18 Cuentos de terror 

El gusto de Mónica

Enviado por besonegrojohns  

Antes de entrar al restaurante, Carlos estacionó su auto , se abrigo con su saco negro y apago su cigarrillo. Eran las nueve menos cuarto de la noche y había llegado justo a tiempo para su cita. Carlos estaba emocionado. Hace tiempo que quería hacer un hueco en su agenda para salir con su novia. Siempre estaba ocupado pero hoy no, se preparó con su linda camisa y sus pantalones impecables.

Carlos abrió la puerta del restaurante y se llevó una gran sorpresa. Estaba vacío. No había nadie ocupando las mesas y parecía que tampoco había nadie trabajando.. Tal vez cerraron pensó Carlos. Pronto un hombre detrás del mostrador apareció. Parecía de unos cuarentaitantos, vestía las prendas típicas de un mozo pero también llevaba un delantal de cocina.

– Buenas noches – dijo Carlos. Se acercó a la zona de recepción y tocó la campanita – ¿Está abierto?

El mozo se sorprendió. Alegre, se acercó a Carlos y se quitó el delantal.

– Buenas tardes – dijo al mismo tiempo que se inclinaba en forma de saludo – ¿Que le puedo ofrecer?

– Si em.. tenía una reserva para dos en nombre de...

– ¡Carlos, si! – lo interrumpió el mozo – Pase por favor, en un momento estoy con usted. Escoja la mesa que quiera – dijo mientras se dirigía de vuelta al mostrador.

Carlos se acomodó en una silla en una mesa no tan grande en una esquina del salón. Observó que todas las mesas, incluso las del pasillo del fondo, estaban completamente vacías únicamente ocupadas por los delantales blancos. Las pareedess pintadas de un amarillo cremoso estaban llenas de cuadros de estancias y bodegones y fotografías de platos tipicos del país. Algo llamó la atención de Carlos fue que el mozo parecía ser el único que trabajaba ahí. No había nadie en el mostrador o en el salón, ni siquiera en la cocina.

El mozo se acercó a la mesa de Carlos, le dejó la carta, los platos, los cubiertos y la panera y sacó su anotador para tomar el pedido.

– Ahí está. Bueno, ¿qué desea ordenar Carlos?

– Aún nada señor, gracias. Voy a esperar a mi invitada.

– ¡Tonterías! – exclamó el mozo – no va a quedarse ahí sentado sin tomar nada ¿Que le puedo servir?

– En ese caso... – dijo Carlos agobiado – le voy a pedir un agua sin gas.

– Por Dios, casi que me duermo de lo aburrido que es señor Carlos – bromeó el mozo y le acercó la carta – Por favor, la noche aún es joven. Rompase una birra – dijo mientras le abría la carta en la sección de bebidas.

– Está bien, una no me va a matar.

– Esa es la actitud. Ahí le traigo una Corona bien helada – dijo el mozo y se dirigió a la cocina.

Carlos miró la hora, eran las nueve y cinco. ¿Dónde está? se preguntó. Comenzaba a preocuparse. Tiempo después, el mozo regresó con una botella de cerveza con un pedazo de limón cortado en la boquilla.. Apoyó la botella en la mesa, metió el limoncito y le sirvió a Carlos.

– Aquí tiene – dijo el mozo.

– Gracias – dijo Carlos y tomó un buen sorbo. Estaba fresca – Disculpe señor, ¿es usted el único que trabaja acá?

– Me temo que sí, señor Carlos – contestó el mozo – Soy el mozo, cocinero y dueño oficial de la Cueva del Fiambre.

– Vaya – dijo Carlos sorprendido – No debe ser fácil trabajar solo en un lugar tan grande como este.

– La verdad es que no. Con suerte seis mesas se llenan al día, hoy fue la excepción. Y tampoco que mi menú sea muy variado y complejo. No me mato cocinando.

– Lamento escuchar eso – dijo Carlos y se tomó un sorbo de su cerveza – Imagino que debe ser complicado mantener este lugar.

– Hay días y días, señor Carlos. Días y días. – dijo el mozo con amargura.

