20 Cuentos clásicos 

EL HOMBRE DEL SACO (EL ZURRÓN QUE CANTABA)

Érase una vez una pobre mujer que sólo tenía una niña a la que quería mucho. Un día le regaló unos zapatitos de charol.
Cierto día la mandó a buscar agua a la fuente con un búcaro. La niña obedeció y cuando llegó a la fuente, se quitó los zapatitos para que no se le mancharan. Pero junto a la fuente estaba sentado un mendigo, viejo y muy feo, que llevaba un enorme zurrón y que no dejaba de mirar a la niña con ojos perversos. La niña, que se había dado cuenta de cómo la observaba, sintió miedo, limpió y llenó su búcaro y emprendió el camino de regreso a su casa.
Cuando llegó a su casa se dio cuenta de que había olvidado sus zapatitos junto al pilón. La niña volvió para recuperarlos. Pero cuando llegó, el mendigo todavía estaba allí y los zapatitos habían desaparecido.

- ¿Andas buscando algo, pequeña?
- Sí. Había olvidado en el pilón unos zapatitos de charol. Venía a recogerlos.
- ¡Ah, eran tuyos! Has tenido suerte. Yo te los he guardado.
- ¡Si! ¿Dónde están?
- Aquí, en mi zurrón. Ven a recogerlos; no tengas miedo... Ahí, en el fondo del zurrón los encontrarás. Recógelos tú misma.

Y la niña metió la mano en el zurrón, y en ese momento el viejo la empujó y la metió adentro.
Luego ató con una cuerda la boca del zurrón y se lo cargó al hombro. La niña gemía y suplicaba que la sacara de allí y el viejo le decía:

-¡Nunca más verás a tu madre! ¡Deja de llorar! Y, si quieres comer, tendrás que cantar cuando yo te diga:
"Canta, zurrón, canta,
o, si no, te doy con la palanca."

Y así se la llevó por los pueblos para ganarse la vida. A todas las partes que llegaba, en vez de pedir limosna, colocaba el zurrón en medio de la plaza y le decía:
"Canta, zurrón, canta,
o, si no, te doy con la palanca."

Entonces la niña se ponía a cantar:

- “En un zurrón voy metida,
en un zurrón moriré,
por culpa de unos zapatos
que en la fuente me dejé.”


Cantaba tan bien la niña, que todos querían oírla y el viejo fue llenando sus bolsillos con las monedas que le daban a cambio de hacer cantar el zurrón.

Pasó el tiempo y un día el viejo volvió al pueblo de donde era la niña. Quiso el azar que colocara el zurrón delante de la puerta de la casa de la madre de la niña. La niña comenzó a cantar y su madre reconoció su voz. Entonces ella dijo:

- Buen hombre, no tengo dinero que darle... Pero como es tarde y amenaza lluvia, podéis cenar y pasar la noche en mi casa.

El viejo aceptó y tras la cena se quedó dormido como un lirón. Entonces la madre abrió el zurrón, sacó a su hija y se la comió a besos. Le dio de comer, la acostó y la arropó cálidamente en su cama.
Pasaban por allí un perro, un gato y un conejo. Metió dentro del zurrón al perro y al gato, y dejó libre al conejo porque los conejos no hacen daño a nadie.
A la mañana siguiente, el mendigo se despidió y emprendió su camino. Y a la puerta de una casa dijo:
"Canta, zurrón, canta,
o, si no, te doy con la palanca."
En aquel momento, el perro y el gato que estaban dentro de zurrón dijeron:

- Viejo pícaro:¡Guau, guau!
- Viejo perverso:¡Miau, miau!

El malvado mendigo, creyendo que era la niña quien eso decía, abrió el zurrón para pegarle con la palanca. Entonces el gato se abalanzó sobre él y le sacó los ojos; mientras el perro de un mordisco, le arrancó la nariz.

Y colorín, colorado, ¡este cuento se ha acabado!

Autor del

cuento

: Cuento tradicional español

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LA CORNEJA Y LOS PICHONES

Conoció una corneja un palomar que habitaban unos pichones muy bien alimentados, y queriendo disfrutar de tan buena comida blanqueó sus plumas y se unió a ellos.
Mientras la corneja estuvo en silencio, los pichones, creyéndola como uno de los suyos, la admitieron sin reclamo. Pero olvidándose de su actuación, en un descuido la corneja lanzó un grito. Entonces los pichones, que no le reconocieron su voz, la echaron de su nido.
Y la corneja, viendo que se le escapaba la comida de los pichones, volvió a buscar a sus semejantes.
Mas por haber perdido su color original, las otras cornejas tampoco la recibieron en su sociedad; de manera que por haber querido disfrutar de
dos comidas, se quedó sin ninguna.

