43 Cuentos de animales 

El oso dormilón y el elefante trompudo

Enviado por dach2901  

En una nube blanca de algodón vivían un oso dormilón que núnca pestañeaba porque le daba sueño y su mejor amigo un elefante trompudo con colita de resorte.


Un día de cielo azul con sol muy brillante, los dos amigos decidieron dar un paseo, el elefante era muy inquieto y saltarín pero como era tan pesado las nubes quedaban agujereadas y por eso llovía. El oso dormilón en cambio bostezaba a cada ratito y se tiraba a dormir la siesta cada dos pasitos.


Las mariposas se reían a carcajadas porque era divertido ver a un elefante con cola de resorte haciendo agujeros en las nubes y un oso dormilón durmiendo cada dos pasitos.


De tanto en tanto los rayos de sol les hacían cosquillas y ellos también se reían a carcajadas.



Entre canciones saltarinas y siestas perezosas, se les paso volando la hora y la pancita les hacia ruido así que encontraron el motivo perfecto para comerse un alfajor, porque caminar da mucho hambre, a los osos les encantan los alfajores.


Cuando se descuidaron el sol les dejaba un saludo y la luna redonda le avisaba a las estrellas que era hora de pintar el cielo con sus chispitas brillantes.


Como no se habían llevado abrigo y el vientito soplaba, el oso dormilón y el elefante trompudo decidieron regresar muy felices por su paseo y a saltos gigantes entre estrella y estrella volvieron a su nube de algodón para disfrutar del silencio de la noche y enterarse de algún secreto mágico que les contara algún cometa hablador.

FIN

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El lobo y la cigüeña

Enviado por luzia  

El lobo y la cigüeña
Un lobo devoró su caza tan rápido, con tanto apetito, que terminó con un
hueso atorado en la garganta.
Lleno de dolor, el lobo comenzó a correr de un lado a otro, aullando, y le ofreció
Una buena recompensa para cualquiera que se haya sacado el hueso de la garganta. Con piedad del lobo y con
dispuesta a ganar el dinero, una cigüeña decidió enfrentar el peligro.
Después de quitar el hueso, quería saber dónde estaba la recompensa que el lobo había prometido.
- ¿Recompensa? Gritó el lobo. - ¡Qué cigüeña! Que recompensa, que
¡cualquier cosa! Metiste tu cabeza en mi boca y en lugar de arrancarte la cabeza con un
Te dejo sacarlo sin un rasguño. No piensas
eres muy afortunado, animal insolente! Sal y ten cuidado de nunca acercarte a
mis garras!
Moraleja: no esperes gratitud cuando muestres caridad a un enemigo.El lobo y la cigüeña
Un lobo devoró su caza tan rápido, con tanto apetito, que terminó con un
hueso atorado en la garganta.
Lleno de dolor, el lobo comenzó a correr de un lado a otro, aullando, y le ofreció
Una buena recompensa para cualquiera que se haya sacado el hueso de la garganta. Con piedad del lobo y con
dispuesta a ganar el dinero, una cigüeña decidió enfrentar el peligro.
Después de quitar el hueso, quería saber dónde estaba la recompensa que el lobo había prometido.
- ¿Recompensa? Gritó el lobo. - ¡Qué cigüeña! Que recompensa, que
¡cualquier cosa! Metiste tu cabeza en mi boca y en lugar de arrancarte la cabeza con un
Te dejo sacarlo sin un rasguño. No piensas
eres muy afortunado, animal insolente! Sal y ten cuidado de nunca acercarte a
mis garras!
Moraleja: no esperes gratitud cuando muestres caridad a un enemigo.

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El león y el mosquito

Enviado por luzia  

El león y el mosquito
Un león estaba enojado con un mosquito que seguía zumbando alrededor de su cabeza, pero
Al mosquito no le importó.
-¿Estás pensando que te temeré solo porque crees que eres el rey? - él dijo
arrogante, y luego voló hacia el león y picó su hocico.
Indignado, el león pateó al mosquito, pero lo único que logró hacer fue rascarse
con sus propias garras. El mosquito continuó picando al león, que comenzó a aullar como un
Loco.
Al final, exhausto, enfurecido y cubierto de heridas de sus propios dientes y garras, el
León se rindió. El mosquito se alejó para decirles a todos que había ganado el
león, pero entró directamente en una telaraña. Allí el ganador del rey de los animales encontró su
triste final, comido por una pequeña araña.
Moraleja: a menudo el más pequeño de nuestros enemigos es el más temeroso.

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EL LOBO Y EL ASNO

Un lobo fue elegido rey entre sus congéneres y decretó una ley ordenando que lo que cada uno capturase en la caza, lo pusiera en común y lo repartiese por partes iguales entre todos; de esta manera ya no tendrían los lobos que devorarse unos a otros en épocas de hambre.
Pero en eso lo escuchó un asno que estaba por ahí cerca, y moviendo sus orejas le dijo:
- Magnífica idea ha brotado de tu corazón, pero ¿Por qué has escondido todo tu botín en tu cueva? Llévalo a tu comunidad y repártelo también, como lo has decretado.
El lobo, descubierto y confundido, derogó su ley.

Moraleja: Si impones normas, sé el primero en cumplirlas.