Pasaba el tiempo y la novia de Carlos no aparecía. El mozo seguía en la cocina lavando platos y limpiando vasos y copas y Carlos acababa de terminar su cerveza. Empezaba a preocuparse ¿Por qué tarda tanto? ¿Qué le habrá pasado? Carlos agarró su teléfono y se levantó de la mesa para llamarla.. Marco el número y esperó pero no contestó. Marco devuelta y nada. Extrañado, pidió otra cerveza.

– Disculpe mi chusmerío señor Carlos – dijo el mozo mientras traía su segunda cerveza – pero no pude evitar escuchar nombrar que usted espera a una dama para cenar.

– Así es. Mi novia me invitó a cenar aquí. Un amigo de ella le recomendó este lugar, pero al parecer algo le pasó. Debería irme – y comenzó a levantar sus cosas.

– Descuide Carlos – dijo el mozo y volvió a sentar a Carlos – Ya sabe cómo son las mujeres cuando se trata de arreglarse. Le apuesto lo que sea que aún ni siquiera comenzó a vestirse.

– Si, puede ser – dijo Carlos sin ánimos – Deje de trabajar tan temprano solo para que ella me haga esperar. Increíble.

– ¿A qué se dedica señor Carlos? – le preguntó el mozo mientras le servía otra cerveza.

– Soy escritor de novelas.

– ¡Mire nada más! – exclamó el mozo – un escritor famoso vino a comer a mi restaurante. Vaya sorpresa. Le prometo que después de esto voy y compro una de sus novelas.

Ya había pasado una hora desde que Carlos había llegado. Estaba enfurecido y cansado. Solo sus tres botellas de cerveza le hacían compañía en aquella mesa vacía. No sabía qué hacer. Se puso a jugar con los cubiertos mientras esperaba, pero jamás llegó. Trató de llamarla devuelta pero ella no contestó. Decidido, Carlos se levantó de la mesa para ir a buscarla pero el mozo trajo a la mesa un plato de carne con papas y ensalada. Lo sirvió en la mesa y Carlos se sorprendió.

– ¿Qué hace? – preguntó Carlos confundido y borracho – No ordené nada.

– Ya es tarde señor Carlos – respondió el mozo mientras le cortaba la carne – Debe comer algo o se va a poner flaco.

– Gracias pero no era necesario. Debo salir a buscarla a ver qué pasó.

– No puede conducir en estas condiciones señor Carlos. Se va a matar. Insisto, la casa invita. Le aseguro que no va a comer un plato de bife con papas fritas más rico que este en todo el país.

– Muchas gracias pero...

– Carlos, descuide. Ella seguro que está bien. Solo coma.

Carlos volvió a acomodarse en la mesa y pincho un pedazo de carne. Se la metió en la boca y comenzó a masticar. Estaba deliciosa.

– Está riquísimo – dijo Carlos asombrado y siguió comiendo.

– ¿Qué le dije? – dijo el mozo – Disfrute.

Carlos devoraba con hambre el plato de comida. Ni siquiera se había molestado en condimentar el plato. Comía con voracidad las papas acompañandolas con la carne y la ensalada la pinchaba a montones. Acabado el plato, Carlos no daba más, ni siquiera para postre. Mientras Carlos se limpiaba la boca con la servilleta, el mozo levantaba los platos y cubiertos sucios y le sirvió un vaso con agua.

– ¿Qué le pareció la comida? – le preguntó el mozo.

– Estaba exquisito señor – dijo Carlos y se tomó el vaso de agua.

– No sabe la alegría que me da escuchar eso señor Carlos. Sin embargo, lamento que la cena no haya salido como lo había planeado.

– No pasa nada. Ya averiguaré qué fue lo que pasó.

– ¿Se puede saber cuál es el nombre de la dama que no pudo asistir? – preguntó el mozo.

– Mónica. Mónica Pasos.

– Mónica... – repitió el mozo con voz rasposa – Un lindo nombre para una linda mujer imagino.

– Si – dijo Carlos – La conocí en un evento promocional de un libro mio. Ella también es escritora y nos caímos bien.

