7 Cuentos tristes 

HOY QUEMÉ TU CARTA

Hoy quemé tu carta. La única carta que me escribiste. Y yo te he estado escribiendo, sin que tu lo sepas, dia a dia. A veces con amor, a veces con desolación, otras con rencor. Tu carta la conozco de memoria: catorce líneas, ochenta y ocho palabras, diecinueve comas, once puntos seguidos, diecisiete acentos ortográficos y ni una sola verdad.

Autor del

cuento

: José Emilio Pacheco

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HOMENAJE A K.

En cuanto los vio, N. se dio cuenta de que venían por él. Aquellas mujeres de rostros familiares y aquellos hombres vestidos de blanco, armados con garrotes.
-No va a dolerte -le dijo uno al tiempo que le atestaba el primer puñetazo, en mitad de la cara.
-Comprende. Son nuestros sentimientos. No es justo que la tengas -susurraron las mujeres, que le mordían los puños atenazados y le tiraban rabiosamente de los brazos, arrodillados sobre él.
Los hombres usaban los garrotes con fuerza y con cuidado, esperando los instantes en que los movimientos de N. y de las mujeres dejaran al descubierto partes sensibles, donde los golpes fueran más dolorosos. A N. le sorprendía que todo ocurriera casi en silencio; que las voces le llegaran con tanta suavidad; que pudiera guardar sus quejas detrás de los dientes trabados. Un garrotazo dado de punta le cerró un ojo. Con el otro veía solamente el piso de tierra donde había caído de costado; las piedrecillas que le rasgaban la piel del rostro, los trocitos de mica deslumbrantes.
Una de las mujeres comenzó a tirarle de los cabellos hacia atrás y otra le clavó una rodilla en el cuello.
-Suéltala -le aconsejó con ternura.
Un puntapié lo dejó ciego. N. sintió uñas, dientes, rodillas, tacones, puños, garrotes, la superficie de la tierra que lo arañaba con ferocidad.
-¿Para qué la quieres? Abre las manos -le dijo una voz acariciante, y N. sintió en seguida el mordisco inclemente, en la oreja.
Hubo que romperle los dedos. N. quiso gritar, pero la boca se le llenó de polvo y el grito que había guardado tanto tiempo se le convirtió en una tos de agonía.
-No la extrañarás -le dijeron mientras iban dejando solo, pero la única herida que en verdad sentía era el hueco que le había quedado en las manos.
-No conviene que la tengas; no te conviene tenerla -rectificó una mujer.
-¿No comprendes? -dijo otra, pero él no pudo verlas porque apenas podía abrir los ojos.
-Es por tu bien, entiéndelo -musitó otra voz, ya de retirada, y después, como una explicación-: Es insoportable, la felicidad.

Autor del

cuento

: Felipe Garrido

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LOS CONSPIRADORES

No queremos dejarla en paz. Antes de suicidarse, B llamó a sus amigos. No dijo lo que intentaba ni alcanzamos a imaginarlo. B no había hecho simulacros ni ensayos generales. Nadie acudió al llamado. El abandono es injustificable. Pero, como es de suponerse, tenemos paliativos, coartadas. El teléfono suena a medianoche. Hay sobresaltos. No somos los que fuimos. Ahora cada uno tiene deberes y necesidad de levantarse temprano.
El suicidio es una crítica radical a nuestro modo de vida y, en primer término, un asesinato simbólico. Todos sentimos que matamos a B, y ella, en venganza, acabó con nosotros. Nos sobrevaloramos al pensar que una palabra nuestra, un gesto solidario, los consuelos de la filosofía cristiana o estoica, la esperanza de la revolución mundial, la memoria de los buenos momentos en compañía, el despliegue de nuestras propias humillaciones y fracasos, un sarcasmo oportuno y escarnecedor… algo hubiera bastado para conjurar el suicidio.

