30 Cuentos breves 

Polvos de hada

Enviado por qpzmg  

Érase una vez, un lugar encantado en el que vivían unas bellísimas hadas. Sus alas eran preciosas, de muchos colores, y brillaban tanto que cualquiera las podía ver cuando volaban en el cielo.

De todas ellas, había dos que destacan por encima del resto. Una de ellas se llamaba Alina y la otra Gisela. Ambas tenían las alas más grandes y brillantes de todo el lugar. Tanto que el resto de hadas las admiraban profundamente.

No muy lejos de aquellas hadas vivía Úrsula, la reina de los mundos oscuros. Una hechicera muy fea, llena de verrugas y con la cara muy arrugada.

Cuando la vieja bruja observaba a las hadas pensaba:
- ¡Algún día os robaré vuestros polvos de hada para convertirme en la hechicera más bella del lugar!

Úrsula era tan envidiosa que era capaz de todo. Y así lo demostró el día que las hadas organizaron una fiesta.

Ese día, todas las hadas se pusieron muy guapas y volaron en el cielo mostrando todos sus encantos. Alina y Gisela eran las más brillantes de todas y ese día estaban especialmente bellas.

Cuando Úrsula las vio, no dudó en ordenar a sus cuervos malvados que fuesen a secuestrarlas. Y, mientras Alina y Gisela revoloteaban en el cielo los pájaros se lanzaron a por ellas.
- ¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡Mirad esos pájaros tan feos! – gritaban el resto de las hadas desde el suelo.

Las hadas volaron y volaron para intentar escapar, pero los cuervos pudieron raptar a Gisela.
- ¡¡¡Noooooo!!! ¡¡¡Soltarla!!! – gritaban las hadas

Pero los cuervos se la llevaron a los mundos oscuros donde la bruja Úrsula le robó sus polvos de hada y la encerró en una jaula.

- ¡Ja, ja, ja! ¡Por fin tengo mis polvos de hada! Ahora me convertiré en la más bella hechicera! – gritaba Úrsula triunfal

La pobre hada se quedó apagada y triste sin sus polvos mágicos. Además la pobre ya no podía volar.

El resto de hadas no podían permitir lo que estaban pasando y entre todas pensaron un plan para salvar a Gisela.

Entonces, decidieron enfrentarse a la malvada bruja. Y así fue. Todas las hadas volaron hacia los mundos oscuros. Fue un viaje muy duro y , aunque las hadas estaban agotadas, sabían que era necesario para ayudar a su compañera. Se esforzaron mucho, sobreviviendo a las peores tormentas, pero por fin encontraron a Úrsula.
- Venimos a rescatar a Gisela y no nos moveremos de aquí hasta que le devuelvas sus polvos de hada – dijeron

Úrsula no podía parar de reír. Ahora que tenía sus polvos de hada no daría un paso atrás. Pero las hadas, no se movieron de allí y fue entonces cuando Alina dijo:
- ¡Espera! ¡Yo te daré mis polvos si la liberas!

Polvos de hadaÚrsula sabía que los polvos de Gisela eran más poderosos que los de esa hada, así que se rió aún más.

El resto de hadas se dieron cuenta del gesto que había tenido su compañera y tuvieron una idea:
- Espera. Todas te daremos algo de nuestros polvos si liberas a Gisela. Somos más de cien hadas. Así conseguirás los polvos que necesitas.

Úrsula se dio cuenta de que así conseguiría mucho más polvo del que tenía y acabó aceptando el trato.

Las hadas le hicieron prometer que nunca más las molestaría y entre todas consiguieron salvar a Gisela. Todas sabían que si perdían parte de sus polvos de hada ya no serían tan brillantes, ni volarían tan alto, ni serían tan espectacularmente bellas, pero también sabían que era la única manera de ayudar a su amiga y entre todas hicieron el esfuerzo y devolvieron a Gisela la magia de sus alas.