– Me alegro por usted Carlos. El amor es algo hermoso y uno no siempre es capaz de encontrarlo.

De la nada, Carlos sintió unas náuseas y mareos extraños. Intentó mantener el equilibrio pero cayó a un costado de la silla sin éxito. Le dolía el pecho y la garganta y tampoco sentía los brazos o piernas. ¿Qué me está pasando? se dijo Carlos. El mozo se quitó el delantal de cocina, acomodó una silla junto a Carlos y se sentó. Carlos entre alaridos ahogados y gemidos de dolor intentaba pedirle ayuda al mozo pero este no contestaba ni le prestaba atención.

– Déjeme contarle una historia señor Carlos – dijo el mozo con un tono de voz totalmente cambiado mientras limpiaba y doblaba el delantal – Un tiempo atrás conocí a un hombre que no vivía lejos de aquí. Trabajaba conmigo en el restaurante. Este hombre salía con una mujer preciosa,, escritora también. Eran muy felices juntos pero un día ella lo dejó. Al parecer, en una salida de trabajo conoció a otro hombre. Un imbécil escritor llamado Carlos Luis Abado, bastante famoso.

Con un dolor de cabeza insoportable y con las fuerzas que le quedaban, Carlos intentaba arrastrarse hacia la salida para escapar.

– Ese escritor y la ex mujer de este hombre – continuó el mozo – siguieron saliendo. Mientras tanto, el hombre lloraba y lloraba. Terminó cayendo en las adicciones y trató de matarse poniéndose una pistola en la boca pero no tuvo el valor. Por su culpa, el rendimiento del restaurante cayó y las personas dejaron de venir. Los empleados comenzaron a renunciar y apenas alcanzaba el dinero para pagar los impuestos. Solo quedaba él.

>>Un día, llamó a esta mujer. La invitó a su restaurante a comer para saldar las cuentas y establecer que todo había quedado en buenos términos. Ella accedió e invitó a su nuevo novio. Ella fue la primera en llegar y fue recibida por el hombre y este sin dudarlo la asesinó, asfixiándola con sus propias manos.

Con sus últimas fuerzas Carlos trató de llegar a la puerta pero se quedó a mitad de camino, con la luz del techo nublandole la visión. Las piernas no le funcionaban y dolor era lo único que sentía en el cuerpo.

– Pronto el novio llegaría, se pondría cómodo y probaría el platillo del día (el gustito de Monica) y lamentablemente murió por causas extrañas.

El mozo se acercó a Carlos y le puso el pie en el pecho. Con su último respiro, Carlos miró a los ojos al mozo y murió.

– Buenas noches y gracias por venir a la Cueva del Fiambre.

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Cautiva en la piedra

Enviado por besonegrojohns  

El olor a tabaco impregnaba la habitación y el escultor, con su cigarrillo en la boca, trabajaba la piedra de mármol con su martillo y su pica. El suelo estaba repleto de escombros, papeles y cóleras de cigarrillos y la mesa estaba llena de herramientas y dibujos. A ras de golpes y lijados, el escultor trataba de darle forma a aquella piedra rota. Después de varias horas, apagó su último cigarrillo, dió el último golpe y retrocedió lentamente para poder admirar su nueva creación.

Era una mujer, flaca y de largas curvas y grandes pechos. Su piel, blanca como las nubes, reflejaba la luz de los reflectores, sus cabellos pulidos parecían de una suavidad natural y sus ojos, desprovistos de alma, enseñaban la vida que tenía la escultura. El escultor se lo quedó mirando, analizandola. La rodeaba con la mirada y la acariciaba con suavidad. Después de un largo rato viendo y bebiendo de su vaso de whisky, decidió que la escultura era horrenda. La comenzó a destruir sistemáticamente parte por parte y arrojó los restos a la basura junto con el resto de esculturas fallidas.

