6 Cuentos largos 

el jardín de las rosas

Enviado por dach2901  

Había una vez en una tierra muy lejana existía un pueblo pequeño, lo gobernaba un rey presuntuoso, el palacio era hermoso con grandes pasillos y hermosas paredes de cristales, pero el rey sentía un vacío en su corazón, el quería ser admirado por todos.

Una mañana el rey observando el jardín de su palacio; noto que tenía un tesoro en sus tierras y se le ocurrió una esplendida idea. Mando a llamar a sus súbditos y les dijo:

-Quiero que coloquen rosas artificiales de los colores que tengamos…pero en medio del jardín coloquen una rosa de oro, Arboles de esplendorosas y magistral belleza, manantiales como cristales. Al amanecer quiero ver mi jardín como lo idee porque voy a invitar a todos los reinos vecinos.

Lo que el rey no sabía es que su jardín era mágico. Las rosas tenían vida propia y todo lo que existía en ese lugar…Los súbditos solo tomaron la orden sin protestar… e hicieron lo que su rey había dicho; las rosas artificiales las colocaron cerca de las naturales, los arboles al lado de los naturales, y la rosa de oro en el medio de todo el lugar; era una rosa grande y su brillo era incomparable…

Después de ser plantadas las rosas artificiales En el jardín mágico las rosas cobraron vida y maravilladas de asombro se dieron cuenta que ya no eran artificiales se alegraron de gran manera y preguntaron…

¿Qué lugar es este? Es hermoso, las rosa naturales le responden…bienvenidas a nuestro jardín luego las rosas notaron que la rosa de oro cobro vida pero no pudo ser transformada en una rosa natural ya que el jardín tenía un propósito con ella. Las rosas naturales no entendían porque ese metal podía tener vida…pero la rosa de oro estaba muy callada solo miraba a las rosa naturales…las rosa naturales sentían celos y murmuraban entre ellas diciendo:

-¿Vieron la rosa que está en medio de todas nosotras? No habla con nadie que se cree…

-¿La mejor entre nosotras?

Y así pasaron los días y la rosa de oro solo miraba a las rosa naturales. Se preguntaba así misma:

-¿Quién las habrá creado?, ¿Quién las habrá perfumado? , ¿Por qué la brisa juega con ellas?, ¿por qué las abeja descansan en su lecho?…

Al día siguiente el rey se asoma por el balcón y se da cuenta que su jardín estaba sucio y lo mandó a limpiar…la rosa de oro se da cuenta que a las rosas naturales la limpian con mucha ternura y delicadeza; mientras que a ella fue con codicia y rapidez… ella se sintió desnuda y maltratada.

El rey a su vez se preparaba para recibir a todos los reinos vecinos que fueron invitados para que viesen el jardín de su gran palaci. Al llegar los invitados el rey presuntuoso los lleva al jardín ellos maravillados dicen: guao que belleza ¿Cómo lograste hacer algo así?; el rey alzó la mirada les dice soy un creador con mucha creatividad.

Los invitados, olfateaban a las rosas, las tocaban y las admiraban… y preguntan ¿por qué una rosa de oro en medio del jardín? … el rey les responde con mucha seguridad… bueno la belleza natural no existe sin lo artificial… los invitados quedaron extrañado y crédulo con lo que dijo el rey; pero como lo respetaban por ser el más rico no lo cuestionaron…a pesar de ello la rosa de oro no les ocasionaban asombro por que ellos estaban acostumbrado a ver el oro y su brillo.

Felicitaron al rey por haber hecho un jardín tan bello. Al caer el ocaso los invitados se marchan a sus aposentos, el rey se va a su alcoba, cae la noche en el jardín y con ella la magia.

Unas de las rosas naturales rompen el hielo

– Hola soy la rosa de color blanco y represento la pureza.

La rosa de oro la ve humildemente…y la rosa blanca pregunta orgullosamente

– ¿Por qué nos miras tanto?…

La rosa de oro tímida le responde:

– Ustedes son muy bellas y su aroma lleva a una al éxtasis del amor.

La rosa blanca la ve respondiendo:

-Si ya lo sabemos… ¿Pero de que te quejas tú? Si eres la más ¡bella de todas nosotras!…

La rosa de oro con voz suave dice:

-No, si no me quejo, se que uno debe ser conforme como el creador nos hizo…

La rosa blanca con desdén se dirige a la rosita de oro:

-Pero creo que nuestro creador se dedicó hacerte mejor a ti y más fuerte

La rosa de oro le aclara con certeza:

-No amiga tu creador no fue el mío…. en ese momento la rosa amarilla se presenta a la rosa de oro…

-Hola soy la rosa amarilla y represento la virtud ¿Y tú qué tipo de rosas eres y que representas?…

La rosa de oro avergonzada responde con franqueza:

-Yo soy una rosa de metal y represento la riqueza, la codicia, y la frialdad.

La rosa blanca y las demás rosas murmuran…una rosa de metal de un color único y un brillo muy hermoso ¿Por qué representa esos sentimientos tan feos?…

La rosa de oro baja la mirada tristemente les dice:

-Si soy un metal y represento esos sentimientos pero no soy como me hicieron…

La rosas naturales se burlan de la pobre rosa de oro y le preguntan…

– ¿Por qué dices que tu creador no es el nuestro? ¡Si todo lo que existe en este lugar fue hecho por el mismo!

La rosa de oro les responde con una pregunta

-¿Sintieron fuego que arde en ustedes? ¿Sintieron el hierro golpearlas para darles formas? ¿Sintieron unas manos ásperas acariciarlas para ver que tan bien quedaron? : yo sentí el fuego que ardía en mí, sentí los golpes del hierro en mí y sentí unas manos ásperas que me acariciaba para ver que tan suave había quedado…

La rosa de oro hizo un minuto de silencio y con sentimientos muy profundo les dijo:

-Su creador es de alma pura al crearlas, las creo delicadamente y a cada de ustedes les entrego su amor, sabiduría, ternura, paciencia, amistad, alegría, cariño, perdón, pureza y virtud…para que al mirarlas todo ser vivo lo conozcan y se regocijen en el…

La rosas naturales sonríe de manera burlona la ven con desprecio:

-Eres muy tonta tú crees que es muy lindo sentir que ¿alguien respire sobre ti? ¿Crees que es bueno ser acariciada para que te dañen tus hermosos pétalos?… ¿Crees tú que es muy bueno ver que una abeja se pose sobre ti?

La rosa de oro extrañada con las palabras de las rosas naturales… suspira y dice:

-No entiendo. Vean alrededor todo, fue hecho para dar y recibir… y todo bajo este cielo tiene su significado.

La rosa amarilla con antagonismo pregunta ¿Te crees muy sabia?

La rosa de oro responde: ¡no!, somos inconformé con nuestro creador… tú te quejas de tu creador; y yo del mío…

Se hizo un silencio y la rosa de oro se queda con sus pensamientos… alza una voz al cielo diciendo:

-¿Es verdad que existe un creador diferente al mío?, ¿Es verdad que le da poder a todos los astros del universo? Yo no he tenido el privilegio de conocerle y sentirle… pero si existe por favor os ruego que me perfecciones conforme tus creaciones… oh, oh, oh ¡luna tú que eres solitaria y que te han entregado poderes concede de mi un deseo!, ¡¡¡oh, oh estrellas del universo ustedes que arropan a la tierra y la llenan de luz concedan de mi un deseo…¡

La rosa blanca al escuchar pregunta: si te permiten pedir un deseo ¿Qué pedirás?…

La rosa de oro se queda callada por un momento y responde? Bueno no pido ser más bella, solo pido sentir la brisa, sentir el aliento de aquel que se acerque, inspirar sentimientos bonitos, y esperar las abejas en mi lecho… ¿y tú que pedirías? La rosa blanca responde con rapidez: quiero cambiar mis pétalos por los tuyos, y brillar como tú…que cuando el sol me alumbre dejar destellos en todo el jardín.

La rosa de oro pregunta… ¿por que pedís algo así? No sabes que la brisa cuando me roza llena de frio todo mis pétalos y tiemplo como si me fuese a morir…

La rosa blanca: no importa el frio no me hará daño no caerá más un pétalo de mi…y no tendré más esas espinas odiosas…- la rosa amarilla le dice: amiga no pidas nada de lo que puedas arrepentirte más adelante… y todas las rosa tuvieron miedo y le reprocharon a la rosa blanca: estáis loca en este jardín ocurre cosas mágicas y puede transformar tu deseo en realidad.

En eso cayó un silencio profundo en el jardín la brisa toco cada rosa y acaricio con calidez a la rosa de oro…Esa noche la luna y las estrellas escucharon las conversaciones de ambas rosas y vieron el corazón de la rosa de oro… tuvieron una reunión con los astro del universo y tomaron la decisión de concederle el deseo a la rosa de oro.

La luna durmió al jardín e hiso a la rosa de oro una rosa de esplendorosa belleza y la vistió de color rojo y bendiciendo a la rosa dijo: representaras el amor y la pasión le susurro, ama a quien no te ame y valora al que te ame… luego la luna se dirige a la rosa blanca y le susurra no fuiste creada con fuego, ni maltratada con golpes y no poso sobre ti manos ásperas que acariciara tus suaves pétalos… fuisteis transformada esta noche en lo que queréis.

