Cautiva en la piedra 

Enviado por besonegrojohns   Seguir

31 Marzo 2025, 00:53

El olor a tabaco impregnaba la habitación y el escultor, con su cigarrillo en la boca, trabajaba la piedra de mármol con su martillo y su pica. El suelo estaba repleto de escombros, papeles y cóleras de cigarrillos y la mesa estaba llena de herramientas y dibujos. A ras de golpes y lijados, el escultor trataba de darle forma a aquella piedra rota. Después de varias horas, apagó su último cigarrillo, dió el último golpe y retrocedió lentamente para poder admirar su nueva creación.

Era una mujer, flaca y de largas curvas y grandes pechos. Su piel, blanca como las nubes, reflejaba la luz de los reflectores, sus cabellos pulidos parecían de una suavidad natural y sus ojos, desprovistos de alma, enseñaban la vida que tenía la escultura. El escultor se lo quedó mirando, analizandola. La rodeaba con la mirada y la acariciaba con suavidad. Después de un largo rato viendo y bebiendo de su vaso de whisky, decidió que la escultura era horrenda. La comenzó a destruir sistemáticamente parte por parte y arrojó los restos a la basura junto con el resto de esculturas fallidas.

Se sentía cansado y apenado. No podía ser que después de tantos meses de trabajo no pudiera hacer la escultura que tanto deseaba. Enfurecido, golpeó la mesa de trabajo, tirando algunas herramientas, tomó sus cosas y salió de la casa. Se dirigió a un bar, a uñas cuadras de su casa. Se sentó en la barra, pidió una botella de cerveza y prendió un cigarrillo. No paraba de pensar en aquella escultura tan horrible e incompleta que había hecho. No paraba de decirse lo inutil que era y como era incapaz de recrear la simple imagen de una mujer.

En eso unos pequeños pasos firmes resonaron hacia su dirección. El escultor bebió un largo sorbo de cerveza y voltio. Era una chica. Esta se acercó al escultor y le acarició el hombro con sus dedos largos y suaves. Era una chica joven de pelo largo y dorado, nariz chata y unos ojos verdes brillantes. El escultor quedó deleitado con la imagen de esa chica tan preciosa pero sobre todo no podía parar de verle el rostro. Sus ojos, sus facciones, todo era de una asimetría perfecta. El escultor le invitó unos tragos y sin mucho esfuerzo la llevó a su casa.

Ambos entraron al departamento y el escultor le compartió un vaso de agua. La chica, después de una larga charla, se quitó la ropa y le enseñó al hombre su hermoso cuerpo, arruinado por los tatuajes y piercings, pero no su cara. No, esa era perfecta. Después de un largo rato haciendo el amor, el escultor le pidió que posara para poder plasmar en la piedra esa hermosa cara.

Estuvieron varias horas encerrados y el escultor no paraba de trabajar. La mujer, harta, le pidió al escultor que la dejara irse pero este le rogó que se quedara, solo necesitaba más tiempo. Ella insistió, se vistió y comenzó a irse. El escultor la tomó de la mano y le forcejeo para que se quedara. La chica lo abofeteó y trató de escapar pero el escultor se lo impidió. En un ataque de desesperación, la agarró del cuello, la arrojó al suelo y la asfixió. Ya muerta, el escultor tomó su cuerpo inerte, separó la cabeza del cuello con un cuchillo de cocina y la usó de referencia para continuar su escultura.

Al día siguiente el escultor estaba feliz. Por fin había terminado su arduo trabajo y podía descansar. Mientras tomaba su vaso de whisky en el bar, una chica se acercó a la barra y pidió un gintonic. El escultor se le quedó mirando a su hermosa piel negra pero sobre todo a sus hermosas piernas. El escultor se le acercó, se sentó junto a ella y le invitó un trago.

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