47 Cuentos para reflexionar 

EL RELATO ES VERÍDICO REAL NARRADO...

Enviado por gabl  

El relato es verídico, real. Narrado, por mi amiga de años, de la
infancia. Separados por la distancia. Nos veíamos ocasionalmente cada
tres o cinco años que ella venía a la capital. Aunque yo en algunas
ocasiones visité su ciudad de residencia, pero no sabía dónde
buscarla. Había perdido toda pista. Después de casi una década y
gracias a la tecnología nos contactamos a través de las redes
sociales. Y así planificamos reencontrarnos en su terruño.

Acordamos almorzar el mismo día que arribé a su ciudad. Apenas me dio
tiempo de tomar un baño, vestirme ligeramente y salir a su encuentro.
No fue difícil reconocernos. Como cambió su aspecto físico!, de una
esbeltez de modelo pasó a ser casi obesa, lo cual contrastaba con su
baja estatura, mas no su belleza, sus rasgos europeos heredados de su
padre, un inmigrante italiano que se quedó en Venezuela, destacaban en
su rostro cuidadosamente maquillado. Con toques rosado pálido
resaltando el contorno de sus ojos. Se atrevió a preguntarme como
estaba mi salud, que pese a mi edad, me veía atractivo… -”no te
sonrojes, que no te voy a seducir, es decir, somos como hermanos”
-dijo ella. Abrazándome nuevamente besó mis mejillas dejando estampado
el rojo carmesí de la pintura que cubría sus finos labios.
Envolviendo mi faz en una rica y suave fragancia que emanaba de su
cuerpo, que recordaba maderas aromáticas y dejaba un grato aroma
silvestre.

Transcurrió el almuerzo. Salimos a pasear. A enseñarme las
construcciones nuevas, centros comerciales, urbanizaciones, hoteles,
sitios de diversión, etc.

Dos días después, en vista que debía regresar a mi casa situada a
750 kilómetros de esta hermosa ciudad, habíamos decidido encontrarnos
en el puerto. Nos sentamos a orillas del mar, en plena arena. Se quitó
los lentes oscuros y sus ojos verdes grisáceos se dilataron al recibir
la luz solar, al tiempo que brotaban algunas lágrimas. Al pronunciar
mi nombre, sentí un dejo de tristeza en sus palabras. -“Tengo que
contarte de mí desordenada vida, sólo busco que alguien me entienda,
que no me juzgue ni condene mis actos. Es la parte oscura que cada ser
ocultamos y castiga pesadamente la conciencia, atormenta nuestros
corazones y nuestros sentimientos”.


Tornó su mirada al mar y pausadamente inició su relato al tiempo que
las olas en su vaivén rompían en la orilla dibujando caprichosas
figuras que desaparecían al sumirse en la húmeda arena.


-Hoy cuando estoy arribando a 62 años de edad de intensa vida plena
de placeres de la carne, desde mis 14 años, nada me asombra en esta
era del siglo XXI. Quien se queje de no tener pareja, de no saber
disfrutar del sexo, de no tener sexo a plenitud, no ha vivido para
vivir gozando del amor que en el diario transitar de nuestras días nos
podemos brindar los seres humanos.



-Que te pueden dañar las críticas de aquellos que están pendientes de
los actos del vecino, o tus mejores amigos que a tu espalda te llaman
perra, bicha y todos los epítetos que se le vengan a su pervertida
mente.

-Sí, pervertidos- dijo enfáticamente- porque se imaginan y comentan
situaciones que yo no haya realizado o cometido. Mi pecado es ser
apasionada, ver el sexo desde otro ángulo. Compartirlo con mi pareja.
Saciarme… Complacerme, complacer. Y por sobre todo dar amor, caricias,
posiciones atrevidas y sólo practicadas en la intimidad de mí ser
ocultas a los ojos y curiosidad de mi círculo social.

-Confieso que soy infiel, siendo fiel a mis deseos, a mis
necesidades, a mi cuerpo. Tenía sexo a mi antojo, en cualquier lugar,
en un apartado rincón, en el carro. Así vivía mi pasión. Envolvía y
apasionaba a mis compañeros de turno. Y así los corría de mi entorno.
Nunca le fui fiel a ninguno. Y gracias a mi posición económica y
social me temían. Mi ritmo libidinoso no lo soportaban por más fuertes
que aparentaban ser. Por dos o tres meses duraban mis parejas. De
relaciones consecuentes se convertían en esporádicas. No me gustaba
que me acosaran, que me celaran, ni muchos menos que se sintieran
dueños de mí. Tampoco aceptaba imposiciones humillantes y machistas.

- Me casé tres veces. Mi primer matrimonio duró un año. El segundo
siete meses y el tercero, ya por nuestra edad, llevamos diez años. Y
por el poco interés que tiene mi compañero por las relaciones
sexuales.

-A mi esposo le disuelvo una pastilla azul y así lo animo… Yo sigo
buscando. Tengo mis amantes secretos y mis fantasías.


-Mis esclavos sexuales!.

-Vivo mi vida y vivo el amor ocasional!