Se sentía cansado y apenado. No podía ser que después de tantos meses de trabajo no pudiera hacer la escultura que tanto deseaba. Enfurecido, golpeó la mesa de trabajo, tirando algunas herramientas, tomó sus cosas y salió de la casa. Se dirigió a un bar, a uñas cuadras de su casa. Se sentó en la barra, pidió una botella de cerveza y prendió un cigarrillo. No paraba de pensar en aquella escultura tan horrible e incompleta que había hecho. No paraba de decirse lo inutil que era y como era incapaz de recrear la simple imagen de una mujer.

En eso unos pequeños pasos firmes resonaron hacia su dirección. El escultor bebió un largo sorbo de cerveza y voltio. Era una chica. Esta se acercó al escultor y le acarició el hombro con sus dedos largos y suaves. Era una chica joven de pelo largo y dorado, nariz chata y unos ojos verdes brillantes. El escultor quedó deleitado con la imagen de esa chica tan preciosa pero sobre todo no podía parar de verle el rostro. Sus ojos, sus facciones, todo era de una asimetría perfecta. El escultor le invitó unos tragos y sin mucho esfuerzo la llevó a su casa.

Ambos entraron al departamento y el escultor le compartió un vaso de agua. La chica, después de una larga charla, se quitó la ropa y le enseñó al hombre su hermoso cuerpo, arruinado por los tatuajes y piercings, pero no su cara. No, esa era perfecta. Después de un largo rato haciendo el amor, el escultor le pidió que posara para poder plasmar en la piedra esa hermosa cara.

Estuvieron varias horas encerrados y el escultor no paraba de trabajar. La mujer, harta, le pidió al escultor que la dejara irse pero este le rogó que se quedara, solo necesitaba más tiempo. Ella insistió, se vistió y comenzó a irse. El escultor la tomó de la mano y le forcejeo para que se quedara. La chica lo abofeteó y trató de escapar pero el escultor se lo impidió. En un ataque de desesperación, la agarró del cuello, la arrojó al suelo y la asfixió. Ya muerta, el escultor tomó su cuerpo inerte, separó la cabeza del cuello con un cuchillo de cocina y la usó de referencia para continuar su escultura.

Al día siguiente el escultor estaba feliz. Por fin había terminado su arduo trabajo y podía descansar. Mientras tomaba su vaso de whisky en el bar, una chica se acercó a la barra y pidió un gintonic. El escultor se le quedó mirando a su hermosa piel negra pero sobre todo a sus hermosas piernas. El escultor se le acercó, se sentó junto a ella y le invitó un trago.

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apartamento

Enviado por keyla5  

Santiago tenia 26 años viva solo en un apartamento en quito. Un día escucho ruidos extraños e impacto de puñetazos , estaba inquieto por que era el único inquilino de ese piso .
Justo a la media noche alguien toco la puerta del cuarto y el muy extraño fue a abrir , frente a el estaba una mujer muy blanca se veía muy blanca y tenia un moretón en uno de sus ojos. Ella le dijo : me puedo quedar pues mi marido me golpeo y mi familia mañana temprano me vendrá a recoger .
el chico no se negó , la hizo pasar y acomodo el sofá para que ella pudiera descansar comodamente era lo único que tenia y podía ofrecerle y ella no se quejo simplemente agradeció por el gesto de el chico y se fue a acostar . al día siguiente cuando Santiago se levan to a preparar el desayuno para los dos , había notado que la sabana con la que la mujer había dormido estaba doblada delicadamente y ella no estaba el no se preocupo pendo que la familia la haba pasado a recogerla o tal vez fue a denunciar al marido .
Sin embargo la mujer volviuo a aparecer a la media noche pero mas golpeada que el di anterior .
Todo esto se repito durante una semana , pero una noche escucho que la mujer estaba gritando muy tuerto el pendo que el marido la iba a matar bajo rapidamente hasta la oficina de seguridad y contó lo que sucedida
pero el sorprendido quedo el por que la mujer habia muerto hace un año por que el marido la habita asesinado.

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Leyenda de terror al sonar el timbre

Enviado por luisfernandez12  

Esta leyenda de terror inicia en una noche de abril cuando Fernanda veía un juego de fútbol al lado de su padre.

