Guerra en silencio 

Enviado por besonegrojohns   Seguir

31 Marzo 2025, 00:55

Recorriendo la ciudad destrozada, el silencio era un recordatorio constante de los peligros que acechaban. Ni un alma se asomaba, el aire estaba sumido en el polvo de los escombros y en el olor a hormigón y madera quemada, y no podías caminar una sola cuadra sin ver los cuerpos de las personas desvividas por la guerra. Las calles, antes bulliciosas y llenas de vida, ahora yacían silenciosas. Sus edificios, ahora marcados por las cicatrices de los bombardeos, eran testigos mudos de la tragedia que había consumido a la ciudad.

Casa por casa, tienda por tienda, el superviviente buscaba alimentos y un refugio en el que pasar la noche. En su camino se encontraba con recuerdos de tiempos pasados: fotografías enmarcadas de familias sonrientes, juguetes abandonados y escombros que supieron ser hogares, objetos que eran un recordatorio de la vida que alguna vez floreció en aquel lugar, ahora reducido a cenizas.

Cada paso debía ser medido con sumo cuidado, cada sombra inspeccionada y cada ventana vigilada con precaución en busca de tiradores. Se sentía como una presa constantemente acechada en medio de un bosque desconocido que cada día parecía ser más interminable. Aunque el fuego había cesado, el eco de las explosiones distantes aún atormentaba al superviviente. Con cada detonación este recordaba con horror lo ocurrido en el primer ataque y a todos a los que había dejado atrás, víctimas del conflicto que había transformado la ciudad en un infierno.

Sus ojos reflejaban su temor, la tristeza por tantas pérdidas y el cansancio después de vagar por la ciudad por tantos días con el estómago retorciéndose. A pesar de todos sus pesares, seguía adelante, impulsado por su voluntad de sobrevivir. Fue entonces que en medio de todo ese caos, una estructura surgió en la lejanía. Un supermercado.

Esperanzado por la posibilidad de encontrar algo de comer, se dirigió decidido hacia la estructura, o lo que quedaba de ella. Con cautela, se adentró en su interior. Las puertas corredizas estaban baleadas, los cajeros saqueados y lo que antes era un techo ahora era un agujero gigante producto de las bombas. Avanzó entre pasillos llenos de fragmentos de cristales rotos, carteles caídos y casquillos de balas. Las estanterías, aunque en desorden, aún guardaban pequeños tesoros: latas de comida vencida, botellas de agua y otros productos inútiles.

Mientras buscaba y seleccionaba cuidadosamente los productos más duraderos y livianos, unos individuos irrumpieron en el supermercado haciéndolo sobresaltar. Un soldado había entrado, trayendo consigo a una mujer. El superviviente se apresuró a esconderse detrás de un estante caído. El soldado la arrastraba por la fuerza mientras la insultaba y la golpeaba. Joven, rubia y muy hermosa, la mujer no paraba de llorar y gritar por ayuda. Desesperada, trataba de zafarse pateando y golpeando al soldado con las fuerzas que le quedaban porque era obvio lo que él quería hacerle, pero no sirvió de nada.

El superviviente entró en crisis. No sabía qué hacer. Si intervenía, el soldado posiblemente le dispararía y lo mataría. Pero si no hacía nada, la mujer seguiría sufriendo. Debía hacer algo. Su corazón latía con fuerza, una mezcla de adrenalina y miedo recorría cada fibra de su ser. Sus manos temblaban, indecisas entre la acción y la inacción. Las voces en su cabeza le imploraban que actuara, pero sus piernas, como si tuvieran vida propia, no le permitían moverse. Los gritos desgarradores de la mujer no paraban de resonar en sus oídos.

Tras una nueva bofetada, la cabeza de la mujer giró en sentido al superviviente. Ambas miradas se cruzaron. En sus ojos se reflejaban el miedo y el dolor por el que estaba pasando y el superviviente se quedó petrificado, observando con horror cómo el soldado envolvía su cuerpo alrededor de la mujer saciando sus más repugnantes y retorcidos deseos. Poco a poco, los gritos desesperantes de la mujer pasaron a ser pequeñas súplicas envueltas en pena y dolor hacia el superviviente. No lo soportaba más.

Pronto, los ojos de ella se iluminaron de esperanza tras ver cómo la figura del desconocido detrás del estante se levantaba, a punto de intervenir. Pero no pudo ser mayor su desilusión. El superviviente no dijo ni hizo nada, tomó sus cosas y con lágrimas en los ojos se alejó, dejando atrás el sonido de los gemidos quebrados por el llanto de la mujer. No había nada que pudiera hacer.

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