El gusto de Mónica 

Enviado por besonegrojohns   Seguir

31 Marzo 2025, 00:49

Antes de entrar al restaurante, Carlos estacionó su auto , se abrigo con su saco negro y apago su cigarrillo. Eran las nueve menos cuarto de la noche y había llegado justo a tiempo para su cita. Carlos estaba emocionado. Hace tiempo que quería hacer un hueco en su agenda para salir con su novia. Siempre estaba ocupado pero hoy no, se preparó con su linda camisa y sus pantalones impecables.

Carlos abrió la puerta del restaurante y se llevó una gran sorpresa. Estaba vacío. No había nadie ocupando las mesas y parecía que tampoco había nadie trabajando.. Tal vez cerraron pensó Carlos. Pronto un hombre detrás del mostrador apareció. Parecía de unos cuarentaitantos, vestía las prendas típicas de un mozo pero también llevaba un delantal de cocina.

– Buenas noches – dijo Carlos. Se acercó a la zona de recepción y tocó la campanita – ¿Está abierto?

El mozo se sorprendió. Alegre, se acercó a Carlos y se quitó el delantal.

– Buenas tardes – dijo al mismo tiempo que se inclinaba en forma de saludo – ¿Que le puedo ofrecer?

– Si em.. tenía una reserva para dos en nombre de...

– ¡Carlos, si! – lo interrumpió el mozo – Pase por favor, en un momento estoy con usted. Escoja la mesa que quiera – dijo mientras se dirigía de vuelta al mostrador.

Carlos se acomodó en una silla en una mesa no tan grande en una esquina del salón. Observó que todas las mesas, incluso las del pasillo del fondo, estaban completamente vacías únicamente ocupadas por los delantales blancos. Las pareedess pintadas de un amarillo cremoso estaban llenas de cuadros de estancias y bodegones y fotografías de platos tipicos del país. Algo llamó la atención de Carlos fue que el mozo parecía ser el único que trabajaba ahí. No había nadie en el mostrador o en el salón, ni siquiera en la cocina.

El mozo se acercó a la mesa de Carlos, le dejó la carta, los platos, los cubiertos y la panera y sacó su anotador para tomar el pedido.

– Ahí está. Bueno, ¿qué desea ordenar Carlos?

– Aún nada señor, gracias. Voy a esperar a mi invitada.

– ¡Tonterías! – exclamó el mozo – no va a quedarse ahí sentado sin tomar nada ¿Que le puedo servir?

– En ese caso... – dijo Carlos agobiado – le voy a pedir un agua sin gas.

– Por Dios, casi que me duermo de lo aburrido que es señor Carlos – bromeó el mozo y le acercó la carta – Por favor, la noche aún es joven. Rompase una birra – dijo mientras le abría la carta en la sección de bebidas.

– Está bien, una no me va a matar.

– Esa es la actitud. Ahí le traigo una Corona bien helada – dijo el mozo y se dirigió a la cocina.

Carlos miró la hora, eran las nueve y cinco. ¿Dónde está? se preguntó. Comenzaba a preocuparse. Tiempo después, el mozo regresó con una botella de cerveza con un pedazo de limón cortado en la boquilla.. Apoyó la botella en la mesa, metió el limoncito y le sirvió a Carlos.

– Aquí tiene – dijo el mozo.

– Gracias – dijo Carlos y tomó un buen sorbo. Estaba fresca – Disculpe señor, ¿es usted el único que trabaja acá?

– Me temo que sí, señor Carlos – contestó el mozo – Soy el mozo, cocinero y dueño oficial de la Cueva del Fiambre.

– Vaya – dijo Carlos sorprendido – No debe ser fácil trabajar solo en un lugar tan grande como este.

– La verdad es que no. Con suerte seis mesas se llenan al día, hoy fue la excepción. Y tampoco que mi menú sea muy variado y complejo. No me mato cocinando.

– Lamento escuchar eso – dijo Carlos y se tomó un sorbo de su cerveza – Imagino que debe ser complicado mantener este lugar.

– Hay días y días, señor Carlos. Días y días. – dijo el mozo con amargura.

Pasaba el tiempo y la novia de Carlos no aparecía. El mozo seguía en la cocina lavando platos y limpiando vasos y copas y Carlos acababa de terminar su cerveza. Empezaba a preocuparse ¿Por qué tarda tanto? ¿Qué le habrá pasado? Carlos agarró su teléfono y se levantó de la mesa para llamarla.. Marco el número y esperó pero no contestó. Marco devuelta y nada. Extrañado, pidió otra cerveza.

– Disculpe mi chusmerío señor Carlos – dijo el mozo mientras traía su segunda cerveza – pero no pude evitar escuchar nombrar que usted espera a una dama para cenar.

– Así es. Mi novia me invitó a cenar aquí. Un amigo de ella le recomendó este lugar, pero al parecer algo le pasó. Debería irme – y comenzó a levantar sus cosas.

– Descuide Carlos – dijo el mozo y volvió a sentar a Carlos – Ya sabe cómo son las mujeres cuando se trata de arreglarse. Le apuesto lo que sea que aún ni siquiera comenzó a vestirse.

– Si, puede ser – dijo Carlos sin ánimos – Deje de trabajar tan temprano solo para que ella me haga esperar. Increíble.

– ¿A qué se dedica señor Carlos? – le preguntó el mozo mientras le servía otra cerveza.

– Soy escritor de novelas.