“Interrumpimos esta transmisión para informarles que de acuerdo con la redacción de este canal hace unas horas se escapó un enfermo del hospital psiquiátrico. Les recomendamos no salir de sus casas, ya que este individuo es extremadamente peligroso. Si tienen alguna información sobre su paradero, por favor comuníquese a esta estación”.



– Papá, tengo mucho miedo. Te pido que por favor esta noche no salgas a trabajar.

– Hija, no puedo hacer eso, soy velador. Además en este mes ya he faltado dos veces puesto tú te enfermaste la semana pasada. Si lo vuelvo hacer, es probable que me corran y entonces tendrás que vivir con tu madre hasta que vuelva a encontrar otro trabajo.



– No papito no quiero irme con mamá. Comprendo lo que me dices, pero por favor ten mucho cuidado.

– Sí Fer, no te preocupes, cerraré la puerta incluso con la cadena. Sólo debes prometerme una cosa… ¡Pase lo que pase, no te acerques a la puerta aunque oigas sonar el timbre! ¿Me lo prometes?

– Claro papi. ¿Pero qué pasa si hay un incendio?

– Ya lo sabes, hay un duplicado de las llaves encima del refrigerador, pero únicamente debes usarlo en caso de que ocurriera algún siniestro.

La niña de 11 años le dio un beso de despedida a su papá y se dirigió a su habitación a seguir viendo la televisión. Una vez más puso el canal de noticias, en donde se enteró que el desquiciado del manicomio continuaba suelto.

“Nos informan que el maniático que se fugó esta tarde se le vio cerca de la calle de los Robles”.

El pavor invadió hasta lo más profundo del ser de Fernanda, ya que sabía que esa calle se encontraba a unas cuantas cuadras de su domicilio. Apagó el televisor y las luces para intentar dormir, pero no podía ni siquiera cerrar los ojos, pues inmediatamente pensaba en situaciones horribles en las que aquel maniático entraría a su casa y la asesinaría.

Cerca de las 10 de la mañana el sonido del timbre la despertó. Transitó por el pasillo que conducía a la alcoba de su padre y vio que éste no había llegado a su hogar. Llegó hasta la puerta y con voz temerosa preguntó:

– ¿Quién es?

A esta pregunta alguien con voz sombría y tétrica le respondió:

– Soy yo hija abre pronto.

La niña no hizo caso y volvió a su cuarto hasta que poco después escuchó las sirenas de varias patrullas que aparcaban a las afueras de su domicilio.

Una vez más se aproximó a la puerta y alcanzó a escuchar a uno de los gendarmes que decía:

– Métanlo en la camioneta y llévenlo de vuelta al hospital psiquiátrico. Trae una sábana para tapar el cuerpo, no quiero que los fotógrafos vean cómo terminó este pobre hombre.

Fernanda fue a la cocina, jaló un banco y se subió en él para alcanzar el duplicado de las llaves que estaban sobre la nevera.

Abrió la puerta y lo único que pudo ver fueron un par de camillas. En una de ellas se encontraba un hombre amarrado gritando incoherencias. Por otro lado, en la camilla más próxima reposaba el cuerpo sin vida de un hombre. Supo que era su padre, pues reconoció la esclava de oro que colgaba de aquel brazo lleno de sangre.

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EL SUICIDA

Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos.

Después bebió el veneno y se acostó.

Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.

¡Estaba tan seguro!
Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien.
¿Qué broma era ésa?
Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.

Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.

Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.

Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.