Al día siguiente la rosa de oro era una espectacular rosa de color rojo, el color único del jardín, a la mañana siguiente el rey se asoma por el balcón de su alcoba al ver, notó que su rosa de oro ya no estaba, pero maravillado de la rosa roja y admirándola le inspiró un sentimiento que jamás el rey había sentido “ el amor” ..

.Un sentimiento que nunca en su palacio nadie sintió… fue tanto su sentimiento , que la llamó “amor”…el rey bajo hasta donde estaba la rosa y dice… ¡oh, oh, oh quien te ha transformado¡ ¿ el mejor creador de todas las cosas hermosas? yo no os podéis hacer algo así… y lo que he creado solo ya existe….sólo tu creador del universo eres único y me engrandezco en ti porque eres mi creador…

En la noche había algarabía en el palacio el rey invito a todo el pueblo de su reino y a los reinos vecino; para que viesen a la única rosa roja que había en todo el reino hubo gente muy humildes… y la realeza sorprendidos les preguntan al rey:

-¿Mi señor porque en esta noche están estas personas en tu palacio? ¿Es tan así tu presuntuosidad que queréis impresionar hasta estos pobres ignorantes?

El rey muy cambiado e humildemente dice:

-No no es presuntuosidad es amor… porque lo que veréis esta noche debo mostrárselos a todos por igual; ya que ha ocurrido un milagro en mi palacio… he conocido un sentimiento que jamás sentí y hoy quiero demostrarlos a todos, que hasta el metal más frio, fuerte puede ser transformado en una simple rosa que mueve e inspira sentimientos escondidos. Los invitados no habían visto a la rosa roja por eso ellos quedaron sin entender… el rey los llamó a todos a pobres y a ricos…y le mostró la rosa roja…

Ellos al ver tal belleza fue tanta que ningunos notaron que estaban unidos y hablaban plebeyos con ricos y no se dieron cuenta que reían, se abrazaban en ese momento no eran plebeyos ni realezas.,, el rey contento dijo: desde hoy en el reino el que lastime al vecino(a), al amigo(a), al esposo(a) u o niño (a) por cada ofensa le regalara una rosa… a los invitados les pareció una excelente idea.

Cuando cae la noche los invitados se marchan el rey quedó un rato mas observando su jardín y sobre el invistió la magia y escuchaba voces, en ningún momento se asusto solo estaba admirado por lo que sucedía en ese lugar.

La rosa roja observa al rey y le pregunta…¿Eres voz el señor q ha creado esté lugar?… el rey con asombro y un poco inseguro de lo que sus ojos estaban viendo responde… yo sólo soy uno que igual fue creado por alguien mucho más que yo y hoy he comprendido que somos una semilla en este mundo…

La rosa de color rojo extrañada de las palabras del más grande rey le pregunta¿ y qué clase de semilla es usted?… el rey responde soy una semilla común igual a todos, lo que me hace diferente son mis frutos… la rosa roja ah quiere decir que soy una rosa común igual a todas y lo que me hace diferente son mis sentimientos… si los sentimientos son los que te hacen ver diferente y es uno mismo el que cambia las cosas dijo el rey… el rey se centra en el jardín y se pregunta en donde está la rosa de oro que mande a plantar?

Se escucha un susurro que dice estoy aquí avergonzada de lo que hice… ¿Y qué hiciste? Me apenaba ser una simple rosa que el viento maltaba con su fuerza, me molestaba sentir las manos sobre mis pétalos y que de mi saliera aroma y posaran su aliento en mi ¡oh, oh, oh ahora extraños todas esa lindas cosas ¡…

-¿Cómo hago mi rey para volver a estar viva y dejar de sentir el triste metal que codicia el humano?

-Somos dueños de lo que decidimos; y tu ambición te ha llevado a avergonzarte de ti misma e incluso de tu creador.

La rosa que convirtieron en oro le pregunta al rey:

-¿Qué es el amor?, ¿ Un sentimiento?, ¿ Un abrazo?,¿ Un dolor?, ¿ Amargura?, ¿ Un beso?, ¿ Una caricia?, ¿ Una mirada? ¿Quién es capaz de amar sin pensar en sí mismo? El verdadero amor jamás nadie lo ha sentido.

El rey: el amor es dar; sin recibir nada a cambio. Porque es la seguridad en un castillo de arena. Porque la verdad y sinceridad se hace parte de tu vida. Porque se desprenden de tus ideales para ayudar alcanzar otras. Porque es dar la vida por salvar a otros. Lo más triste es que nos hemos olvidado de El amor y lo que sentimos es egoísta, mentiroso, inseguro, inestable, amargo e irresponsable…

Nos dedicamos a planificar, cuando el amor no planifica, solo vive, se oxigena, sueña y edifica corazones. No le importa ser dolido, defraudado, traicionado por que, por que el amor es sufrido, pisado.

Aun así sigue amando tendiendo la mano y regalando sonrisa. El mundo es extraño, incompresible, envidioso… el mundo eres tú y yo; que nos permitimos que las muchas aguas ahoguen el amor verdadero luchemos por mejorar; cada risa que regales es una esperanza, cada caricia es un sueño, cada mirada es un perdón, cada abrazo es la seguridad de construir un mundo mejor… dijo la rosa:

-Oh, oh, oh, ¿Rey cómo hago?

– No importa cómo eres por fuera lo que importa es lo que eres desde adentro solo se tu; valora…somos dueño de nuestro destino elige el mejor como yo lo hice por mi…

La rosita de oro satisfecha y conforme mira al cielo y acepta su decisión… el rey la acaricia con ternura esa noche hubo algarabía, alegría y el palacio se convirtió en el símbolo más bello que pueda sentir… “el amor”… Y todos iban al palacio a mirar las rosas… desde entonces lo llamaban “el jardín de las rosas…”

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Mi Historia

Enviado por g_astorga  

PRÓLOGO
A lo largo de mi vida, la mayor parte de ella lo que más he recibido ha sido odio, maldad y arrogancia, muy pocas veces he recibido ese cariño que tanto queremos desde pequeños. Soy una persona que, a base de dolor, ha aprendido a mirar a las personas a través de los ojos, sin dejarse llevar por su aspecto y apariencias; y sinceramente me he llevado demasiadas decepciones, esta forma de ver a las personas te hace tener en cuenta todo lo bueno de ellas, pero también lo malo. Por eso mismo soy tan frio y cerrado en ocasiones, yo siempre he sido una persona muy cariñosa pero esa parte de mi está dormida y congelada en mi interior, muchas veces intento volver a despertar esa parte de mí, pero de nada sirve si falta esa llama que derrita el hielo.

Mi Historia
Hubo un tiempo, en mi infancia, en que buscaba el cariño de la gente como el que busca migajas de pan en el suelo para sobrevivir, estaba desesperado; no sabía qué hacer con todo ese sentimiento de soledad, de maltrato y de desprecio que sentía, con el tiempo aprendí que el único que podía hacerme feliz era yo mismo, a pesar de todo lo malo que me rodeaba sabía que tenía ese brillo y esa energía para salir de esa situación; al final lo conseguí, pero sabía que faltaban partes de mí, me volví frio y solitario, empecé a coger el gusto a estar solo, habiendo estado media vida de esa manera a pesar de no haberlo querido; también aprendí a ser fuerte y luchar por lo que uno quiere, por reflejar esas ganas de vivir y ser libre, cosa que nunca había podido sentir, quien se imagina a un niño que no es libre, que no puede jugar con sus amigos; que en vez de ello se pasa los días en su habitación por miedo a que le hicieran más daño. Esta falta de cariño ha hecho que me conozca a mí mismo desde pequeño, es algo a lo que todos tenemos miedo ya que, cuando lo hacemos, se traspasa esa línea entre infancia y adolescencia; para mí esa línea se quedó atrás con tan solo 8 años. Lo único que me hacía sentir más vivo era mi hermano, mi tía, un MP2 del cual no me despegaba, una bici y mis únicos dos amigos, Curro y Franco, del cual hace años que no se nada. Para entonces fue cuando empecé a descubrirme; con mi tía siempre iba a la playa, donde me dejaba su pequeña cámara de fotos y hacíamos fotos hasta que se iba la luz del sol; el sol... Cuanta vida me daba, poco a poco me fue gustando más ver esos atardeceres dorados y rosados desde la playa, sabía que llevaba algo en mi interior que me dejaba atontado mirando el sol hasta que me picaban y lloraban los ojos. En cuanto a ese MP2 que tenía, aún no existía el MP3, solo tenía capacidad para 20 canciones, las cuales escuchaba en bucle constantemente, algunas hacían que se me erizase la piel y me pusiese a llorar como cual niño feliz, como si en ese momento pudiese sentir paz y tranquilidad, otras hacían que me diesen ganas de salir de casa sin importar lo que había ahí fuera, pero también habían otras que me hacían recordar esa soledad y esa falta de cariño, lloraba y le pegaba a la almohada sin saber motivo alguno de por qué tenía que estar así. Gracias a la música, la cual escucho día a día, aprendí a sacar mis propias reflexiones y pensar sobre el sentido de las cosas; me tumbaba en la cama y ponía todo en bucle, cerraba los ojos y al rato de empezar a escuchar, empezaba a nadar en un mar lleno de preguntas, de las cuales a algunas les encontraba respuestas y a otras muchas no; era feliz preguntándome todo aquello, me hacía abrir los ojos y pensar todo con mucha más templanza. Cuando no estaba en casa me dedicaba a coger la bici por mi plaza y a pasar tiempo con mis dos únicos amigos de verdad, aquellos que siempre estuvieron, más tarde hablaré de ellos. Cuando estaba con la bici sentía esa velocidad y esa fuerza emocional de pedalear, me relajaba bastante, era similar a cuando escuchaba música, me hacía pensar. Cuantas veces me caería saltando ese bordillo de en frente de mi portal... Y cuantas veces me volví a levantar para aprender a hacerlo, era especial para mí.
Cuando pasaba tiempo con Curro y Franco, nos dedicábamos a jugar al futbol en la plaza, o más bien a empeñar los balones siempre en el primer piso de cada bloque, pero bueno nunca vine a hablar de mis cualidades como futbolista... El grupo entre Curro y Franco era distinto, a veces estábamos los tres juntos pero la mayoría de las veces cada uno de ellos tenía su grupo de amigos, El grupo de amigos de Curro no me gustaba nada, él estaba en el mismo colegio que yo, ese era mi infierno, allí empezó todo. Los amigos de Curro estaban en ese mismo colegio, algunos eran gente con la que no tenía relación alguna, otros eran gente que no me hacía nada, pero la gran mayoría me humillaban y me trataban como cual perro abandonado; Curro era el único que me quería y me respetaba.
Cuando estaba con Franco siempre estábamos con los niños de la plaza, él era mi vecino; sinceramente, con ellos me lo pasaba mejor ya que no me trataban mal, había gente de todas las edades; lo que más me gustaba era cuando jugábamos al poli-ladrón, tenía un sitio secreto en el cual nunca me pillaban, era genial, hacía un poco de trampas a veces, pero eso nadie lo sabe.

