimos intensamente al calor de nuestros cuerpos, abrigados por el amor que nos mantenía unidos como un solo ser.. ...
Germán Barrios Leal

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UN HOMBRE DE CIERTA EDAD Y SUS DOS AMANTES

Un hombre de edad madura, más pronto viejo que joven, pensó que era tiempo de casarse. Tenía el riñón bien cubierto, y por tanto, donde elegir;
todas se desvivían por agradarle. Pero nuestro galán no se apresuraba. Piénsalo bien, y acertarás.
Dos viuditas fueron las preferidas. La una, verde todavía; la otra, más sazonada, pero que reparaba con auxilio del arte lo que había destruido la
naturaleza. Las dos viuditas, jugando y riendo, le peinaban y arreglaban la cabeza. La más vieja le quitaba los pocos pelos negros que le quedaban,
para que el galán se le pareciese más. La más joven a su vez, le arrancaba las canas; y con esta doble faena, nuestro buen hombre quedó bien pronto sin cabellos blancos ni negros.
“Os doy gracias, les dijo, oh señoras mías, que tan bien me habéis trasquilado. Más es lo ganado que lo perdido, porque ya no hay que hablar de bodas. Cualquiera de vosotras que escogiese, querría hacerme vivir a su gusto y no al mío.
Cabeza calva no es buena para esas mudanzas: muchas gracias, pues, por la lección.”

Autor del

cuento

: Jean de la Fontaine

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