5 Cuentos populares 

EL ANCIANO Y EL NIÑO

Eran un anciano y un niño que viajaban con un burro de pueblo en pueblo.
Llegaron a una aldea caminando junto al asno y, al pasar por ella, un grupo de mozalbetes se rió de ellos, gritando:
-¡Mirad que par de tontos! Tienen un burro y, en lugar de montarlo, van los dos andando a su lado. Por lo menos, el viejo podría subirse al burro.

Entonces el anciano se subió al burro y prosiguieron la marcha. Llegaron a otro pueblo y, al pasar por el mismo, algunas personas se llenaron de indignación cuando vieron al viejo sobre el burro y al niño caminando al lado. Dijeron:
-¡Parece mentira! ¡Qué desfachatez! El viejo sentado en el burro y pobre niño caminando.
Al salir del pueblo, el anciano y el niño intercambiaron sus puestos.
Siguieron haciendo camino hasta llegar a otra aldea. Cuando las gentes los vieron, exclamaron escandalizados:
-¡Esto es verdaderamente intolerable! ¿Habéis visto algo semejante?
El muchacho montado en el burro y el pobre anciano caminando a su lado.
—¡Qué vergüenza!

Puestas así las cosas, el viejo y el niño compartieron el burro. El fiel jumento llevaba ahora el cuerpo de ambos sobre sus lomos. Cruzaron junto a un grupo de campesinos y éstos comenzaron a vociferar:
-¡Sinvergüenzas! ¿Es que no tenéis corazón? ¡Vais a reventar al pobre animal!

El anciano y el niño optaron por cargar al burro sobre sus hombros. De este modo llegaron al siguiente pueblo. La gente se apiñó alrededor de ellos. Entre las carcajadas, los pueblerinos se mofaban gritando:
-Nunca hemos visto gente tan boba. Tienen un burro y, en lugar de montarse sobre él, lo llevan a cuestas.
!Esto sí que es bueno! ¡Qué par de tontos!

De repente, el burro se revolvió, se precipitó en un barranco y murió.

Moraleja: Si escucháis las opiniones de los demás, acabaréis muertos como este burro. Cerrad los oídos a la opinión ajena. Que aquello que los demás censuran te sea indiferente. Escucha únicamente la voz de tu corazón y no te pierdas en opiniones ajenas.

Autor del

cuento

: Cuento tradicional de la India

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EL BRAHMÍN ASTUTO

Era en el norte de la India, allí donde las montañas son tan elevadas que parece como si quisieran acariciar las nubes con sus picos. En un pueblecillo perdido en la inmensidad del Himalaya se reunieron un asceta, un peregrino y un brahmín. Comenzaron a comentar cuánto dedicaban a Dios cada uno de ellos de aquellas limosnas que recibían de los fieles. El asceta dijo:
-Mirad, yo lo que acostumbro a hacer es trazar un círculo en el suelo y lanzar las monedas al aire. Las que caen dentro del círculo me las quedo para mis necesidades y las que caen fuera del círculo se las ofrendo al Divino.

Entonces intervino el peregrino para explicar:
-Sí, también yo hago un círculo en el suelo y procedo de la misma manera, pero, por el contrario, me quedo para mis necesidades con las monedas que caen fuera del círculo y doy al Señor las que caen dentro del mismo.

Por último habló el brahmín para expresarse de la siguiente forma:
-También yo, queridos compañeros, dibujo un círculo en el suelo y lanzo las monedas al aire. Las que no caen, son para Dios y las que caen las guardo para mis necesidades.

Reflexión: Así proceden muchas personas que se dicen religiosas. Tienen dos rostros y uno es todavía más falso que el otro.

Autor del

cuento

: Cuento tradicional de la India

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EL ELEFANTE Y LA OVEJA

Cuentan que el elefante se había casado con la oveja. Vivían en una jaima, que era como suelen ser estas viviendas, con un terreno elevado al sur y algo más al sur, abundante vegetación. Mientras la oveja se ocupaba de las cosas de la jaima, el elefante pasaba el día pastando, para luego regresar al hogar.

Cierto día en que se encontraba el elefante de sabrosos pastos, se le acercó el chacal que tras saludarle, le dijo:
- ¡Vaya, vaya, amigo mío! Espero nunca correr tu suerte, pobre, alimentándote de espinas y amargas hierbas, teniendo a tu alcance tanta carne y de la buena.
- ¿A qué carne te refieres?
- A qué va a ser, pues la que quedó cuidando la jaima; si no sabes cómo ha de comerse, puedo ser tu maestro.
- ¡No me digas! ¿Acaso es buena la carne de oveja?
- ¡Desde luego! Tú dime cuándo he de venir y aquí estaré para ilustrarte.
- Está bien, acércate mañana al mediodía.

Así quedaron pues y el chacal, de las ganas que tenía de comer oveja, se presentó en el lugar señalado, incluso antes de la hora convenida. Tras llegar el elefante caminaron amistosamente hacia la jaima. La oveja, al percatarse del regresó de su marido, salió a observarle. Al principio, debido a su tamaño, tan sólo veía al elefante, pero poco después se dio cuenta de que iba acompañado por el chacal, dando brincos a su lado. Estonces se dijo:
- No sé que me da… que la razón de que estos dos vayan juntos, voy a ser yo.
Después huyó hacia el norte, ensimismada, sin saber muy bien a dónde se dirigía; lo único que estada segura es que aquellos dos tramaban algo, no demasiado bueno para ella. Allá por donde iba, había un torrente seco con muchos troncos de acacia. La oveja se acercó a uno de los troncos y tiró de la corteza, desprendiéndola totalmente del tronco. Se la llevó a un lugar donde había un enjambre de abejas y embadurnó la corteza de miel. Regresó a la jaima, donde ya se encontraban el chacal y el elefante que se encontraba muy enfadado con los ojos inyectados en sangre. Al entrar, su esposo le preguntó:
- ¡Oye! ¿Dónde estuviste?
- ¡Tranquilo, tranquilo! Salí para traerte esto.
- ¿Y qué es, si puede saberse?
- Tú, pruébalo.