Ese era mi pequeño mundo, viéndolo de esa manera todo parecía más bonito y pacífico, cada vez que salía del colegio salía sin ganas de vivir, desmotivado y sin fuerzas; pero haciendo todo aquello me volvía el niño más feliz del mundo. A veces me venía abajo y todo aquello se desmoronaba, había días en que me temblaban las piernas y me encontraba mal porque no quería ir al colegio, otro simplemente hacía como que lo estaba para poder evitar todo aquello, tenía miedo, la verdad. Nunca fui un buen estudiante, pero siempre he querido saberlo todo y aprender de cada cosa que viese, cuando descubrí internet fue mi gran fuente de conocimientos, cada cosa que veía quería saber cómo funcionaba o que hacía: la nevera, la bici, el ordenador, la televisión, la cual era de rayos catódicos aún; quería saberlo todo... Y me encantaba.

Conforme iban pasando los años me hacía más mayor, en mi situación nada había cambiado excepto yo; para entonces tenía entre 10 y 13 años. Aprendí a acostumbrarme a la soledad, el colegio ya no se me hacía tan duro, aprendí a no escuchar lo que me decían y poco a poco, combatir a mis agresores, aunque todo me viniese demasiado grande y me metiesen una paliza, mis padres nunca han sabido nada de mi situación, se intuían que me trataban mal, pero no hasta qué punto, nunca he llegado a decirle todo esto a nadie, ni mi mejor amigo, ni mis padres, ni nadie... Ni siquiera mi perro al cual le contaba todas mis tonterías como si me fuese a entender. Es algo que siempre ha sido mío.
Para esa edad fui desarrollando mis cualidades, me encantaba coger la bici, montaba en ella casi todos los días. Por fin obtuve mi primer MP3, el cual le quité a mi hermano; no paraba de escuchar música, cada día descubría nuevas canciones en el ordenador y las iba guardando en el MP3, Siempre se me dio muy bien la informática, era algo que me gustaba mucho también; en cuanto a la música, escucha a de todo y siempre lo he hecho, para entonces no existía el reggaetón de ahora el cual en muchas ocasiones es machista y despreciable, por lo tanto, para quien me conozca hoy día, escuchaba mucho reggaetón, cosa que ahora no puedo ni soportarlo.

Para esa fecha fue cuando más solo estuve, pero más feliz que antes, a pesar de que me diesen bajones como un castillo. Franco se fue a vivir a Argentina, por lo cual solo salía con Curro, nos encantaba tomar helados hasta reventar y dolernos la barriga, íbamos a jugar al futbol, en resumen, nos lo pasábamos muy bien. Pero no siempre estaba con él, el resto del tiempo lo pasaba solo; al principio no sabía qué hacer, ya que Franco se había ido; fui adquiriendo hábitos como la lectura, me encantaba ese libro el cual se llamaba "He jugado con lobos”, me ponía a aullar como uno de ellos. Muchas veces soñaba con perderme en la naturaleza, con llegar a un sitio lleno de árboles y plantas y no saber volver, tener que buscarme mi propia salida; con acariciar, cuidar o salvar a cualquier animal que viese, todo eso me encantaba, pero solo soñaba con ello... Por ahora.
Cada vez montaba mejor en bici, ya no me cansaba al darme los paseos que me daba, sentía la necesidad de irme cada vez más lejos pero aún era demasiado pequeño para hacerlo, eso no quita que en ocasiones me escapase y lo hiciese, me encantaba.
Ya me iba yo solo a ver el atardecer, era mi momento de paz, cuando estaba mal era lo que más me despejaba, aunque mis padres se creían que estaba con Curro ya que no me dejaban irme solo a ningún lado.

