8 Cuentos de hormigas 

EL HOMBRE Y LA HORMIGA

Se fue a pique un día un navío con todo y sus pasajeros, y un hombre, testigo del naufragio, decía que no eran correctas las decisiones de los dioses, puesto que, por castigar a un solo impío, habían condenado también a muchos otros inocentes.
Mientras seguía su discurso, sentado en un sitio plagado de hormigas, una de ellas lo mordió, y entonces, para vengarse, las aplastó a todas.
Se le apareció al momento Hermes, y golpeándole con su caduceo, le dijo:
- Aceptarás ahora que nosotros juzgamos a los hombres del mismo modo que tu juzgas a las hormigas.

Moraleja: Antes de juzgar el actuar ajeno, juzga primero el tuyo.

Autor del

cuento

: Esopo

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LA MOSCA Y LA HORMIGA

Una mosca que se encontraba dando vueltas en círculo en el centro de una habitación, se posó finalmente agotada en un mueble. Allí apareció una hormiga, que le dijo:
- Te he estado observando, y creo que malgastas tu energía inútilmente.
- No creas - contestó la mosca -, estaba atenta a posibles depredadores.
- Pues igual que yo, y sin cansarme - dijo la hormiga -. Desde donde estoy lo veo todo a mi alrededor, pues a mi espalda tan sólo hay una pared.

Moraleja: Optimiza tus esfuerzos, a veces se puede conseguir el mismo resultado de un modo más eficiente.

Autor del

cuento

: Dani Alcalà

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LA HORMIGA

Dice una leyenda que la hormiga actual era en otros tiempos un hombre que, consagrado a los trabajos de la agricultura, no se contentaba con el producto de su propio esfuerzo, sino que miraba con envidia el producto ajeno y robaba los frutos a sus vecinos.
Indignado Zeus por la avaricia de este hombre, le transformó en hormiga.
Pero aunque cambió de forma, no le cambió el carácter, pues aún hoy día recorre los campos, recoge el trigo y la cebada ajenas y los guarda para su uso.

Moraleja: Aunque a los malvados se les castigue severamente, difícilmente cambian su naturaleza desviada.

Autor del

cuento

: Esopo

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LA CIGARRA Y LA HORMIGA

Un verano hace mucho tiempo se encontraba una cigarra tumbada al Sol disfrutando del calor y tomando un refrigerio. Mientras tanto, una hormiga que vivía por allí cerca no paraba de caminar de un lugar al otro. La cigarra, un tanto molesta, exclamó:
- ¿Por qué no dejas de trabajar, y así de paso no haces ruido?. Estamos de vacaciones.
La hormiga no dijo nada y continuó cargando con comida desde el bosque hasta su casa.

Pasaron los meses y llegó el invierno. La hormiga, bien abrigada en su hormiguero, oyó como tocaban a la puerta.
- ¿Quién es? - dijo al tiempo que se asomaba -. Hombre, amiga cigarra, ¿en qué puedo ayudarte?.
- Hola hormiga, compañera. Me preguntaba si podrías darme un poco de comida para pasar el invierno. No encuentro nada bajo la nieve.
La hormiga, que no podía creer lo que oía, contestó enojada:
- Lo siento, pero si en verano te hubieses provisto de comida como yo, ahora no estarías así.

Moraleja: No esperes que los demás solucionen tus problemas.

Autor del

cuento

: Esopo

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LA PALOMA Y LA HORMIGA

Obligada por la sed, una hormiga bajó a un manantial, y arrastrada por la corriente, estaba a punto de ahogarse. Viéndola en esta emergencia una paloma, desprendió de un árbol una ramita y la arrojó a la corriente, montó encima a la hormiga salvándola.
Mientras tanto un cazador de pájaros se adelantó con su arma preparada para cazar a la paloma. Le vio la hormiga y le picó en el talón, haciendo soltar al cazador su arma. Aprovechó el momento la paloma para alzar el vuelo.

Moraleja: Siempre corresponde en la mejor forma a los favores que recibas. Debemos ser siempre agradecidos.

Autor del

cuento

: Esopo

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LA CIGARRA Y LA HORMIGA SE REENCUENTRAN

La cigarra de la Fábula de Esopo se volvió a encontrar con la hormiga, y esta le dijo:
- Hola cigarra, ¿qué tal has pasado el invierno?
- Pues divinamente - contestó la cigarra -. No puedo ser más feliz.
- Sí, ya veo, estás en los huesos.