-Y quiero vivir, hasta que mi cuerpo me dé la señal. Y yo comprenda
que la vida no me dará más oportunidades, que llegó la hora final.

-Lamento no haber tenido hijos, así pasaría las tardes con mis
nietos. Tal vez contándoles las travesuras de sus padres, asumiendo mi
nuevo estado.

-Ser Abuela, para consentir y evocar en mis años dorados, la demencia y
el apetito sexual que mis años de juventud y madurez me brindaron a
plenitud.

-Y asumir con dignidad que estoy transitando por la etapa o la era que
me marcó y dejó huellas del diario batallar, que ahora la tercera
edad me obliga al retiro carnal y del pecado”.




Nos despedimos abrazándonos muy suavemente mientras sus lágrimas
mojaban mi hombro derecho. Sin palabras, nos miramos a los ojos, y
sellamos nuestra separación con un beso que la obligó a abrazarme más
fuerte. Deslicé mi mano a lo largo de su brazo, como una suave caricia
que finalizó en la punta de sus dedos. Se dio vuelta y la vi
desaparecer entre los transeúntes que a esa hora caminaban
pausadamente entre los pasillos del Centro Comercial frente a los
locales de los negocios allí establecidos.

En mis manos quedó su aroma, su esencia y en mi mente su estampa que
jugaba con el eco de su voz.


Germán A Barrios Leal
Enero 2012

Este relato es verídico, muy crudo, contado con rabia reprimida
y el arrepentimiento que le carcomía su alma, sus sentimientos. Le
pude convencer que no todo era maldad y pecado. Vivió su juventud y le dio a su cuerpo lo que le pidió. Hoy ha pasado más de un año, su arrepentimiento ha ido quedando en el pasado pero sé que nunca podrá olvidar sus actos...
El Autor.







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EL VIAJERO SEDIENTO

Lentamente, el sol se había ido ocultando y la noche había caído por completo. Por la inmensa planicie de la India se deslizaba un tren como una descomunal serpiente quejumbrosa.
Varios hombres compartían un departamento y, como quedaban muchas horas para llegar al destino, decidieron apagar la luz y ponerse a dormir. El tren proseguía su marcha. Transcurrieron los minutos y los viajeros empezaron a conciliar el sueño. Llevaban ya un buen número de horas de viaje y estaban muy cansados. De repente, empezó a escucharse una voz que decía:
-¡Ay, qué sed tengo! ¡Ay, qué sed tengo!

Así una y otra vez, insistente y monótonamente. Era uno de los viajeros que no cesaba de quejarse de su sed, impidiendo dormir al resto de sus compañeros. Ya resultaba tan molesta y repetitiva su queja, que uno de los viajeros se levantó, salió del departamento, fue al lavabo y le trajo un vaso de agua. El hombre sediento bebió con avidez el agua. Todos se echaron de nuevo. Otra vez se apagó la luz. Los viajeros, reconfortados, se dispusieron a dormir. Transcurrieron unos minutos. Y, de repente, la misma voz de antes comenzó a decir:
-¡Ay, qué sed tenía, pero qué sed tenía!

Reflexión: La mente siempre tiene problemas. Cuando no tiene problemas reales, fabrica problemas imaginarios y ficticios, teniendo incluso que buscar soluciones imaginarias y ficticias.

Autor del

cuento

: Cuento tradicional de la India

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Concentración

Enviado por Albertosacris  

Después de ganar varios concursos de arquería, el joven y jactancioso campeón retó a un maestro Zen que era reconocido por su destreza como arquero. El joven demostró una notable técnica cuando dio en el centro de la diana en el primer intento, y luego partió esa flecha con el segundo tiro...

- "Ahí está", le dijo al viejo, "¡a ver si puedes igualar eso!".

Inmutable, el maestro no desenfundó su arco, pero invitó al joven arquero a que lo siguiera hacia la montaña. Curioso sobre las intenciones del viejo, el campeón lo siguió hacia lo alto de la montaña hasta que llegaron a un profundo abismo atravesado por un frágil y tembloroso tronco. Parado con calma en el medio del inestable y ciertamente peligroso puente, el viejo eligió como blanco un lejano árbol, desenfundó su arco, y disparó un tiro limpio y directo.

- "Ahora es tu turno", dijo mientras se paraba graciosamente en tierra firme.

Contemplando con terror el abismo aparentemente sin fondo, el joven no pudo obligarse a subir al tronco, y menos a hacer el tiro.

- "Tienes mucha habilidad con el arco", dijo el maestro, "pero tienes poca habilidad con la mente, que te hace errar el tiro".

(Cuento tradicional oriental)

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UNA BROMA DEL MAESTRO

Había en un pueblo de la India un hombre de gran santidad. A los aldeanos les parecía una persona notable a la vez que extravagante. La verdad es que ese hombre les llamaba la atención al mismo tiempo que los confundía. El caso es que le pidieron que les predicase. El hombre, que siempre estaba en disponibilidad para los demás, no dudó en aceptar. El día señalado para la prédica, no obstante, tuvo la intuición de que la actitud de los asistentes no era sincera y de que debían recibir una lección. Llegó el momento de la charla y todos los aldeanos se dispusieron a escuchar al hombre santo confiados en pasar un buen rato a su costa. El maestro se presentó ante ellos. Tras una breve pausa de silencio, preguntó:
-Amigos, ¿sabéis de qué voy a hablaros?
-No -contestaron.
-En ese caso -dijo-, no voy a decirles nada. Son tan ignorantes que de nada podría hablarles que mereciera la pena. En tanto no sepan de qué voy a hablarles, no les dirigiré la palabra.