Un par de años más tarde, con 13-14 años fue cuando llegué a dar un gran paso para conocerme, esos grandes pilares de hábitos: la bicicleta, la música, el sol… supe unir todo aquello y formar mi propio castillo, a parte descubrí varios grandes hábitos, de los cuales hoy día, uno de ellos es mi gran sueño.
Empecé a escribir mis primeras canciones, bueno más bien palabras bonitas sin rima alguna. Obtuve mi primer móvil, con el cual lo único que quería de él era la cámara, me daban igual las redes sociales, conocí gente nueva, fui haciendo amistades, mis primeros amigos, de los cuales solo unos pocos siguen en mi vida, aprendí a ver las intenciones de cada persona, pero en especial el valor de sus palabras a través de la mirada y sus actos, este niño tuvo que aprender a desconfiar de los demás para que no le volviesen a utilizar, años atrás daba todo su amor y de nada le servía.
Entre esa edad y los 16 años, pasaron muchas cosas. Lo más importante de esa edad fue que aprendí a juntar poco a poco mis hábitos, me encantaba salir a correr con la música y al atardecer, pararme a hacer fotos con ese móvil que tenía, aunque tenía una cámara de 2Mpx para mí era mágico; no tengo palabras para describirlo, pero poder guardar ese momento del día que tanto me gustaba me parecía impresionante. Más adelante hacía lo mismo, pero con la bicicleta, me iba a donde nadie me pudiese encontrar, tenía mi sitio secreto, donde podía estar pensando todo el tiempo que quisiese sobre mis cosas. Ese sitio estaba y está rodeado de naturaleza, estaba escondido entre la desembocadura de un rio, era un mirador en una playa desierta, en el lado que no estaba la playa había un sendero, por el cual llegaba, que cruzaba todo el río, estaba rodeado de animales, árboles y plantas; a día de hoy sigo yendo allí.
Para esa edad conocí a una chica que era como mi novia, aunque no podíamos llamarlo así, ni siquiera nos besábamos, éramos los dos muy tímidos e inexpertos, ahora que lo pienso fueron muy graciosos esos momentos.
Para entonces tuve muchos problemas con mi familia, me iba muy mal en los estudios, y sabía que no me entendían, eso hizo que me agobiase más y me fuese cada vez peor; ellos, aunque sean mis padres, son muy distintos a mí, pero son mis padres.
También se juntaron las mentiras y decepciones de personas, los problemas dentro del instituto, a pesar de haberme acostumbrado a ello y luchar poco a poco porque me respetasen, con todos los problemas juntos me vine a bajo, y me hundí, llegué a tocar fondo como cuando era solo un crío, solo que ahí tenía mucha más carga encima. Ahí fue cuando me volví frio, empecé a desconfiar de mucha gente, hice amistades poco recomendables y quise salir de esa situación por la fuerza, me volví rebelde, todo ese dolor que tenía guardado desde pequeño se convirtió en maldad, y era mucho el que llevaba. Me escapaba de casa, otras veces me echaban, llegué a dormir en la playa en ocasiones.
Sabía que ese camino no me llevaría a ningún lugar, poco a poco fui madurando y viendo todo lo malo que debía expulsar de mi vida, o simplemente cambiarlo; esos años fueron una montaña rusa de subidas y bajones.
A los 17 tuve mi primera novia de verdad, era la primera vez en mi vida que sentía amor de verdad por parte de alguien; dejé de ser tímido y por fin pude sacar todo ese amor que llevaba dentro, estábamos enamorados y todo parecía perfecto, pero éramos completamente inexpertos, aunque no lo supiésemos, no sabríamos como llevarlo, hasta que pasó, estábamos demasiado enganchados, y nada acabó bien, fueron un par de meses en los que se me volvió a acumular todo, parece ser que los problemas no saben llamar a la puerta de tu casa y venir solos, fue una etapa muy dura, todos los problemas juntos. Incluido mi primer desamor, aún era un “crio”, era algo nuevo para mí y no sabía cómo llevarlo, volvía a tener miedo.
Pasó más de un año hasta que llegué a entender todo lo que me pasaba y terminé de solucionar mis problemas; me cambié se instituto, así no seguirían tratándome de esa manera, aun así seguía teniendo problemas con algunas personas pero ya no tenía importancia; también aprendí a convivir con mis padres, aunque esa bola de problemas en mi infancia se hizo demasiado grande y costó ocultarla, hoy día pienso si debería haberles contado todo desde un principio, pero no nos entendíamos, también pienso que si no fuese por todo aquello no sería ahora como soy, me quiero a mi mismo así. En cuanto a mi primer desamor, supe como canalizar ese dolor y lo escribí en canciones, las cuales fueron mis primeras con sentido rítmico, pero sobre todo lírico; aprendí a sacar todo ese sentimiento y se me notaba.
Tuve que aprender a desprenderme, quererme a mí mismo antes que a nadie más, a no dejarme llevar por las palabras, si no por actos, dejarme de ilusiones y abrir los ojos, a querer la vida únicamente con lo que salga de mis manos, así no volverían a utilizarme, aprendí a perdonar a mis agresores, a las mentiras de todo aquel que estaba en mi camino, todo eso hizo que aprendiese a valorar aquellas cosas que no vemos; por fin aprendí a perdonar de verdad, sin dejarme llevar por sentimientos, pero claramente aprendí a diferenciar más que nunca y saber en quien confiar.
A pesar de todo lo bueno que aprendí siempre hay algo malo, a causa de todo ese tiempo sin querer contacto con nadie, retrayéndome hacia mi interior; volví a ser tímido, me volví aún más tímido de lo que ya era de pequeño. Dejé de ser cariñoso, hoy día quiero volver a serlo y dejar esa timidez atrás de nuevo, pero siento que falta esa llama para volver a descongelar aquello que se quedó helado en su momento, siempre intento quitarme esta parte de mí, trato de reunir todo mi valor para hacerlo, pero inconscientemente digo y hago todo aquello que no quiero hacer o decir. Me he vuelto una persona difícil, me he pasado más de 3 años sin encontrar a una persona con la que me volviese a sentir cómodo, y ahora que la encuentro, siento que estoy perdiendo esta batalla contra ese yo tímido y asustadizo. Algún día podré volver a sacar esa esencia que tengo en mi interior desde pequeño, quizás todo eso que llevo dentro se haya quedado ahí por miedo, suena cobarde ¿Verdad? Son cosas que no sé cómo controlar, ahora soy feliz, pero desearía con toda mi alma poder volver a sacar esta parte de mí, y no por la felicidad de lo que pueda recibir, para mí la felicidad está en regalar, en ver sonreír a otras personas a causa de tus actos, en poder compartir momentos, sueños y metas con alguien, es cierto que me encanta hacer aquellas cosas que me gustan yo solo, pero me gustaría poder compartir esas experiencias con alguien.
Dejando a un lado esta parte tímida de mí, hoy día me encanta la naturaleza, ya ha dejado de ser un sueño aquello de perderse y no saber cómo volver, hoy día me encanta dejarme llevar, irme a lugares desconocidos y guiarme por mi instinto, al final siempre acabo sabiendo volver, y no solo físicamente, muchas veces me he perdido emocionalmente, como ya has podido comprobar, pero todo aquello ha hecho que pueda encontrarme a mí mismo y saber quién soy y cuáles son mis objetivos.
Aquello que tanto me gustaba de pequeño, el sol, la naturaleza, la fotografía, la música, la bicicleta… se ha convertido en mi día a día y sé que nunca voy a perder esa esencia a pesar de todo lo malo, porque todo esto es aquello que me ha hecho sobrevivir, y por fin, vivir.

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EL SOLITARIO

Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.

No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil—artista aún,—carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al transeunte de posición que podía haber sido su marido.

Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María deseaba una joya—¡y con cuánta pasión deseaba ella!—trabajaba de noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus chispas de brillante.

Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar las tareas del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del engarce. Pero cuando la joya estaba concluída—debía partir, no era para ella,—caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oir sus sollozos, y la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.

—Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti,—decía él al fin, tristemente.

Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en su banco.

Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a consolarla. ¡Consolarla! ¿de qué? Lo cual no obstaba para que Kassim prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.

Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda tranquilidad.

—¡Y eres un hombre, tú!—murmuraba.

Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.

—No eres feliz conmigo, María—expresaba al rato.

—¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz contigo? ¡Ni la última de las mujeres!… ¡Pobre diablo!—concluía con risa nerviosa, yéndose.

Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los labios apretados.

—Sí… ¡no es una diadema sorprendente!… ¿cuando la hiciste?

—Desde el martes—mirábala él con descolorida ternura—dormías de noche…

—¡Oh, podías haberte acostado!… ¡Inmensos, los brillantes!

Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba. Seguía el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, y apenas aderezada la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un ataque de sollozos.

—¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para halagar a su mujer! Y tú… y tú… ni un miserable vestido que ponerme, tengo!

Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede llegar a decir a su marido cosas increíbles.

La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus joyas, Kassim notó la falta de un prendedor—cinco mil pesos en dos solitarios.—Buscó en sus cajones de nuevo.

—¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.

—Sí, lo he visto.

—¿Dónde está?—se volvió extrañado.

—¡Aquí!

Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el prendedor puesto.

—Te queda muy bien—dijo Kassim al rato.—Guardémoslo.

María se rió.

—Oh, no! es mío.

—Broma?…

—Sí, es broma! ¡es broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría ser mío… Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.

Kassim se demudó.

—Haces mal… podrían verte. Perderían toda confianza en mí.

—¡Oh!—cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la puerta.

Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó y la guardó en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba sentada en la cama.

—¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Qué soy una ladrona!

—No mires así… Has sido imprudente, nada más.

—¡Ah! ¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide un poco de halago, y quiere… me llamas ladrona a mí! ¡Infame!

Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió.

Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante más admirable que hubiera pasado por sus manos.

—Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual.

Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre el solitario.

—Una agua admirable…—prosiguió él—costará nueve o diez mil pesos.

—Un anillo!—murmuró María al fin.

—No, es de hombre… Un alfiler.

A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer. Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante ante el espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.

—Si quieres hacerlo después…—se atrevió Kassim.—Es un trabajo urgente.

Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón.

—María, te pueden ver!

—Toma! ¡ahí está tu piedra!

El solitario, violentamente arrancado, rodó por el piso.

Kassim, lívido, lo recogió examinándolo, y alzó luego desde el suelo la mirada a su mujer.

—Y bueno, ¿por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra?

—No—repuso Kassim. Y reanudó en seguida su tarea, aunque las manos le temblaban hasta dar lástima.

Pero tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en plena crisis de nervios. El pelo se había soltado y los ojos le salían de las órbitas.

—¡Dame el brillante!—clamó.—¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí! ¡Dámelo!

—María…—tartamudeó Kassim, tratando de desasirse.

—¡Ah!—rugió su mujer enloquecida.—¡Tú eres el ladrón, miserable! ¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! Y creías que no me iba a desquitar… cornudo! ¡Ajá! Mírame… no se te había ocurrido nunca, ¿eh? ¡Ah!—y se llevó las dos manos a la garganta ahogada. Pero cuando Kassim se iba, saltó de la cama y cayó, alcanzando a cogerlo de un botín.

—¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío, Kassim miserable!

Kassim la ayudó a levantarse, lívido.

—Estás enferma, María. Después hablaremos… acuéstate.

—¡Mi brillante!

—Bueno, veremos si es posible… acuéstate.

—Dámelo!

La bola montó de nuevo a la garganta.

Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una seguridad matemática, faltaban pocas horas ya.

María se levantó para comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.

—Es mentira, Kassim—le dijo.

—¡Oh!—repuso Kassim sonriendo—no es nada.

—¡Te juro que es mentira!—insistió ella.

Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe cariño la mano.

—¡Loca! Te digo que no me acuerdo de nada.

Y se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre las manos, lo siguió con la vista.

—Y no me dice más que eso…—murmuró. Y con una honda náusea por aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fué a su cuarto.

No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vió luz en el taller; su marido continuaba trabajando. Una hora después, éste oyó un alarido.

—¡Dámelo!

—Sí, es para ti; falta poco, María—repuso presuroso, levantándose. Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo. A las dos de la mañana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillante resplandecía, firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fué al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la blancura helada de su camisón y de la sábana.

Fué al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el camisón desprendido.

Su mujer no lo sintió.

No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dura inmovilidad, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno desnudo, hundió, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler entero en el corazón de su mujer.

Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de párpados. Los dedos se arqueron, y nada más.

La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el solitario quedó por fin perfectamente inmóvil, pudo entonces retirarse, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido.