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MANOLO...EN LA PLAZA ESPAÑA

Enviado por carisima  

Parecía una caricatura que camina sobre la superficie lunar, por la imagen que devolvían de mi figura las grandes vidrieras, reflejando una enorme mochila sobre la espalda, llena de regalos y recuerdos para entregar a mis amigos al retorno de aquel viaje.
Caminando por las calles de La Gran Vía con un listado de tantísimos encargos escritos en el celular, consultado cada vez que algo llamaba mi atención. De tanta compra y esparcimiento, ignoro cuantas horas llevaba a ese ritmo rápido y agitado.
Llego un momento en el que no sabía dónde estaba, desorientada y sin norte. Sin embargo seguía caminando, al paso de calles diferentes no concurridas en contraste con las que transite horas anteriores. Buscaba un lugar apacible donde descansar un momento. Cruce una avenida y encontré al frente una plaza o parque de gran extensión. Dude primero, en acercarme porque unos gitanos mojaban sus ropas en las aguas de la fuente.
Hice a un lado los reparos, era más el cansancio que medir los peligros.
Bordeando la presencia de los gitanos, descubrí al fin los asientos de la plazuela, había varios vacíos y en particular uno de ellos estaba ocupado a un costado, por una persona de la tercera edad. Me pareció adecuado, sentarme al otro extremo- En caso de peligro habría un testigo.
Descargue el equipaje, lo coloque al medio del asiento y saque el bebedor de agua que tenía en la mochila, prendí un cigarro y me regale tiempo de descanso. No me interesaba, quien estaba sentado a mi lado, solo quería consultar el “google maps”, para averiguar la ubicación y cómo llegar al hotel.
Percibía la mirada del señor que se encontraba sentado al otro extremo del asiento y no obstante me sabia observada, continuaba consultando mi celular.
- Sois de Madrid? , me preguntó.
No quise contestarle, para no iniciar conversación, el hombre insistió.
Lo mire, insegura de la respuesta, le dije a secas “no”
- De donde entonces, insistió
- Soy turista, respondí a secas.
Mi compañero de asiento en la plazuela era un anciano.
De pronto vi su figura, delante mío, con una lata de Coca Ligth.
- Toma te invito, no te ofendas.
Deje el celular encima de mis piernas y recibí la bebida. Observe el envase con disimulo, tantas historias que escuche en mi país, sobre bebidas adulteradas, con droga y pastillas, que era prudente y necesario inspeccionar primero, - sí, estaba sellado-, el detalle despejo la desconfianza. Y dentro de mi garganta casi sin voz le dije, “Gracias”
El anciano, estaba vestido con una polera a rayas y unos jeans antiguos y despintados, su cabeza coronada de pelo cano y la cara raída de caminos profundos, resecos de los años.
Con paso lento, tardo unos segundos en volver a sentarse, la cuenta de los años estaba reflejada en la pesadez de sus movimientos, tomo asiento.
Un silencio rodeaba nuestro ambiente de descanso. No expreso nada más.
Aquel silencio, extrañamente me empezó a inquietar, porque no me habla, fui descortés o quizás se sintió ofendido, estará enfermo?, me preguntaba. Ya no podía, mas permanecer callada, inicie la conversación.
Le pregunte su nombre, detalles de su vida, porque estaba sentado en la plazuela, cuál era la razón de invitarme un refresco, lo cuestione sin darle opción a que Manolo, como se llamaba, pudiera indagar nada de mi vida, el solo sabía que yo era una turista y era suficiente, por seguridad.
De tanta pregunta, la conversación se hizo amena y además directa, no era necesario que me preguntara sobre mi vida, sola yo le contaba todo lo que me parecía importante, en el intercambio nuestras miradas se encontraban y poco a poco iba adentrándome en aquellos ojos envejecidos, que me hacían descubrir otro mundo, no conocido.