Autor del

cuento

: Enrique Anderson Imbert

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LAS ÚLTIMAS MIRADAS

El hombre mira a su alrededor. Entra en el baño. Se lava las manos. El jabón huele a violetas. Cuando ajusta la canilla, el agua sigue goteando. Se seca. Coloca la toalla en el lado izquierdo del toallero: el derecho es el de su mujer. Cierra la puerta del baño para no oír el goteo. Otra vez en el dormitorio. Se pone una camisa limpia: es de puño francés. Hay que buscar los gemelos. La pared está empapelada con dibujos de pastorcitas y pastorcitos. Algunas parejas desaparecen debajo de un cuadro que reproduce Los amantes de Picasso, pero más allá, donde el marco de la puerta corta un costado del papel, muchos pastorcitos se quedan solos, sin sus compañeras. Pasa al estudio. Se detiene ante el escritorio. Cada uno de los cajones de ese mueble grande como un edificio es una casa donde viven cosas. En una de esas cajas las cuchillas de la tijera deben de seguir odiándoles como siempre. Con la mano acaricia el lomo de sus libros. Un escarabajo que cayó de espaldas sobre el estante agita desesperadamente sus patitas. Lo endereza con un lápiz. Son las cuatro del la tarde. Pasa al vestíbulo. Las cortinas son rojas. En la parte donde les da el Sol, el rojo se suaviza en un rosado. Ya a punto de llegar a la puerta de salida se da vuelta. Mira a dos sillas enfrentadas que parecen estar discutiendo ¡todavía! Sale. Baja las escaleras. Cuenta quince escalones. ¿No eran catorce? Casi se vuelve para contarlos de nuevo pero ya no tiene importancia. Nada tiene importancia. Se cruza a la acera de enfrente y antes de dirigirse hacia la comisaría mira la ventana de su propio dormitorio. Allí dentro ha dejado a su mujer con un puñal clavado en el corazón.

Autor del

cuento

: Enrique Anderson Imbert

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DESARROLLO SOSTENIBLE

Los muertos se comieron a los vivos en el lapso de quince años. Tras lo cual se miraron unos a otros con expresiones compungidas.
Uno de ellos, el más reaccionario, alzó el dedo y les señaló a todos.
- Os advertí -les acusó con despecho-. Ya os lo dije hace mucho tiempo. Cuando matéis al último animal y os comáis al último hombre os daréis cuenta de que las piedras no tienen cerebro.

Autor del

cuento

: Miguel Puente

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A los 25

Enviado por dach2901  

Mi nombre es Sofia, fui la unica hija que tuvo mi madre, a mi padre nunca lo conoci, pero segun mi madre, no valia la pena hacerlo, solo me conto que lo conocio una noche cuando ella tenia 15 años, el la enamoro y ella quedo embarazada de mi, desde esa vez, nunca mas lo volvio a ver.

A mi madre la echaron de casa, ya que en esa epoca era muy mal visto que una joven de su edad estuviera embarazada, una noche cuando mi madre ya vivia por su cuenta y su prominente barriga seguia creciendo, recibio la visita de una misteriosa mujer, la cual parecia estar muy enfadada, esta mujer la ataco, golpeandola fuertemente y diciendo unas palabras que mi madre no podia entender, al dejar de hacerlo, mi madre sangraba demasiado, al parecer le habia provocado un aborto, y ese fue el momento en el que yo naci, ya que lograron llevar a mi madre al hospital a tiempo. Sin embargo ella me dijo que la mujer la habia maldecido, diciendole que ella nunca debio haber tenido un romance con su hijo, que ellos eran una familia muy especial, y que su semilla, y toda su descendencia estaria condenada a vivir hasta los 25 años para luego morir de una forma horrible.
Yo recuerdo que cuando mi madre cumplio 24 años, empezaron sus peores momentos, todos decian que estaba loca, que necesitaba ir al psiquiatra, pero los medicamentos no la ayudaban, ella vivia sola conmigo, yo apenas tenia 9 años, pero yo me despertaba asustada al oirla como gritaba en las madrugadas, como era atormentada por algo, me dijo que todas las noches, una mujer daba golpecitos en su ventana, como si la llamara, al mirar a la ventana, esta mujer era algo horrible, ella nunca pudo explicarme exactamente como era, pero no era necesario, yo me imaginaba algo muy cercano a lo que queria decirme, pero tambien esta mujer, le dejaba escrito con sus largos y flacos dedos un numero, el cual cada noche disminuia, era como un conteo regresivo, de los dias que le quedaban de vida hasta cumplir 25 años.