– ¡Mire nada más! – exclamó el mozo – un escritor famoso vino a comer a mi restaurante. Vaya sorpresa. Le prometo que después de esto voy y compro una de sus novelas.

Ya había pasado una hora desde que Carlos había llegado. Estaba enfurecido y cansado. Solo sus tres botellas de cerveza le hacían compañía en aquella mesa vacía. No sabía qué hacer. Se puso a jugar con los cubiertos mientras esperaba, pero jamás llegó. Trató de llamarla devuelta pero ella no contestó. Decidido, Carlos se levantó de la mesa para ir a buscarla pero el mozo trajo a la mesa un plato de carne con papas y ensalada. Lo sirvió en la mesa y Carlos se sorprendió.

– ¿Qué hace? – preguntó Carlos confundido y borracho – No ordené nada.

– Ya es tarde señor Carlos – respondió el mozo mientras le cortaba la carne – Debe comer algo o se va a poner flaco.

– Gracias pero no era necesario. Debo salir a buscarla a ver qué pasó.

– No puede conducir en estas condiciones señor Carlos. Se va a matar. Insisto, la casa invita. Le aseguro que no va a comer un plato de bife con papas fritas más rico que este en todo el país.

– Muchas gracias pero...

– Carlos, descuide. Ella seguro que está bien. Solo coma.

Carlos volvió a acomodarse en la mesa y pincho un pedazo de carne. Se la metió en la boca y comenzó a masticar. Estaba deliciosa.

– Está riquísimo – dijo Carlos asombrado y siguió comiendo.

– ¿Qué le dije? – dijo el mozo – Disfrute.

Carlos devoraba con hambre el plato de comida. Ni siquiera se había molestado en condimentar el plato. Comía con voracidad las papas acompañandolas con la carne y la ensalada la pinchaba a montones. Acabado el plato, Carlos no daba más, ni siquiera para postre. Mientras Carlos se limpiaba la boca con la servilleta, el mozo levantaba los platos y cubiertos sucios y le sirvió un vaso con agua.

– ¿Qué le pareció la comida? – le preguntó el mozo.

– Estaba exquisito señor – dijo Carlos y se tomó el vaso de agua.

– No sabe la alegría que me da escuchar eso señor Carlos. Sin embargo, lamento que la cena no haya salido como lo había planeado.

– No pasa nada. Ya averiguaré qué fue lo que pasó.

– ¿Se puede saber cuál es el nombre de la dama que no pudo asistir? – preguntó el mozo.

– Mónica. Mónica Pasos.

– Mónica... – repitió el mozo con voz rasposa – Un lindo nombre para una linda mujer imagino.

– Si – dijo Carlos – La conocí en un evento promocional de un libro mio. Ella también es escritora y nos caímos bien.

– Me alegro por usted Carlos. El amor es algo hermoso y uno no siempre es capaz de encontrarlo.

De la nada, Carlos sintió unas náuseas y mareos extraños. Intentó mantener el equilibrio pero cayó a un costado de la silla sin éxito. Le dolía el pecho y la garganta y tampoco sentía los brazos o piernas. ¿Qué me está pasando? se dijo Carlos. El mozo se quitó el delantal de cocina, acomodó una silla junto a Carlos y se sentó. Carlos entre alaridos ahogados y gemidos de dolor intentaba pedirle ayuda al mozo pero este no contestaba ni le prestaba atención.

– Déjeme contarle una historia señor Carlos – dijo el mozo con un tono de voz totalmente cambiado mientras limpiaba y doblaba el delantal – Un tiempo atrás conocí a un hombre que no vivía lejos de aquí. Trabajaba conmigo en el restaurante. Este hombre salía con una mujer preciosa,, escritora también. Eran muy felices juntos pero un día ella lo dejó. Al parecer, en una salida de trabajo conoció a otro hombre. Un imbécil escritor llamado Carlos Luis Abado, bastante famoso.

Con un dolor de cabeza insoportable y con las fuerzas que le quedaban, Carlos intentaba arrastrarse hacia la salida para escapar.

– Ese escritor y la ex mujer de este hombre – continuó el mozo – siguieron saliendo. Mientras tanto, el hombre lloraba y lloraba. Terminó cayendo en las adicciones y trató de matarse poniéndose una pistola en la boca pero no tuvo el valor. Por su culpa, el rendimiento del restaurante cayó y las personas dejaron de venir. Los empleados comenzaron a renunciar y apenas alcanzaba el dinero para pagar los impuestos. Solo quedaba él.

>>Un día, llamó a esta mujer. La invitó a su restaurante a comer para saldar las cuentas y establecer que todo había quedado en buenos términos. Ella accedió e invitó a su nuevo novio. Ella fue la primera en llegar y fue recibida por el hombre y este sin dudarlo la asesinó, asfixiándola con sus propias manos.

Con sus últimas fuerzas Carlos trató de llegar a la puerta pero se quedó a mitad de camino, con la luz del techo nublandole la visión. Las piernas no le funcionaban y dolor era lo único que sentía en el cuerpo.

– Pronto el novio llegaría, se pondría cómodo y probaría el platillo del día (el gustito de Monica) y lamentablemente murió por causas extrañas.

El mozo se acercó a Carlos y le puso el pie en el pecho. Con su último respiro, Carlos miró a los ojos al mozo y murió.

– Buenas noches y gracias por venir a la Cueva del Fiambre.

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