Manolo era un hombre de edad avanzada, tenía 81 años, había ejercido como profesor de lenguaje durante toda su vida, hace 5 años que había perdido a su esposa.
- Ella se fue y aun no hay todavía una forma de volverla a encontrar, hasta que Dios lo disponga.
La confesión me rasgo el corazón. Retire la mochila que nos separaba y me acerque un poco para continuar con la charla. Tienes hijos? fue una forma de desviar la conversación, para que no sufriera.
- Si, dos mujeres, ambas partieron con sus familias, no viven cerca. Voy a pasar el invierno todos los años, alternando para estar con cada una y mis nietos.
Vivía solo en una casa, que pago durante toda su vida con gran esfuerzo.
- Construimos juntos nuestra casa y cuando estaba como queríamos, las hijas se casaron, nos quedamos solos. Carmen se enfermó de cáncer y durante 6 años la lleve a quimioterapias al servicio médico, hasta que un día me dijo que se cansó y se fue…-
- Manolo, por qué no te vas a vivir con una de ellas? Le pregunte.
- Los abuelos tenemos nuestras manías, todos los días me levanto al alba a prender una vela a Carmen que me alumbra, vengo a la plazuela donde tomaba el fresco de la tarde, para olvidarse de los dolores. Donde viven mis hijas, no tengo esos recuerdos. Me encuentro con Carmen cada tarde aquí en Plaza España.
Quede tan atribulada de sentimientos como la mochila, llena de suvenires, ya no entraba nada, ni una sola palabra más, pero tampoco quería retirarme.
Me hice eco de esa nostalgia serena y resignada, no podía articular palabras de aliento. Vinieron a la mente tantas personas conocidas y solitarias, seguramente sienten lo mismo que Manolo, escudriñando sombras en recuerdos que no dejan que el tiempo les quite el color, se resisten y esperan.
En otro tono de voz, le pregunte su dirección. Saco de su bolsillo un lapicero y un celular antiguo con teclado muy grande, especial para ancianos.
- No te preocupes le dije, apunto en mi celular.
Me miro y abrió sus ojos claros, casi transparentes. - Ya anotaste? me pregunto- . Mientras continuaba pulsando el teclado, tomando nota de algunos detalles para algún día, escribir sobre este encuentro. Manolo observaba.
- Este lapicero, fue un regalo del Director de la Escuela donde trabaje 40 años, quiero que lo conserves.
No merecía tan preciado artículo, me quede en silencio.
- Toma no dudes, es solo porque quiero que sepas que hace 5 años, no había conversado con nadie y quiero agradecerte por escuchar a este abuelo toda una tarde. Que Dios bendiga toda tu vida, dijo con la voz entrecortada.
Busque en la mochila un Rosario Católico, que todos los días me acompaña y en esta ocasión, antes de llegar a Madrid, en la ruta turística, había conocido la gruta de la Virgen de Lourdes y encontrado una pieza muy singular; un rosario engarzado en perlas rosadas, tan hermoso y delicado, como la maravillosa experiencia de crecimiento que me regalo la vida al conocer a Manolo.
Sin dudarlo lo escondí en mi mano sudorosa. Espere que me alcanzara el lapicero y salte para abrazarlo por única y última vez. Luego de unos instantes de cálido acercamiento, que me inspira a calificar el abrazo al alma desnuda y nostálgica de Manolo. Humedecí su ropa con mis lágrimas y coloque el objeto en el bolsillo de su polo, sabía que la probabilidad de no volverlo a encontrar era la más cierta.
En esa despedida, me dijo casi sin voz, me case con Carmen en la Gruta de Lourdes, si vuelves a Madrid, estaré aquí en el mismo asiento de la Plaza España.