Autor del

cuento

: Horacio Quiroga

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Caminante

Enviado por gabl  

(Fragmento Capítulo 1)

1

Pies Descalzos.

Mis pies empiezan a entumecer sin encontrar tregua al sufrimiento y castigo por lo que han andado descalzos a lo largo de áridos senderos y caminos rocosos. Espinados, sangrantes, hinchados por la falta de calzado. Cada paso me transmite una descarga eléctrica que recorre mi cuerpo e invade órganos, músculos y huesos.
Ando vagando sin saber dónde voy, errante, sin rumbo fijo semejando a Don Quijote de La Mancha. Descubro a lo lejos una veintena, o más, de morichales que creí eran gigantes agitando sus brazos al aire. Perdida la cordura momentáneamente quise emprender camino a su encuentro para librar batalla.
Retorno a la lucidez, recordando a Sancho, al responderle a su amo que no eran tales gigantes sino molinos de viento… y hacerlo volver a la realidad.
Cae la tarde y el sol ha hecho estragos en mí. Tengo sed, los labios resecos y las comisuras rotas. La falta de líquido es notoria. Busco refugio para pasar la noche, cubro el suelo con ramas, hojas secas, improvisando un lecho y como techo me protegerán las ramas bajas de un pequeño árbol a las cuales les entrecruzo otras para hacerlas más tupidas.
Con inexperiencia manifiesta enciendo una pequeña hoguera para mitigar el frío que comienza a castigarme y los insectos nocturnos que como nubes atacan mi rostro, brazos, manos, y toda la piel expuesta a la intemperie. Recostado observo como la oscuridad se va adueñando de la noche y en el cielo las estrellas fulguran.
Fijo la vista en el firmamento marcado por puntos brillantes grandes y pequeños. La recorro oteando hasta donde mis ojos me lo permiten y trato de adivinar; ¿la Osa mayor, la Osa menor o la Constelación de Orión?

Busco en mi mochila la botija notando que queda poca agua, hurgando un poco más un mendrugo de pan sorprende mis dedos. No recuerdo si es el sobrante de un trozo mayor o la dádiva recibida al confundirme con algún mendigo en alguna población o ranchería por las que sin dudas transité.
Digo esto por mis vestimentas, sucias rasgadas, sin calzado, con una barba de días, y por el olor que despide mi cuerpo por la falta de aseo. Mastico el pan con voracidad y libo el vital líquido que queda en el recipiente.

Me despierta el alba.
Aún desconcertado, examino mis heridas, en algunas partes poco profundas, algunas tienen costras.

Rasgo mis pantalones y cubro los pies a manera de venda. Mientras el sol se va asomando por el este, me apresuro a iniciar la caminata, antes de que alcance el cenit, y haga que la marcha hacia un sitio poblado sea pesada.
Apenas he caminado casi una hora. El calor hace estragos en mi débil humanidad, sudo copiosamente, la camisa empapada se pega a mi espalda.
Vislumbro un riachuelo. No puedo mitigar el dolor en mis pies, nuevamente sangran. Entro al agua tibia, me siento sobre una piedra que emerge de las aguas, lavo mi cara, mis brazos y termino sumergido, rotando en el lecho del riachuelo hasta que la fatiga y el maltrato con las piedras de varios tamaños que cubren como alfombra el fondo de las aguas me obliga a abandonar el oportuno y necesario baño.
Ya refrescado, mitigado la sed, reacciono ante el panorama. Un nombre viene a mi mente, Eduardo Sánchez.
¿Seré yo?
¿Qué carajo hago aquí?
¿Cómo llegué a este lugar?
Los recuerdos fluyen y la conciencia se apresura a traerme imágenes confusas que poco a poco o, en días se aclaren y revelen total o a parcialmente las incidencias y desventuras vividas guardadas en el laberinto de mi atormentado cerebro. Relaciono vías férreas, caminos de tierra amarillenta.
Transcurren las horas. Se aclara mi conciencia y se aviva en mí el recuerdo de la travesía o vagar entre el monte, caminos estrechos y pérdidas momentáneas del espacio tiempo. No sé qué día es, no sé cuánto he caminado. Empiezo a armar el rompe cabezas de la aventura que estoy viviendo.
La claridad de los recuerdos me ilumina. Soy Ingeniero de materiales, trabajo en Zaraza en una empresa metalúrgica y resido en la calle El Roble. Cierro los ojos trayendo a mi mente imágenes y episodios pasados.
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Evocación.-

Era viernes, en la tarde cuando cesaron las labores cotidianas. Acepto la invitación de tres compañeros de trabajo y decidimos tomar unas cervezas. Iniciamos la travesía hacia el sector La Florida, donde están las compuertas del Río Unare, que en esta época del año sirve como balneario.
Allí disfrutamos de las bondades de las aguas cristalinas y templadas. Agrupados en círculo, conversamos de diversos tópicos. Conocimos a varias personas con las cuales intercambiamos saludos y algún trago. Llegada la hora del regreso, me apresuro en vestirme. Pero el repentino mareo hace que mis acciones se tornen lentas y vocifero incoherencias, palabras entrecortadas e incomprensibles.
Mis compañeros me obligan a entrar en la camioneta de doble cabina. Me recuesto apoyándome al panel de la puerta, cierro los ojos, y siento que mi cabeza gira sin control. La brisa del camino me calma y quedo a merced del vaivén que produce el andar del vehículo sobre terreno irregular.
Despierto sediento, la boca seca, y el sol quemando la piel expuesta. Estoy tirado a orillas de un estrecho sendero rodeado de baja vegetación. Me incorporo con dificultad, sacudiendo de mi ropa la gran cantidad de hormigas que devoran la carne, en pequeñas porciones, como invitadas a un día de camping.
Doy unos pasos y me lastimo los pies con espinas y pequeñas piedras, escucho ruidos confusos en las copas de los árboles, son pájaros que revolotean buscando donde dormir.
Me alerto ante el atardecer. Ligeramente examino mi pantalón, mi camisa, no tengo cartera, nada que me identifique. Corro desesperado hacia la nada. No sé dónde ir, no sé dónde estoy, ¿qué pasó?
¿Por qué me abandonaron en el monte?
Busco respuestas, que nadie me dará.
En medio del pánico que se apoderó de mí, freno la alocada carrera.
¡Reflexiono ante la situación!
Página 3

Observo la vegetación, está compuesta por gramíneas, combinada con arbustos y árboles que cubren la mayor parte de la zona. Por la conformación, me encuentro en una selva de galería, abundan las caobas, algunos moriches, cují negro y chaparro. Fijo la mirada en una caoba joven de unos tres metros de alto.
Ayudándome con un palo a manera de cayado logro tumbar algunas ramas, y con una afilada piedra abro pequeños surcos en el tronco del árbol a manera de tramos que me ayuden a subir hacia la rama más cercana, a menos de un metro ochenta de altura.
Mis manos se apresuran a trabajar afanosamente. Adapto a la punta del cayado un garabato que hice con madera dura asegurándolo con bejucos flexibles para engancharlo y halar la rama más cercana, coloco el gancho en la rama y logro hacer torsión trayéndola hacia mí.
Temerosamente logro trepar y el reclamo de la rama no se hizo esperar. El crujir hace que me aferre con fuerza y tome impulso para sentarme balanceándome hasta equilibrar mi posición.
Dormitaba por minutos, el miedo a caerme no me deja conciliar el sueño. Los ojos se cierran involuntariamente y lucho por mantenerlos abiertos. Intento enganchar el cayado en la rama superior, la idea es amarrarme con la correa y ganar un poco de estabilidad. Fallo. Queda corta. Me deslizo hacia atrás lo que me produce rasguños en mis muslos, nalgas y manos. Logro adosar mi espalda al tallo del árbol.
Esta acción me da confianza, ya que giro y quedo frente al tronco del árbol y con ambas manos logro pasar de un extremo a otro la correa amarrada a la camisa y así atarme a las presillas delanteras de los pantalones. Pude dormir no sé cuánto tiempo, el dolor en mis nalgas y caderas cada vez se intensifica.
Me desperté asustado. El ruido provenía del follaje de árboles cercanos que causaron en mi un ligero temblor al tiempo que el corazón acelerado exigía más espacio en su cavidad torácica.
Apenas la luz de la mañana empieza a filtrarse entre el follaje, estiro mis dedos, suelto mi amarre, flexiono las piernas, lo que ocasiona que el movimiento casi me lanzara al vacío. Engancho el cayado, lo utilizo para deslizarme a tierra, salté a 60
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centímetros del suelo lo que me produce una leve torcedura en el pie derecho.
-Eduardo permanece acurrucado, en forma fetal, sobre la tierra por más de una hora, tiempo que pasa lento en su entorno y que no aprecia. Está desorientado y la mente jugándole una mala pasada ya que los recuerdos son vagos e incomprensibles.
-Aliviados sus pies, decide incorporarse, da unos pasos con dificultad, y se sitúa dando la cara al sol, extiende los brazos e imaginariamente traza los puntos cardinales, se abre paso a través de la baja espesura del monte en busca del norte. Ya ha caminado más de cinco horas cuando la vegetación se torna escasa y más baja.
-A ciencia cierta él no sabe que le queda al norte, al sur o en el punto cardinal que escoja ya que desconoce en qué lugar se encuentra, en qué población, estado o municipio.
-De pronto ante él se cruza transversalmente un camino de tierra, se detiene en búsqueda de algún indicio o pista, camina con la vista fija en el suelo amarillento buscando algo que lo guíe, al salir de una curva queda pasmado. Aparece en el horizonte un valle y puede apreciar un lejano camino.
-Calcula que está como a dos días de camino en línea recta abriéndose paso entre la poca espesura y lo escarpado del terreno.
-Le preocupa la gran pendiente intransitable, áspera y peligrosa.
-Su estado emocional se estabiliza, comienza el descenso hacia lo desconocido...
Continúará

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VIAJE A LA SEMILLA

I

— ¿Qué quieres, viejo?...

Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no
respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta
un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas,
cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los
picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de
madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas
que iban desdentando las murallas aparecían —despojados de su secreto—
cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y
papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de
serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y
el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el
traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en
horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa
y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de
cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado,
con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y
bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los
rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de
hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas.

Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se desploblaron. Sólo quedaron
escaleras de mano, preparando el salto del día siguiente. El aire se hizo más
fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían
alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo
llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya caída
balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La
Ceres apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones dormirían sin
persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros.

Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las
hojas de acanto descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró sus
tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un aire de familia. Cuando cayó la
noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía
aún, en lo alto, con tablas de sombras suspendidas de sus bisagras
desorientadas.


II

Entonces el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños,
volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.
Los cuadrados de mármol, blancos y negros volaron a los pisos, vistiendo la
tierra. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las
murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras los
tornillos de las charnelas volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida rotación.
En los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas
juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en
lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente a sus
proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo
más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas.

El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y comenzó a
abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando encendió los velones,
un estremecimiento amarillo corrió por el óleo de los retratos de familia, y
gentes vestidas de negro murmuraron en todas las galerías, al compás de
cucharas movidas en jícaras de chocolate.

Don Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el pecho
acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con largas barbas de cera
derretida


III

Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su
tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre. Las mechas blanquearon,
arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y los carruajes partieron en
la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los ojos.

Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los
pomos de medicina, las borlas de damasco, el escapulario de la cabecera, los
daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de sus nieblas. Cuando el médico
movió la cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió mejor.
Durmió algunas horas y despertó bajo la mirada negra y cejuda del Padre
Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se hizo
reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho tenía, en el fondo,
aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se encontró, de
pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un peso en las sienes, se
levantó con sorprendente celeridad. La mujer desnuda que se desperezaba
sobre el brocado del lecho buscó enaguas y corpiños, llevándose, poco
después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en el coche
cerrado, cubriendo tachuelas del asiento, había un sobre con monedas de oro.

Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la luna de la
consola se vio congestionado. Bajó al despacho donde lo esperaban hombres
de justicia, abogados y escribientes, para disponer la venta pública de la casa.
Todo había sido inútil. Sus pertenencias se irían a manos del mejor postor, al
compás de martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en
los misterios de la letra escrita, en esas hebras negras que se enlazan y
desenlazan sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando y
desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios, declaraciones,
apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y piedras; maraña de hilos, sacada del
tintero, en que se enredaban las piernas del hombre, vedándole caminos
desestimados por la Ley; cordón al cuello, que apretaban su sordina al percibir
el sonido temible de las palabras en libertad. Su firma lo había traicionado,
yendo a complicarse en nudo y enredos de legajos. Atado por ella, el hombre
de carne se hacía hombre de papel.

Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar la seis de la tarde.


IV

Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos por un remordimiento cada vez
mayor. Al principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento se le hacía casi
razonable. Pero, poco a poco, las apetencias de un cuerpo nuevo fueron
desplazadas por escrúpulos crecientes, que llegaron al flagelo. Cierta noche,
Don Marcial se ensangrentó las carnes con una correa, sintiendo luego un
deseo mayor, pero de corta duración. Fue entonces cuando la Marquesa volvió,
una tarde, de su paseo a las orillas del Almendares. Los caballos de la calesa
no traían en las crines más humedad que la del propio sudor. Pero, durante
todo el resto del día, dispararon coces a las tablas de la cuadra, irritados, al
parecer, por la inmovilidad de nubes bajas.

Al crepúsculo, una tinaja llena de agua se rompió en el baño de la Marquesa.
Luego, las lluvias de mayo rebosaron el estanque. Y aquella negra vieja, con
tacha de cimarrona y palomas debajo de la cama, que andaba por el patio
murmurando: «¡Desconfía de los ríos, niña; desconfía de lo verde que corre!»
No había día en que el agua no revelara su presencia. Pero esa presencia
acabó por no ser más que una jícara derramada sobre el vestido traído de
París, al regreso del baile aniversario dado por el Capitán General de la
Colonia.

Reaparecieron muchos parientes. Volvieron muchos amigos. Ya brillaban, muy
claras, las arañas del gran salón. Las grietas de la fachada se iban cerrando. El
piano regresó al clavicordio. Las palmas perdían anillos. Las enredaderas
saltaban la primera cornisa. Blanquearon las ojeras de la Ceres y los capiteles
parecieron recién tallados. Más fogoso Marcial solía pasarse tardes enteras
abrazando a la Marquesa. Borrábanse patas de gallina, ceños y papadas, y las
carnes tornaban a su dureza. Un día, un olor de pintura fresca llenó la casa.


V

Los rubores eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas de los
biombos, las faldas caían en rincones menos alumbrados y eran nuevas
barreras de encajes. Al fin la Marquesa sopló las lámparas. Sólo él habló en la
obscuridad.

Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas—relumbrante de grupas
alazanas, bocados de plata y charoles al sol. Pero, a la sombra de las flores de
Pascua que enrojecían el soportal interior de la vivienda, advirtieron que se
conocían apenas. Marcial autorizó danzas y tambores de Nación, para
distraerse un poco en aquellos días olientes a perfumes de Colonia, baños de
benjuí, cabelleras esparcidas, y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse,
dejaban caer sobre las lozas un mazo de vetiver. El vaho del guarapo giraba en
la brisa con el toque de oración. Volando bajo, las auras anunciaban lluvias
reticentes, cuyas primeras gotas, anchas y sonoras, eran sorbidas por tejas tan
secas que tenían diapasón de cobre. Después de un amanecer alargado por un
abrazo deslucido, aliviados de desconciertos y cerrada la herida, ambos
regresaron a la ciudad. La Marquesa trocó su vestido de viaje por un traje de
novia, y, como era costumbre, los esposos fueron a la iglesia para recobrar su
libertad. Se devolvieron presentes a parientes y amigos, y, con revuelo de
bronces y alardes de jaeces, cada cual tomó la calle de su morada. Marcial
siguió visitando a María de las Mercedes por algún tiempo, hasta el día en que
los anillos fueron llevados al taller del orfebre para ser desgrabados.
Comenzaba, para Marcial, una vida nueva. En la casa de altas rejas, la Ceres
fue sustituida por una Venus italiana, y los mascarones de la fuente
adelantaron casi imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendidas,
pintada ya el alba, las luces de los velones.


VI

Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío,
dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes
de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las
tres y media... Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como
cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo
raso con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las
vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su
espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.

Y hubo un gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó la minoría
de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había dejado de tener un valor
legal, y que los registros y escribanías, con sus polillas, se borraban de su
mundo. Llegaba al punto en que los tribunales dejan de ser temibles para
quienes tienen una carne desestimada por los códigos. Luego de achisparse
con vinos generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra
incrustada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien dio cuerda al reloj que
tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de los Lagos de Escocia. Otro
embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los
fieltros encarnados de la vitrina, al lado de la flauta traversera traída de
Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a la de
Campoflorido, su sumó al guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos falsos,
la melodía del Trípili-Trápala. Y subieron todos al desván, de pronto,
recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello, se guardaban
los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En entrepaños escarchados de
alcanfor descansaban los vestidos de corte, un espadín de Embajador, varias
guerreras emplastronadas, el manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas
casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en los pliegues.
Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques amarillos,
túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con redecilla de
borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos. La de
Campoflorido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo de color de
carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes decisiones
familiares, para avivar los amansados fuegos de un rico Síndico de Clarisas.

Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un tricornio
de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio comienzo a la
danza de la valse, que las madres hallaban terriblemente impropio de
señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura, recibiendo manos de
hombre sobre las ballenas del corset que todas se habían hecho según el
reciente patrón de «El Jardín de las Moodas». Las puertas se obscurecieron de
fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y de
los entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta de tanto alboroto. Luego.
se jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial, oculto con la de Campoflorido
detrás de un biombo chino, le estampó un beso en la nuca, recibiendo en
respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes de Bruselas guardaban
suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se alejaron en las luces
del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se pintaban en grisnegro
sobre el mar, los mozos fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se
contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin perder nunca—así fuera de
movida una guaracha—sus zapatillas de alto tacón. Y como se estaba en
carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno de tambores
tras de la pared medianera, en un patio sembrado de granados. Subidos en
mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron el garbo de una negra de
pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando miraba por
sobre el hombro, bailando con altivo mohín de reto.