Autor del

cuento

: Esopo

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EL CAMELLO, EL ELEFANTE Y EL MONO

Votaban los animales para elegir un rey. El camello y el elefante se pusieron en fila disputándose los sufragios, ya que esperaban ser preferidos sobre los demás gracias a su tamaño y su fuerza. Pero llegó el mono y los declaró a los dos incapacitados para reinar.
- El camello no sirve - dijo -, porque no se encoleriza contra los malhechores, y el elefante tampoco nos sirve porque tendremos que estar temerosos de que nos ataque un marrano, animal a quien teme el elefante.

Moraleja: La fortaleza más grande, siempre se mide en el punto más débil.

Autor del

cuento

: Esopo

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Abismos

Enviado por andres33  



Hacía semanas que no los oía. A Raúl le resultaba extraño que ya no estuvieran deambulando por el jardín los ratoncitos que durante todo el verano lo habían acunado con sus mínimos pasitos en la pared contra la que estaba acomodada su cama.

Se levantó de prisa asustado y descubrió que ya no quedaba ninguno; se habían marchado sin despedirse. Los días siguientes fueron tristes y solitarios para el niño y dejó de reír y de sonreír como solía hacerlo.

Cuando su madre le preguntó qué le ocurría, él le manifestó su tristeza por la ausencia de los ratoncitos. ‘Ni siquiera les había dicho lo especiales e importantes que eran para mí’, sollozaba convulsionado por la pena. ‘No te preocupes, ya volverán’, fue la tranquilizadora respuesta de su madre.

Efectivamente, los ratoncitos regresaron. Pero cuando lo hicieron, había pasado demasiado tiempo y Raúl no los recordaba: se había convertido en un joven apuesto al que ya no le interesaban los asuntos de la infancia, preocupado en volverse mayor.

Por mucho que los visitantes rascaron las paredes, Raúl no les prestó atención. Y continuó con su vida adolescente como si nada. En el fondo de su alma el hueco del abandonado sufrido en la infancia continuó horadando silenciosamente y todos sabemos que, tarde o temprano, volvería a cobrar protagonismo en su vida; porque el tiempo no cura las heridas. de:Tes Nuhel

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LA RANA GRITONA Y EL LEÓN

Oyó una vez un león el croar de una rana, y se volvió hacia donde venía el sonido, pensando que era de algún animal muy importante.
Esperó y observó con atención un tiempo, y cuando vio a la rana que salía del pantano, se le acercó y la aplastó diciendo:
- ¡Tú, tan pequeña y lanzando esos tremendos gritos!

Moraleja: Quien mucho habla, poco es lo que dice.

Autor del

cuento

: Esopo

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LA VÍBORA Y LA ZORRA

Arrastraba la corriente de un río a una víbora enroscada en una maraña de espinas. La vio pasar una zorra que descansaba y exclamó:
- ¡Para tal clase de barco, tal piloto!

Moraleja: Personas perversas siempre conectan con situaciones perversas.

Autor del

cuento

: Esopo

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A LA DERIVA

El hombre pisó algo blanduzco, y enseguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de plano, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo—. ¡Dame caña!

—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.

—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez— dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano-. ¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, atrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

—Un jueves...

Y cesó de respirar.

Autor del

cuento

: Horacio Quiroga

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El escarabajo soñador.

Enviado por mayte78  

En el bosque se encontraba, un escarabajo,... muy triste,... y día tras día, se lamentaba de su mala suerte,
se quejaba de que vestía de negro,... y así no lo podían ver de pasar,... y no sabían que existía....
Soñaba ser una luciérnaga, para brillar siempre... y cambiar de colores todos los días, y ser la admiración de todos....
Un bonito día,... pasó una luciérnaga por su lado, alegre y feliz, con su traje de mil colores, y al verlo tan triste lamentarse...
se le acercó y le preguntó que le pasaba?...
Estoy triste, no puedo hacer nada, nadie me ve...porque voy siempre vestido de negro, me gustaría, ser como tú, y vestir
de colores...

- Y le dijo la luciérnaga, yo no visto de colores, ..., de colores me viste mi alegría y la ilusión que tengo por todo....
si tu lo deseas con muchas ganas, también vestirás de colores como yo.
Entonces la bella luciérnaga esperó, ....hasta que... el escarabajo cansado,...
de lamentarse, se quedó dormido.... y le regaló su impresionante vestido de colores , que brillaba con el sol más que nunca.
La luciérnaga, vio por primera vez, al escarabajo feliz y le dijo: No es, solo el vestido, lo que te hace bello, sino tener alegría,... lo que vale,... es la actitud que tengas ante la vida...Es lo que te llena de ilusión y te viste de mil colores,,,,
Y el escarabajo vio, ....que la luciérnaga llevaba su traje negro, pero reluciendo de mil colores....

Al día siguiente el escarabajo... notó que algo nuevo le
estaba pasando.... empezó a sentir en colores... lleno de ilusión, y a volar como la luciérnaga, .... Y
- la luciérnaga le dejó un gran regalo..., el escarabajo se volvió soñador...
y debajo de sus alitas...unas luces intermitentes de colores, que siempre llevaba encendidas, ...y que le hacían brillar como una luciérnaga.



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