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Fleming y la penicilina

Enviado por miigueloso02  

Ese día en clase de ciencias tocaba hablar de grandes descubrimientos. A Carlos le encantaba conocer historias sobre inventos y hallazgos que habían cambiado el mundo, así que estaba muy contento e impaciente por saber de quién o qué iban a hablar. Ese día, la profesora empezó la clase con una pregunta:

-¿Habéis escuchado alguna vez la palabra penicilina? Seguro que sí. ¿Sabéis para qué se usa o quién la descubrió? ¿Y que hay personas que son alérgicas como otras lo son a la leche? Ahora lo vamos a ver porque es muy interesante.

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Palabras

Enviado por gabl  

Cuando mi voz se apague, con ella se irán las palabras que no quieres escuchar. Las palabras punzantes, de reclamo. Las que hablan de amor, de ternura, las palabras que se pronuncian muy quedamente para no romper el silencio cuando se reflexiona en busca del significado de las mismas.
Con ellas se irá el alma y quedará el eco retumbando entre paredes frías, sin vida, sin ondas sonoras que rebotar que regresen a tu sistema auditivo.
Serán las últimas palabras que perturbarán tu sentido del oído y cesarán las quejas y lamentos lastimosos que mortifican tu paz interior.

gbl
27/11/2017
Derechos Reservados de Autor

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El panadero

Enviado por gabl  



Un hombre le dice a su amigo:
—¿Te puedo pedir un favor?

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Inevitable final

Enviado por dudu  

Estaba acostado, con los ojos cerrados, todos me pedían que no lo hiciera pero lo hice; al parecer no tenía que morir.

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El canto del autillo en la buhardilla

Enviado por jrma  

“El canto del autillo en la buhardilla”

Los troncos de los árboles, ya muertos, les sirven de mansión a los mochuelos que habitan lo profundo de los bosques. El cárabo es más tímido, si acaso, pues vuela sigiloso, entre los robles, cazando ratoncillos y batracios. En cambio, la lechuza y el autillo no temen instalarse en las buhardillas, de las casonas viejas de la aldea.

El mes de abril, que suele ser lluvioso, también tiene sus tardes encendidas de sol y luz, de magia entre los árboles. Mas, al llegar el brillo del ocaso, se escuchan los autillos en los parques, que llaman al amor en plena noche. Los más supersticiosos tienen miedo, y dicen que convoca al aquelarre de brujas en los montes colindantes.

De niño, en la buhardilla de la abuela, sentí la voz crispada del autillo, su grito lastimero, para algunos. Jamás pensé que fuera una criatura maligna cuyo grito desgarrado, volara, amenazante, con la brisa. Tal vez, al ser un niño, imaginaba que su llamada dulce, vivaracha, tenía el colorido de otros trinos.

Los niños tienen grandes cualidades para formar su imagen de las cosas, a costa de ignorar tantos secretos. Y quiso mi inocencia caprichosa pensar que era el autillo, entre las sombras, como el cuclillo, oculto en la hojarasca. Difícil es, no en vano, ver cuclillos, por más que en primavera se les oye cantar entre las densas arboledas.

No es raro en la niñez ser tan curioso, pues es, en esta edad, cada detalle como un descubrimiento inesperado. Por eso pregunté a la vieja anciana, de rostro bello y pelo blanquecino, pendiente del fogón en la cocina. Y dijo que era el pájaro del agua, criatura singular que, cada noche, las lluvias prevenía en su llamada. Y cuántas veces, siempre fantasioso, tomaba, en la mesilla de mi tío, cuartillas de papel, y dibujaba siluetas del autillo y la lechuza. Y viendo ya cercanos esos meses que llegan calurosos, en verano, por la ventana abierta, los buscaba. Mis ojos exploraban en la sombra los vuelos que rizaban en la nada sus grandes alas ricas en sigilo.

La anciana falleció dejando un hueco que no podré llenar en muchos años, y no podré volver a la buhardilla: sus dueños la arreglaron y vendieron a nuevos propietarios que no quieren amar el canto viejo del autillo. Mas, al llegar abril, siempre lo escucho, y anima en mi a ese niño que otras veces hurgaba en los misterios de la sombra.

El mundo cambia, y cambian los lugares, y pueblos de otras épocas lejanas se fueron transformando lentamente. Las villas de los viejos pescadores también han alterado su apariencia, tomando un aire acaso más urbano. Y es fácil recordar esas fachadas antiguas y las calles empedradas que fueron dando paso a otros ambientes.

No son las mismas ya, tras tantos años, las vistas de rincones apartados donde se admiran altos edificios. Pero, según nos vamos, caminando, sin prisa, a las afueras, ese tiempo parece conservarse en el entorno. Los campos, las colinas, el arroyo, los densos eucaliptos en el monte se pueden contemplar igual que entonces.