VII

Las visitas de Don Abundio, notario y albacea de la familia, eran más
frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera de la cama de Marcial,
dejando caer al suelo su bastón de ácana para despertarlo antes de tiempo. Al
abrirse, los ojos tropezaban con una levita de alpaca, cubierta de caspa, cuyas
mangas lustrosas recogían títulos y rentas. Al fin sólo quedó una pensión
razonable, calculada para poner coto a toda locura. Fue entonces cuando
Marcial quiso ingresar en el Real Seminario de San Carlos.

Después de mediocres exámenes, frecuentó los claustros, comprendiendo
cada vez menos las explicaciones de los dómines. El mundo de las ideas se
iba despoblando. Lo que había sido, al principio, una ecuménica asamblea de
peplos, jubones, golas y pelucas, controversistas y ergotantes, cobraba la
inmovilidad de un museo de figuras de cera. Marcial se contentaba ahora con
una exposición escolástica de los sistemas, aceptando por bueno lo que se
dijera en cualquier texto. «León», «Avestruz», «Ballena», «Jaguar», leíase
sobre los grabados en cobre de la Historia Natural. Del mismo modo,
«Aristóteles», «Santo Tomás», «Bacon», «Descartes», encabezaban páginas
negras, en que se catalogaban aburridamente las interpretaciones del universo,
al margen de una capitular espesa. Poco a poco, Marcial dejó de estudiarlas,
encontrándose librado de un gran peso. Su mente se hizo alegre y ligera,
admitiendo tan sólo un concepto instintivo de las cosas. ¿Para qué pensar en el
prisma, cuando la luz clara de invierno daba mayores detalles a las fortalezas
del puerto? Una manzana que cae del árbol sólo es incitación para los dientes.
Un pie en una bañadera no pasa de ser un pie en una bañadera. El día que
abandonó el Seminario, olvidó los libros. El gnomon recobró su categorla de
duende: el espectro fue sinónimo de fantasma; el octandro era bicho
acorazado, con púas en el lomo.

Varias veces, andando pronto, inquieto el corazón, había ido a visitar a las
mujeres que cuchicheaban, detrás de puertas azules, al pie de las murallas. El
recuerdo de la que llevaba zapatillas bordadas y hojas de albahaca en la oreja
lo perseguía, en tardes de calor, como un dolor de muelas. Pero, un día, la
cólera y las amenazas de un confesor le hicieron llorar de espanto. Cayó por
última vez en las sábanas del infiemo, renunciando para siempre a sus rodeos
por calles poco concurridas, a sus cobardías de última hora que le hacían
regresar con rabia a su casa, luego de dejar a sus espaldas cierta acera rajada,
señal, cuando andaba con la vista baja, de la media vuelta que debía darse por
hollar el umbral de los perfumes.

Ahora vivía su crisis mística, poblada de detentes, corderos pascuales,
palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul celeste, estrellas de papel
dorado, Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el Asno, el Buey, y un terrible
San Dionisio que se le aparecía en sueños, con un gran vacío entre los
hombros y el andar vacilante de quien busca un objeto perdido. Tropezaba con
la cama y Marcial despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de
cuentas sordas. Las mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz triste a
imágenes que recobraban su color primero.


VIII

Los muebles crecían. Se hacía más difícil sostener los antebrazos sobre el
borde de la mesa del comedor. Los armarios de cornisas labradas
ensanchaban el frontis. Alargando el torso, los moros de la escalera acercaban
sus antorchas a los balaustres del rellano. Las butacas eran mas hondas y los
sillones de mecedora tenían tendencia a irse para atrás. No había ya que
doblar las piernas al recostarse en el fondo de la bañadera con anillas de
mármol.

Una mañana en que leía un libro licencioso, Marcial tuvo ganas, súbitamente,
de jugar con los soldados de plomo que dormían en sus cajas de madera.
Volvió a ocultar el tomo bajo la jofaina del lavabo, y abrió una gaveta sellada
por las telarañas. La mesa de estudio era demasiado exigua para dar cabida a
tanta gente. Por ello, Marcial se sentó en el piso. Dispuso los granaderos por
filas de ocho. Luego, los oficiales a caballo, rodeando al abanderado. Detrás,
los artilleros, con sus cañones, escobillones y botafuegos. Cerrando la marcha,
pífanos y timbales, con escolta de redoblantes. Los morteros estaban dotados
de un resorte que permitía lanzar bolas de vidrio a más de un metro de
distancia.

—¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!...

Caían caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser llamado tres
veces por el negro Eligio, para decidirse a lavarse las manos y bajar al
comedor.

Desde ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el enlosado. Cuando
percibió las ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no haberlo pensando
antes. Afectas al terciopelo de los cojines, las personas mayores sudan
demasiado. Algunas huelen a notario—como Don Abundio—por no conocer,
con el cuerpo echado, la frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el
suelo pueden abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una
habitación. Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos de insectos,
rincones de sombra, que se ignoran a altura de hombre. Cuando llovía, Marcial
se ocultaba debajo del clavicordio. Cada trueno hacía temblar la caja de
resonancia, poniendo todas las notas a cantar. Del cielo caían los rayos para
construir aquella bóveda de calderones-órgano, pinar al viento, mandolina de
grillos.


IX

Aquella mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa y el
almuerzo que le sirvieron fue demasiado suculento para un día de semana.
Había seis pasteles de la confitería de la Alameda—cuando sólo dos podían
comerse, los domingos, despues de misa. Se entretuvo mirando estampas de
viaje, hasta que el abejeo creciente, entrando por debajo de las puertas, le hizo
mirar entre persianas. Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja
con agarraderas de bronce. Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento
apareció el calesero Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus
botas sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él, era
Rey. Tomando las losas del piso por tablero, podía avanzar de una en una,
mientras Melchor debía saltar una de frente y dos de lado, o viceversa. El juego
se prolongó hasta más allá del crepúsculo, cuando pasaron los Bomberos del
Comercio.

Al levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama de
enfermo. El Marqués se sentía mejor, y habló a su hijo con el empaque y los
ejemplos usuales. Los «Sí, padre» y los «No, padre», se encajaban entre
cuenta y cuenta del rosario de preguntas, como las respuestas del ayudante en
una misa. Marcial respetaba al Marqués, pero era por razones que nadie
hubiera acertado a suponer. Lo respetaba porque era de elevada estatura y
salla, en noches de baile, con el pecho rutilante de condecoraciones: porque le
envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicias; porque, en Pascuas,
había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando una
apuesta; porque, cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a una de
las mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su habitación.
Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio salir poco después, llorosa y
desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que siempre vaciaba las
fuentes de compota devueltas a la alacena.

El padre era un ser terrible y magnánimo al que debla amarse después de
Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran cotidianos y
tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque fastidiaba menos.


X

Cuando los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que
había debajo de las camas, armarios y vargueños, ocultó a todos un gran
secreto: la vida no tenía encanto fuera de la presencia del calesero Melchor. Ni
Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las procesiones del Corpus, eran tan
importantes como Melchor.

Melchor venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos. En su reino había
elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí los hombres no trabajaban, como
Don Abundio, en habitaciones obscuras, llenas de legajos. Vivían de ser más
astutos que los animales. Uno de ellos sacó el gran cocodrilo del lago azul,
ensartándolo con una pica oculta en los cuerpos apretados de doce ocas
asadas. Melchor sabía canciones fáciles de aprender, porque las palabras no
tenían significado y se repetían mucho. Robaba dulces en las cocinas; se
escapaba, de noche, por la puerta de los cuadrerizos, y, cierta vez, había
apedreado a los de la guardia civil, desapareciendo luego en las sombras de la
calle de la Amargura.

En días de lluvia, sus botas se ponían a secar junto al fogón de la cocina.
Marcial hubiese querido tener pies que llenaran tales botas. La derecha se
llamaba Calambín. La izquierda, Calambán. Aquel hombre que dominaba los
caballos cerreros con sólo encajarles dos dedos en los belfos; aquel señor de
terciopelos y espuelas, que lucía chisteras tan altas, sabía también lo fresco
que era un suelo de mármol en verano, y ocultaba debajo de los muebles una
fruta o un pastel arrebatados a las bandejas destinadas al Gran Salón. Marcial
y Melchor tenían en común un depósito secreto de grageas y almendras, que
llamaban el «Urí, urí, urá», con entendidas carcajadas. Ambos habían
explorado la casa de arriba abajo, siendo los únicos en saber que existía un
pequeño sótano lleno de frascos holandeses, debajo de las cuadras, y que en
desván inútil, encima de los cuartos de criadas, doce mariposas polvorientas
acababan de perder las alas en caja de cristales rotos.


XI

Cuando Marcial adquirió el habito de romper cosas, olvidó a Melchor para
acercarse a los perros. Había varios en la casa. El atigrado grande; el podenco
que arrastraba las tetas; el galgo, demasiado viejo para jugar; el lanudo que los
demás perseguían en épocas determinadas, y que las camareras tenían que
encerrar.