Más que en nuestro íntimo sufrimiento, en estas maniobras se revela el horror de estar vivo. Nos sentimos tan culpables que nadie quiere cargar la culpa.
Entre habladurías y reproches directos, sostenemos una campaña cerrada para que alguno de nosotros expíe el remordimiento colectivo –y le haga a B en la muerte la compañía que no supimos hacerle en vida.

Autor del

cuento

: José Emilio Pacheco

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LA TRISTEZA

El profe me ha dado una nota para mi madre. La he leído. Dice que necesita hablar con ella porque yo estoy mal. Se la he puesto en la mesilla, debajo del tazón lleno de leche que le dejé por la mañana. He metido en el microondas la tortilla congelada que compré en el supermercado y me he comido la mitad. La otra mitad la puse en un plato en la mesilla, al lado del tazón de leche. Mi madre sigue igual, con los ojos rojos que miran sin ver y el pelo, que ya no brilla, desparramado sobre la almohada. Huele a sudor la habitación, pero cuando abrí la persiana ella me gritó. Dice que si no se ve el sol es como si no corriesen los días, pero eso no es cierto. Yo sé que los días corren porque la lavadora está llena de ropa sucia y en el lavavajillas no cabe nada más, pero sobre todo lo sé por la tristeza que está encima de los muebles. La tristeza es un polvo blanco que lo llena todo. Al principio es divertida. Se puede escribir sobre ella, “tonto el que lo lea”, pero, al día siguiente, las palabras no se ven porque hay más tristeza sobre ellas. El profesor dice que estoy mal porque en clase me distraigo y es que no puedo dejar de pensar que un día ese polvo blanco cubrirá del todo a mi madre y lo hará conmigo. Y cuando mi padre vuelva, la tristeza habrá borrado el “te quiero” que le escribo cada noche sobre la mesa del comedor.

Autor del

cuento

: Rosario Barros Peña

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EPITAFIO DE UNA PERRA DE CAZA

La Galia me vio nacer, la Conca me dio el nombre de su fecundo manantial, nombre que yo merecía por mi belleza. Sabía correr, sin ningún temor, a través de los más espesos bosques, y perseguir por las colinas al erizado jabalí. Nunca las sólidas ataduras cautivaron mi libertad; nunca mi cuerpo, blanco como la nieve, fue marcado por la huella de los golpes. Descansaba cómodamente en el regazo de mi dueño o de mi dueña y mi cuerpo fatigado dormía en un lecho que me habían preparado amorosamente. Aunque sin el don de la palabra, sabía hacerme comprender mejor que ningún otro de mis semejantes; y, sin embargo, ninguna persona temió mis ladridos.
¡Madre desdichada! La muerte me alcanzó al dar a luz a mis hijos. Y, ahora, un estrecho mármol cubre la tierra en donde descanso.

Autor del

cuento

: Petronio

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EL ALCIÓN

Este pájaro gusta de la soledad y vive siempre a orillas y sobre el mar. Se dice que para huir de los hombres que le dan caza, hace su nido en las rocas de la orilla.
Un día un alción que iba a poner, se encaramó a un montículo, y divisando un peñasco erecto dentro del mar, hizo en él su nido. Al otro día que salió en busca de comida, se levantó el mar por una borrasca, alcanzó al nido y ahogó a los pajarillos. Al regresar el alción y ver lo sucedido, exclamó:
- ¡Desdichado de mí, huyendo de los peligros conocidos de la tierra, me refugié dentro del mar y me fue peor!

Moraleja: Si tienes que adentrarte en lo desconocido, ten en cuenta la llegada de sorpresas agradables y desagradables. Nunca te confíes a ciegas de lo que no conoces. En terrenos nuevos anda con paso sereno y ojos bien abiertos.

Autor del

cuento

: Esopo

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GOLPE

Mamá, dijo el niño, ¿qué es un golpe? Algo que duele muchísimo y deja amoratado el lugar donde te dio. El niño fue hasta la puerta de casa. Todo el país que le cupo en la mirada tenía un tinte violáceo.

Autor del

cuento

: Pía Barros

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