Entonces el elefante pasó su enorme lengua por la corteza y se la llevó a la boca. Al ver lo dulce que era, le preguntó:
- ¿Dónde encontraste eso?
- Esto es un dulce que se saca del chacal. Lo hemos estado estrujando y mira qué cantidad y qué sabroso está.
Al oír aquello, de inmediato el elefante se volvió hacia el chacal y se dispuso a estrujarlo, por lo que el chacal, para salvar el pellejo, rápidamente dijo:
- ¡Doy gracias a Dios!; pues ayer mismo fui estrujado.
Sin embargo, el elefante no le hizo caso y lo estrujo bien. Pero lo que salía por detrás no era precisamente miel. No era dulce como la miel. Así que lo soltó y fue a buscar otro chacal que estrujar. La oveja aprovechó aquel percance para escapar y unirse a unas cabras que pasaban por allí, poniéndose a sí a salvo.

Autor del

cuento

: Cuento tradicional saharahui

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EL ASNO DE KUICHÚ

Nunca se había visto un asno en Kuichú, hasta el día en que un excéntrico, ávido de novedades, se hizo llevar uno por barco. Pero como no supo en qué utilizarlo, lo soltó en las montañas.

Un tigre, al ver a tan extraña criatura, lo tomó por una divinidad. Lo observó escondido en el bosque, hasta que se aventuró a abandonar la selva, manteniendo siempre una prudente distancia.

Un día el asno rebuznó largamente y el tigre echó a correr con miedo. Pero se volvió y pensó que, pese a todo, esa divinidad no debía de ser tan terrible. Ya acostumbrado al rebuzno del asno, se le fue acercando, pero sin arriesgarse más de la cuenta.

Cuando ya le tomó confianza, comenzó a tomarse algunas libertades, rozándolo, dándole algún empujón, molestándolo a cada momento, hasta que el asno, furioso, le propinó una patada. "Así que es esto lo que sabe hacer", se dijo el tigre. Y saltando sobre el asno lo destrozó y devoró.

¡Pobre asno! Parecía poderoso por su tamaño, y temible por sus rebuznos. Si no hubiese mostrado todo su talento con la coz, el tigre feroz nunca se hubiera atrevido a atacarlo. Pero con su patada el asno firmó su sentencia de muerte.

Autor del

cuento

: Cuento tradicional chino

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LA VIEJA HECHICERA

Había una vez una viejecita que le hizo una buena jugada al diablo. Un buen día iba andando y se encontró con el diablo sentado bajo una talja en las afueras de la ciudad.
- ¿Qué haces aquí, tan pensativo? –le preguntó.
- Estoy furioso. Aquí en esta ciudad vive un hombre muy sabio, conoce muy bien el Corán y cuando lo recita no puedo entrar en ella –le respondió.
- Yo puedo matarlo. Si me pagas bien, yo lo mato.
- De acuerdo –asintió.
- ¿Qué vas a darme a cambio?
- Una babucha de oro.

Se volvió la vieja hacia la ciudad y, al llegar, fue en busca de la mujer del sabio. Cuando la encontró, le dijo:
- Tu marido va a abandonarte. Debes hacer todo lo posible para que no ocurra.
- ¿Y qué puedo hacer para impedirlo? –contestó preocupada.
- Es muy sencillo. Sólo tienes que cortarle unos pelos de la parte más baja de su barba y traérmelos. Con ellos te haré un amuleto que te protegerá y nunca podrá abandonarte.
Partió más tranquila la mujer del sabio y la vieja se fue en busca de éste. Al hallarlo le explicó:
- Debes tener cuidado. Corres un grave peligro. He sabido que tu mujer quiere matarte.
- ¿Cómo puede ser eso? No me vengas con patrañas –respondió enfadado.
- Es cierto. Planea matarte esta noche. Finge dormir, pero mantén un ojo abierto. Verás cómo intenta asesinarte –insistió en tono confidencial.
El hombre se acostó como cada noche. Se puso el turbante encima de los ojos y permaneció despierto. De madrugada vio que su mujer se acercaba sigilosamente con un cuchillo. Cuando la tuvo muy cerca, sacó un puñal que tenía escondido y se lo clavó.
Empezó a gritar y despertó a sus vecinos, que acudieron asustados.
Mientras la vieja hechicera salió corriendo en busca de los hermanos de la mujer y les dijo:
- ¿No sabéis lo que ha ocurrido? A vuestra hermana la ha matado su marido, el sabio que lee el Corán.
Los hermanos partieron rápidos hacia la casa de su hermana, a la que hallaron muerta, con cuchillo clavado y las vísceras fuera. Arrancaron el cuchillo de su cuerpo y mataron con él a su marido.
Una vez muerto, la vieja fue en busca del diablo para decirle que tenía el camino libre para entrar en la ciudad cuando quisiese, y para reclamarle su recompensa.
- Toma tu babucha de oro –le dijo el diablo-, pero has de saber que lo que tú has hecho ni el mismísimo diablo se atrevería a hacerlo.
Se levantó y siguió su camino, desistiendo de entrar en la ciudad.

Autor del

cuento

: Cuento tradicional saharahui

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