Los asistentes, desorientados, se fueron a sus casas. Se reunieron al día siguiente y decidieron reclamar nuevamente las palabras del santo.
El hombre no dudó en acudir hasta ellos y les preguntó:
-¿Sabéis de qué voy a hablaros?
-Sí, lo sabemos -repusieron los aldeanos.
-Siendo así -dijo el santo-, no tengo nada que deciros, porque ya lo sabéis. Que paséis una buena noche, amigos.

Los aldeanos se sintieron burlados y experimentaron mucha indignación.
No se dieron por vencidos, desde luego, y convocaron de nuevo al hombre santo. El santo miró a los asistentes en silencio y calma. Después, preguntó:
-¿Sabéis, amigos, de qué voy a hablaros?
No queriendo dejarse atrapar de nuevo, los aldeanos ya habían convenido la respuesta:
-Algunos lo sabemos y otros no.
Y el hombre santo dijo:
-En tal caso, que los que saben transmitan su conocimiento a los que no saben.
Dicho esto, el hombre santo se marchó de nuevo al bosque.

Reflexión: Sin acritud, pero con firmeza, el ser humano debe velar por sí mismo.

Autor del

cuento

: Cuento tradicional de la India

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LAS PESCADORAS

Se trataba de un grupo de pescadoras. Después de concluida la faena, se pusieron en marcha hacia sus respectivas casas. El trayecto era largo y, cuando la noche comenzaba a caer, se desencadenó una violenta tormenta.
Llovía tan torrencialmente que era necesario guarecerse. Divisaron a lo lejos una casa y comenzaron a correr hacia ella. Llamaron a la puerta y les abrió una hospitalaria mujer que era la dueña de la casa y se dedicaba al cultivo y venta de flores. Al ver totalmente empapadas a las pescadoras, les ofreció una habitación para que tranquilamente pasaran allí la noche.
Era una amplia estancia donde había una gran cantidad de cestas con hermosas y muy variadas flores, dispuestas para ser vendidas al siguiente día.

Las pescadoras estaban agotadas y se pusieron a dormir. Sin embargo, no lograban conciliar el sueño y empezaron a quejarse del aroma de las flores: “!Qué peste! No hay quien soporte este olor. Así no hay quien pueda dormir”. Entonces una de ellas tuvo una idea y se la sugirió a sus compañeras:
-No hay quien aguante esta peste, amigas, y, si no ponemos remedio, no vamos a poder pegar un ojo. Coged las canastas de pescado y utilizadlas como almohada y así conseguiremos evitar este desagradable olor.
Las mujeres siguieron la sugerencia de su compañera. Cogieron las cestas malolientes de pescado y apoyaron las cabezas sobre ellas. Apenas había pasado un minuto y ya todas ellas dormían profundamente.

Reflexión: Por ignorancia y ausencia de entendimiento correcto, el ser humano se pierde en las apariencias y no percibe lo Real.

Autor del

cuento

: Cuento tradicional de la India

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EL GRANO DE MOSTAZA

Una mujer, deshecha en lágrimas, se acercó hasta el Buda y, con voz angustiada y entrecortada, le explicó:
-Señor, una serpiente venenosa ha picado a mi hijo y va a morir. Dicen los médicos que nada puede hacerse ya.
-Buena mujer, ve a ese pueblo cercano y toma un grano de mostaza negra de aquella casa en la que no haya habido ninguna muerte. Si me lo traes, curaré a tu hijo.

La mujer fue de casa en casa, inquiriendo si había habido alguna muerte, y comprobó que no había ni una sola casa donde no se hubiera producido alguna. Así que no pudo pedir el grano de mostaza y llevárselo al Buda.

Al regresar, dijo:
-Señor, no he encontrado ni una sola casa en la que no hubiera habido alguna muerte.
Y, con infinita ternura, el Buda dijo:
-¿Te das cuenta, buena mujer? Es inevitable. Anda, ve junto a tu hijo y, cuando muera, entierra su cadáver.

Reflexión: Todo lo compuesto, se descompone: todo lo que nace, muere. Acepta lo inevitable con ecuanimidad.

Autor del

cuento

: Cuento tradicional de la India

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EL PASEO REPENTINO

Cuando por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado a la mesa iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego luego de terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando afuera el tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando ya la escalera está oscura y la puerta de calle trancada; y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece en seguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar y soportar el más rápido cambio que necesidad de hacerlo, y cuando uno va así corriendo por las largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue en su verdadera estatura.

Todo esto se intensifica aún más si a estas altas horas de la noche uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.

Autor del

cuento

: Franz Kafka

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