En sus ultimos dias, mi madre dejo de comer comida normal, yo era muy pequeña, y no entendia porque mi madre comia cucarachas, insectos, dejo de bañarse, no salia de su habitacion, ya casi no me hablaba, yo tenia que cuidarme sola, porque nadie nos ayudaba, le tenian miedo, y no entraban a mi casa. El dia que murio, fue el dia que cumplio 25 años, ese dia yo entre a su habitacion, mi pobre madre estaba tan delgada, que sus ojos parecian salirse de las cuencas, su cabello era gris como si fuera una anciana, habia escremento mezclado con su orina, era como un pobre animal, yo lloraba al verla, pero ella solamente estiro su mano para tratar de tocarme por ultima vez y morir, yo la abrazaba sin entender que habia pasado, pero en la ventana, pude ver como una mano escribia el numero cero en el vidrio empañado.

De eso han pasado ya muchos años, de hecho lo recuerdo todo en este momento, porque tengo una pequeña bebe de apenas 2 años de nacida, de su padre solo se que lo conoci una noche y no lo he vuelto a ver, mucho menos ve a su pequeña niña, solo se que el tenia 25 años. Tengo 24 años, y estoy en el suelo de mi habitacion, arrastrandome, comiendo arañas, cucarachas, no tengo voluntad para moverme, estoy muy asustada por mi pobre niña, ella esta sola, mis dientes se cayeron, mi cabello es blanco, y los golpecitos, esos golpecitos en la ventana que me atormentan desde hace un año, y ese rostro, ahora veo lo que mi madre veia, y es cierto, no puedo explicar lo que veo, pero es que su cara no tiene explicacion, al menos todo acabara pronto, dentro de tres dias cumplire 25 años, y esa bruja no deja de recordarmelo en la ventana, morire escuchando el llanto de mi pobre niña, seguro alguien vendra, encontrara mi cadaver y rescatara a mi bebe.

Ahora entiendo, no se que familia especial son ellos, pero se que el esperara a que mi bebe crezca, la embarazara, y su madre la atormentara un año hasta los 25…a los 25…todo acabara, y comenzara de nuevo la maldicion.

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EL VERDUGO

Cuenta la historia que había una vez un verdugo llamado Wang Lun, que vivía en el reino del segundo emperador de la dinastía Ming. Era famoso por su habilidad y rapidez al decapitar a sus víctimas, pero toda su vida había tenido una secreta aspiración jamás realizada todavía: cortar tan rápidamente el cuello de una persona que la cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él. Practicó y practicó y finalmente, en su año sesenta y seis, realizó su ambición.
Era un atareado día de ejecuciones y él despachaba cada hombre con graciosa velocidad; las cabezas rodaban en el polvo. Llegó el duodécimo hombre, empezó a subir el patíbulo y Wang Lun, con un golpe de su espada, lo decapitó con tal celeridad que la víctima continuó subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió airadamente al verdugo:

-¿Por qué prolongas mi agonía? -le preguntó-. ¡Habías sido tan misericordiosamente rápido con los otros!

Fue el gran momento de Wang Lun; había coronado el trabajo de toda su vida. En su rostro apareció una serena sonrisa; se volvió hacia su víctima y le dijo:

-Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor.

Autor del

cuento

: A. Koestler

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PADRE

Padre se cambia la escopeta de mano por segunda vez en los últimos minutos. No creo que le pese. Padre es fuerte, como el abuelo y el tío.

Oigo voces que proceden del salón. Creo que medio pueblo está en casa. ¿Han venido para verme a mí? Sospecho que sí, como a cualquier enfermo. En las últimas horas he dejado de sentir el brazo, es lo que mamá llama un miembro fantasma. Creo también que he dejado de sangrar, pero no tengo valor para mirarlo. Nunca me ha gustado observar las heridas de los demás, mucho menos las mías. Sé que es limpia y con eso me basta. Aquel mendigo loco, que caminaba como un borracho, sólo tuvo tiempo de morderme una vez antes de que tío Alberto lo apartara. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces? No puedo calcularlo. Sólo sé que desde que el párroco vino a verme, padre espera a los pies de mi cama, con la escopeta apoyada entre las piernas, la mirada húmeda y el gesto serio.

Tengo fiebre. Y miedo. Los adultos saben algo y no me lo quieren decir.

Autor del

cuento

: Rubén Sánchez Trigos

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