Llegado junio, en días despejados, es grato deambular cuando oscurece, mirar el sol, hundido en la distancia. Es bello deleitarse con nostalgias de tiempos que, si no fueron mejores, tal vez imaginamos más felices. Es la niñez que vuelve, es el momento de revivir al niño que no existe, pues lo hemos encerrado en lo profundo.

Y, tras ponerse el sol, con sus dorados, sentado sobre un banco en San Antonio, descubro las estrellas en la altura. No hay duda de que es todo un espectáculo, cuando la brisa baña ese montículo, borrando los rigores de la tarde. Y, entonces, encendiendo el cigarrillo, regreso por veredas que la luna me deja adivinar entre la sombra.

En la estación existe un parque humilde, sereno, con sus sauces melancólicos, que lloran desde el brillo de la aurora. Allí se escucha el canto del autillo, quimérico y extraño, casi mágico, y entonces el recuerdo se hace intenso. La brisa ha refrescado el aire puro, y el grillo, en su concierto interminable, le da acompañamiento al viejo autillo.

Llamando a los amores, el reclamo de la rapaz nocturna nos sugiere los sueños de las noches de la infancia. Poblado de dragones y de gárgolas, el mundo era tal vez más sugerente, mirado con los ojos de un chicuelo. También el mar, entonces, era abismo de rémoras, marrajos y piratas y las mansiones eran un castillo.

Después se esconderá el viejo mochuelo, y el canto de los cárabos del monte se irá apagando allá, en lo más profundo. La Fuente de los Ángeles murmura, risueña en primavera, mientras canta feliz, entre las ramas, un jilguero. La calma llena el aire, y el paisaje se admira con el alba que despierta con claras llamaradas de alegría.

Al fin se pueden ver, en cualquier parte, cuando el hurón se esconde y los raposos, el pardo de la piel de los tritones. No suelen esconderse en lo profundo del manantial alegre y vivaracho, donde los capturaban los muchachos. También, de niño, yo jugué a cazarlos en los abrevaderos de las bestias y en las corrientes claras de las fuentes.

El canto del autillo se ha perdido, pero es posible ver, y las urracas, los cuervos y arrendajos recortan con sus alas cada soplo. El aire se hace amigo del cuclillo, del raro picachuelo y sus colores, bajo la vigilancia de la aurora. También acechan, rápido, el cernícalo y, fuerte, el poderoso ratonero, desde el tendido eléctrico, en los campos.

Pasaron esos años tan idílicos de casas encantadas, de misterios, de juegos infantiles en el patio. Y entonces era bello el sol al alba, la lluvia en los cristales y los charcos formados en la vieja carretera. El universo entero se enseñaba cuajado de sutiles maravillas en los lugares más insospechados.

El canto del autillo en la buhardilla, la luz de las estrellas en los cielos y el ruido de los grillos son promesa. Y el tiempo transcurrido se ha perdido, mas vuelve a suscitar, en la memoria, vivencias que conserva el alma vieja. Herido ya el espíritu cansado por una juventud tan agitada, la infancia sigue viva, sin embargo.

2005 © José Ramón Muñiz Álvarez: “Los arqueros del alba”

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DOS ANCIANOS ESTABAN EN EL...

Enviado por gabl  

Dos ancianos estaban en el Asilo sentados bajo un árbol conversando, uno se voltea y le dice al otro:
-Jaime tengo 83 años y estoy lleno de achaques y dolores-.
Yo sé que tú tienes más o menos mi edad
¿Cómo te sientes? -
"Yo me siento como un recién nacido"
¿como un bebé?
-Así es, sin pelos, sin dientes, y acabo de hacerme pipí en los pantalones.
gbl
30/10/2017
Anónimo

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UN TESTIGO DE JEHOVÁ SE...

Enviado por gabl  


Un testigo de Jehová se sienta junto a un maracucho en un vuelo.
El maracucho pide un Whisky con soda.
La azafata le pregunta al testigo de Jehová si quiere beber algo:
- Prefiero ser raptado y violado salvajemente por una docena de prostitutas de Babilonia antes que una gota de alcohol toque mis labios.
El maracucho devuelve el Whisky y dice:
-Yo también. No sabía que se podía elegir esa verga!
Gustavo Adolfo Mendoza Rincón

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CON TRISTEZA

Con tristeza, el camaleón se dio cuenta que para conocer su verdadero color, tendría que posarse en el vacío.