Moraleja: La chulería te deja en ridículo más temprano que tarde.

Autor del

cuento

: Dani Alcalà

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Expediente Hormiga

Enviado por miigueloso02  

Lidia, una niña de cinco años despierta y muy observadora, creía haber revelado un importante misterio para la Humanidad. Estaba convencida de haber descubierto el origen de los marcianos.

Dedicaba horas, en sus ratos libres, a estar en el campo con sus abuelos. Horas en las cuales observaba, muy atentamente, la naturaleza y todo cuanto sucedía a su alrededor, acurrucada bajo el viejo chopo del tatarabuelo Rufo. Pero de todo cuanto podía admirar, sin duda, lo que más le apasionaba eran las hormigas.
A la pequeña Lidia le inquietaba ver de qué manera aquellos minúsculos bichitos iban y venían, de un lado para otro, a lo largo del día. Su manera de actuar parecía demostrar que todas aquellas hormigas supiesen perfectamente a qué punto exacto de la casa o de la huerta del tatarabuelo Rufo debían dirigirse en cada momento y por qué motivo.

Siempre que había pizcas de miga de pan en la cocina, las dichosas hormigas comenzaban a acudir desde el viejo chopo, situado a no menos de cien metros de la casa. Una vez allí, y organizadas en dos bloques perfectos de filas indias, se disponían para recoger los pequeños cuscurros de pan y volvían hasta la sombra del viejo chopo, bajo la cual se enterraban en su hormiguero, desapareciendo, como si no hubiesen estado allí jamás. ¿Cómo podían saber aquellos diminutos seres dónde se encontraba la cocina? ¿Y por qué parecían saber la hora exacta en la cual tendrían dispuestos siempre sus abuelos los cuscurros o las miguitas de pan para llevárselas?, se preguntaba Lidia, atónita, cada vez que observaba el fenómeno. Con toda seguridad, aquellas hormigas debían de pertenecer a algún grupo o familia muy unida y avanzada. En ocasiones, desplegaba su gran lupa y hasta le parecía que reían entre ellas y llegaban a conversar.

Lidia había oído a los adultos hablar sobre todo aquello de las naves espaciales y los extraterrestres…y poco a poco, todo parecía encajar. Observar a aquellas hormigas tan atentamente la había llevado al convencimiento absoluto de que aquellos extraños seres debían de tener algún sistema de control sobre nosotros. Un sistema, tan avanzado, que ni siquiera les hacía falta usar naves para visitarnos, haciéndolo a cuerpo descubierto y enfrentándose a grandes peligros, como la gran pisada del pie del abuelo Pipe.

– ¡Ajá! ¡Os he descubierto! –Exclamó Lidia observando la boca del hormiguero.
Y la pequeña se echó la siesta aquella tarde, increíblemente feliz, bajo la sombra del viejo chopo del tatarabuelo Rufo.
Había dado con el secreto de los marcianos…

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LA CIGARRA Y LA HORMIGA

Cantando la Cigarra
Pasó el verano entero,
Sin hacer provisiones
Allá para el invierno;
Los fríos la obligaron
A guardar el silencio
Y a acogerse al abrigo
De su estrecho aposento.
Viose desproveída
Del preciso sustento:
Sin mosca, sin gusano,
Sin trigo, sin centeno.
Habitaba la Hormiga
Allí tabique en medio,
Y con mil expresiones
De atención y respeto
La dijo: «Doña Hormiga,
Pues que en vuestro granero
Sobran las provisiones
Para vuestro alimento,
Prestad alguna cosa
Con que viva este invierno
Esta triste Cigarra,
Que alegre en otro tiempo,
Nunca conoció el daño,
Nunca supo temerlo.
No dudéis en prestarme;
Que fielmente prometo
Pagaros con ganancias,
Por el nombre que tengo.»
La codiciosa Hormiga
Respondió con denuedo,
Ocultando a la espalda
Las llaves del granero:
«¡Yo prestar lo que gano
Con un trabajo inmenso!
Dime, pues, holgazana,
¿Qué has hecho en el buen tiempo?»
«Yo, dijo la Cigarra,
A todo pasajero
Cantaba alegremente,
Sin cesar ni un momento.»
«¡Hola! ¿con que cantabas
Cuando yo andaba al remo?
Pues ahora, que yo como,
Baila, pese a tu cuerpo.»

Autor del

cuento

: Félix María Samaniego

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