Marcial prefería a Canelo porque sacaba zapatos de las habitaciones y
desenterraba los rosales del patio. Siempre negro de carbón o cubierto de
tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba sin motivo y ocultaba
huesos robados al pie de la fuente. De vez en cuando, también, vaciaba un
huevo acabado de poner, arrojando la gallina al aire con brusco palancazo del
hocico. Todos daban de patadas al Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando
se lo llevaban. Y el perro volvía triunfante, moviendo la cola, después de haber
sido abandonado más allá de la Casa de Beneficencia, recobrando un puesto
que los demás, con sus habilidades en la caza o desvelos en la guardia, nunca
ocuparían.

Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa del
salón, para dibujar en su lana formas de nubes pardas que se ensanchaban
lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos.

Pero los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores.
Resultaban, en cambio, pretexto admirable para armar concertantes de
aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando la bizca del tejadillo
calificaba a su padre de «bárbaro», Marcial miraba a Canelo, riendo con los
ojos Lloraban un poco más, para ganarse un bizcocho y todo quedaba
olvidado. Ambos comían tierra, se revolcaban al sol, bebían en la fuente de los
peces, buscaban sombra y perfume al pie de las albahacas. En horas de calor,
los canteros húmedos se llenaban de gente. Ahí estaba la gansa gris, con
bolsa colgante entre las patas zambas; el gallo viejo de culo pelado; la lagartija
que decía «urí, urá», sacándose del cuello una corbata rosada; el triste jubo
nacido en ciudad sin hembras; el ratón que tapiaba su agujero con una semilla
de carey. Un día señalaron el perro a Marcial.

—¡Guau, guau!—dijo.

Hablaba su propio idioma. Había logrado la suprema libertad. Ya quería
alcanzar, con sus manos objetos que estaban fuera del alcance de sus manos


XII

Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de
estas realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era accesoiria.
Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su sal desagradable, no quiso
ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista. Sus manos rozaban formas
placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba por
todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosos
y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría. El
cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia la vida.

Pero ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas horas. Los
minutos sonaban a glissando de naipes bajo el pulgar de un jugador.

Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la
hueva, dejando una nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas
doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra como abanicos cerrados. Los
tallos sorbían sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le perteneciera. El
trueno retumbaba en los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los
guantes. Las mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de carneros
distantes. Los armarios, los vargueños, las camas, los crucifijos, las mesas, las
persianas, salieron volando en la noche, buscando sus antiguas raíces al pie
de las selvas. Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba. Un bergantín,
anclado no se sabía dónde, llevó presurosamente a Italia los mármoles del piso
y de la fuente. Las panoplias, los herrajes, las llaves, las cazuelas de cobre, los
bocados de las cuadras, se derretían, engrosando un río de metal que galerías
sin techo canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la
condición primera. El barro, volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la
casa.


XIII

Cuando los obreros vinieron con el día para proseguir la demolición,
encontraron el trabajo acabado. Alguien se había llevado la estatua de Ceres,
vendida la víspera a un anticuario. Después de quejarse al Sindicato, los
hombres fueron a sentarse en los bancos de un parque municipal. Uno recordó
entonces la historia, muy difuminada, de una Marquesa de Capellanías,
ahogada, en tarde de mayo, entre las malangas del Almendares. Pero nadie
prestaba atención al relato, porque el sol viajaba de oriente a occidente, y las
horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya
que son las que más seguramente llevan a la muerte.

Autor del

cuento

: Alejo Carpentier

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Pies descalzos-El Caminante

Enviado por gabl  

Continuación...

-Su estado emocional se estabiliza, comienza el descenso hacia lo desconocido no reconoce el lugar. Pero la seguridad de salir a la civilización le aviva el ánimo y olvida sus dolencias, su necesidad de alimentarse, de sus necesidades físicas.
- Se desprende la camisa y se la coloca en la cabeza a modo de turbante para protegerse de los rayos solares.
-Cae lentamente la tarde. Le preocupa donde guarecerse. Apresura la marcha. De pronto se detiene en medio de un camino rural, más amplio y que él no lo nota, calcula haber caminado más de 10 kilómetros. Según su conteo mental, 500 pasos son iguales a 400 metros y 1250 pasos equivalen a un kilómetro.

Página 5

-A lo lejos se dibuja en el horizonte una vieja y pequeña casa. Casi corre a su encuentro y ve como si ella viniese hacia él, cada vez está más cerca. Hasta que finalmente detiene su trote y, jadeante se planta ante ella.
Me acerco lentamente, llamando, haciendo ruido con mi cayado. No obtengo respuesta, rodeo la pequeña casa, sólo hay hojas y mangos que alfombran el piso y semejan un tapiz por el colorido que va del rojizo amarillento al ennegrecido que indica su exceso de madurez.
Regreso al frente de la vivienda, vuelvo a gritar. Sin resultados, perdí la esperanza de encontrar a alguien. Sigilosamente me acerco a la puerta, la abro lentamente hasta dejar al descubierto su interior.

Me asomo cautelosamente colocándome a distancia prudencial de la entrada. A la vez que recorro visualmente toda la estancia.
Doy unos pasos y me cuelo dentro del espacio, huele a humedad, a humo de leña, la pared del fogón salpicada de rastros de grasa deja entrever que la casa es asidua de personas.

Al centro de la sala hay una pequeña mesa con dos sillas y no muy lejos un fogón construido con cemento y bloques que semejan una mesa, incluida una parrilla. Una olla, una pimpina con agua destacan sobre el fogón. Revisando varias vasijas de cocina encuentro arroz, café, caraotas, sal, un poco de azúcar, tres latas de sardinas y una lámpara a querosén que pende del lateral de la cocina.
En un rincón me topé con un viejo y oxidado machete que no dudé en ceñirlo a la cintura.
La luz de la lámpara iluminó el ambiente, me dispuse a asear un poco el lugar.
Dispuesto a saciar el hambre cocino un poco de arroz y hiervo café que en pocos minutos el agradable aroma de la infusión recién colada inunda el salón. Ceno un exquisito risotto con sardinas acompañado por dos tazas de café. Me pareció la mejor cena en mucho tiempo.
Esa noche dormí sobre la mesa con la cual aseguré la puerta como precaución. Varias horas después, un leve rayo de luz, se cuela por un orificio del techo de asbesto, perturba mi visión. Obligándome lentamente a abrir los ojos, incorporándome, alejo la improvisada cama de la puerta y al ver el exterior comprendo que dormí largamente.
Página 6


El sol calentaba, calculo que podían ser la nueve o diez de la mañana. Y la temperatura estaría a 25° C. Improviso unas sandalias con cartones y plástico de las bolsas que corto a manera de trenzado para fijarlas a mis pies. Flexionando las extremidades inferiores y moviendo los brazos en forma de abrazo imaginario, queriendo mitigar las dolencias emprendo la marcha…
3
El Presente.-
Hoy me encuentro en medio del riachuelo. Bañándome, lavando mis pies descalzos.
Emprendo la búsqueda hacia la imperiosa necesidad de encontrar a alguien que me socorra y me aclare muchas dudas, esta vez, inicio la caminata apoyado en el cayado. Después de dejar el riachuelo el camino se hace accesible, la suave arena sirve de calmante a las heridas.
Cayendo la tarde me sorprende un camino amarillento como a medio kilómetro, apresuro mis pasos y finalmente estoy en la orilla de la carretera sin pavimentar, me acerco a un árbol y descanso, muevo mi cabeza a la izquierda y derecha de la carretera esperanzado que alguien aparezca en el horizonte.
Diez minutos más tarde, a mi izquierda, en la lejanía se levanta una columna de polvo y a medida que se acerca toma forma de un vehículo. Me coloco a orilla de la carretera, mi corazón late aceleradamente, hasta que se detiene ante mí una vieja Ford pick up.
El conductor me saluda, mis palabras se ahogan en la garganta, apenas balbuceo. La alegría, se expresaba en mi rostro, pensé; “me salvé”.
A mi mente viene una frase del escritor venezolano Rómulo Gallegos; “La llanura es bella y terrible, a la vez; en ella caben holgadamente, hermosa vida y muerte atroz” .
Con dificultad logro subir a la camioneta.
El conductor pregunta;
-¿Hacia dónde se dirige amigo?
¡no sé!
¿A dónde va usted?
Página 7
El joven conductor escudriña mi vestimenta, mi rostro, en fin, repasa mi cuerpo como un scanner. Le pregunto;
¿Dónde estamos?
-Amigo, ésta es la vía hacia Valle de La Pascua viniendo de Zaraza, son como 76,5 kilómetros”. Y desde aquí más o menos faltan como 26 kilómetros para llegar.
-Pero yo tengo una finquita a 10 minutos de aquí.
Quedo mudo, ahora sí es verdad que estoy más enredado.
¿Qué pasó con mis compañeros?
Por qué anduve solo?
Rompo el silencio y pregunto;
¿Qué día es hoy?
-“Hoy es jueves amigo”
¡Carajo caminé casi una semana!
-“¿De dónde viene usted”?
Brevemente le narro lo que recuerdo, mi transitar por la selva…
Antonio, que así se llama el joven, se da cuenta que no quiero hablar. En el horizonte aprecio que el camino se torna cambiante, se observan varias casas separada...Continuará

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