Autor del

cuento

: Alejandro Jodorowsky

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Silencio

Enviado por gabl  

Silencio.
(No lo tomo como cuento mas bien una reflexión)

Mi mente es un caos, no logra ordenar ideas, ni coordinar pensamientos. Ando deambulando sin sentido, errante entre palabras inconclusas que no forman alguna oración o frase, que me permita escribir una línea que le diga a tus ojos la pena que consume mis días.
Estoy perdido en al abecedario como niño deletreando sus primeras sílabas.
La escritura como expresión de mi dolor angustioso no fluye como la tinta de la pluma del poeta. Queda en el aire la inspiración que motiva a plasmar sobre el papel la prosa alegre o llena de nostalgia.
Pero mi mano temblorosa no obedece a los impulsos que le ordena mi yo interior a trazar rasgos que expresen lo que mi voz calla. Hay silencio en mis manos, en mi mente nublada.
Pensativo elevo mi vista al firmamento, al azul infinito manchado de escasas y pálidas nubes que semejan ovejas en pastoreo.
El cielo es cómplice de la incapacidad mental que atormenta la razón e impide que la palabra escrita se manifieste oralmente o que sea el eco del sonido que el corazón emite sin ser escuchado.
¡Cuánto silencio hay en mí alrededor!
gbl
07/04/2017
Derechos Reservados de Autor.

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DISCUSIÓN

Dos monjes tenían una discusión a la orilla del río. El maestro, que en ese momento pasaba, se acercó a ellos y les preguntó sobre que se trataba su debate. "Estábamos mirado aquél árbol, y dije que las hojas se movían, pero mi compañero dice que es el viento el que se mueve", dijo uno de los monjes.
El maestro miró al árbol, luego a sus discípulos y les dijo, "es su mente la que se mueve".

Autor del

cuento

: Cuento tradicional budista zen

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PERCHERO

Odiaba al perchero: de él todavía colgaban la bufanda y el sombrero que ella no quiso llevarse. De vez en cuando lo abrazaba.

Autor del

cuento

: Mirco Ferri

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UN MILAGRO

Le habían asegurado que la Sagrada Imagen retornaría el movimiento al brazo paralizado y la señora tenía mucha fe. ¡Lo que consigue la fe! La señora entró temblando en la misteriosa cueva y fue tan intensa su emoción que enmudeció para siempre. Del brazo no curó porque era incurable.

Autor del

cuento

: Llorenç Villalonga

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EL MUNDO

Dios todavía no ha creado el mundo; sólo está imaginándolo, como entre sueños. Por eso el mundo es perfecto, pero confuso.

Autor del

cuento

: Augusto Monterroso

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ENCUENTROS

Él nunca decía cuándo iba a volver. Ella no sabía a qué hora preparar el corazón.

Autor del

cuento

: Rosa Salgado Suárez

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EL CAMELLO BAILARÍN

Obligado por su dueño a bailar, un camello comentó:
- ¡Que cosa! No sólo carezco de gracia andando, sino que bailando soy peor aun.

Moraleja: Usa siempre cada cosa para el propósito con el que fue creado.

Autor del

cuento

: Esopo

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EL RAYO QUE CAYÓ DOS VECES EN EL MISMO SITIO

Hubo una vez un Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho.

Autor del

cuento

: Augusto Monterroso

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PRESIONES

- Maestro, mis amigos me dicen que está bien que viva preocupado, presionado, porque eso me alienta a hacer cosas, a buscar derroteros, a construir. Tú me dices que no es así. ¿Cómo es, al fin?
- Hijo, el argumento de tus amigos equivale a que te digan que es bueno que te persiga un rinoceronte porque te motiva a moverte. Mejor construye tu vida con la mente serena y sin miedo ni presiones, como te lo digo yo.

Autor del

cuento

: Cuento zen

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SE VENDE

Se vende: zapatos de bebé, sin usar.

Autor del

cuento

: Ernest Hemingway

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