Moraleja: Contentémonos con nuestros bienes, pues tratar de tomar sin derecho los ajenos, sólo nos conduce a perderlo todo.

Autor del

cuento

: Esopo

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EL ERIZO Y EL ESPOSO DE LA LIEBRE

Un domingo por la mañana, cerca de la época de la cosecha, un erizo se dirigía al campo para vigilar sus nabos cuando observó al esposo de la liebre que había salido a la misma clase de negocios, esto es, a visitar sus repollos.
Cuando el erizo vio al esposo de la liebre, lo saludó amigablemente con un buenos días. Pero el esposo de la liebre, que en su propio concepto era un distinguido caballero, espantosamente arrogante no devolvió el saludo al erizo, pero sí le dijo, asumiendo al mismo tiempo un modo muy despectivo:
- ¿Cómo se te ocurre estar corriendo aquí en el campo tan temprano por la mañana?
- Estoy dando un paseo - dijo el erizo -.
- ¡Un paseo! - dijo el esposo de la liebre con una sonrisa burlona -. Me parece que deberías usar tus piernas para un motivo mejor.
Esa respuesta puso al erizo furioso, porque él podría soportar cualquier otra cosa, pero no un ataque a sus piernas, ya que por naturaleza son torcidas. Así que el erizo le dijo al esposo de la liebre:
- Tú pareces imaginar que puedes hacer más con tus piernas que yo con las mías.
- Exactamente eso es lo que pienso - dijo el esposo de la liebre -.
- Eso hay que ponerlo a prueba - contestó el erizo -. Yo apuesto que si hacemos una carrera, te gano.
- ¡Eso es ridículo! - replicó el esposo de la liebre -. ¡Tú con esas patitas tan cortas!. Pero por mi parte estoy dispuesto, si tú tienes tanto interés en eso. ¿Y qué apostamos?
- Una moneda de oro y una botella de brandy - dijo el erizo -.
- ¡Hecho! - contestó el esposo de la liebre -. ¡Choque esa mano, y podemos empezar de inmediato!
- ¡Oh, oh! - dijo el erizo -, ¡no hay tanta prisa! Yo todavía no he desayunado. Iré primero a casa, tomaré un pequeño desayuno y en media hora estaré de regreso en este mismo lugar.
Acordado eso, el erizo se retiró, y el esposo de la liebre quedó satisfecho con el trato. En el camino, el erizo pensó para sí:
- El esposo de la liebre se basa en sus piernas largas, pero yo buscaré la forma de aprovecharme lo mejor posible de él. Él es muy grande, pero es un tipo muy ingenuo, y va a pagar por lo que ha dicho.

Así, cuando el erizo llegó a su casa, le dijo a su esposa:
- Esposa, vístete rápido igual que yo, debes ir al campo conmigo.
- ¿Qué sucede? - dijo ella -.
- He hecho una apuesta con el esposo de la liebre, por una moneda de oro y una botella de brandy. Voy a hacer una carrera con él, y tú debes estar presente - contestó el erizo -.
- ¡Santo Dios, esposo mío! - gritó ahora la esposa -, ¡no estás bien de la cabeza, has perdido completamente el buen juicio! ¿Qué te ha hecho querer tener una carrera con el esposo de la liebre?
- ¡Cálmate! - dijo el erizo -. Es asunto mío. Vístete como yo y ven conmigo.
¿Que podría la esposa del erizo hacer? Ella se vio obligada a obedecerle, le gustara o no. Cuando iban juntos de camino, el erizo le dijo a su esposa:
- Ahora pon atención a lo que voy a decir. Mira, yo voy a hacer del largo campo la ruta de nuestra carrera. El esposo de la liebre correrá en un surco y yo en otro, y empezaremos a correr desde la parte alta. Ahora, todo lo que tú tienes que hacer es pararte aquí abajo en el surco, y cuando el esposo de la liebre llegue al final del surco, al lado contrario tuyo, debes gritarle: "Ya estoy aquí".
Y llegaron al campo, y el erizo le mostró el sitio a su esposa, y él subió a la parte alta. Cuando llegó allí, el esposo de la liebre estaba ya esperando.
- ¿Empezamos? - dijo el esposo de la liebre -.
- Seguro - dijo el erizo -.
Y diciéndolo, se colocaron en sus posiciones. El erizo contó:
- ¡Uno, dos, tres, fuera!
Y se dejaron ir cuesta abajo cómo bólidos. Sin embargo, el erizo sólo corrió unos diez pasos y paró, y se quedó quieto en ese lugar. Cuando el esposo de la liebre llegó a toda carrera a la parte baja del campo, la esposa del erizo le gritó:
- ¡Ya estoy aquí!
El esposo de la liebre quedó pasmado y no entendía un ápice. El esposo de la liebre, sin embargo, gritó:
- ¡Debemos correr de nuevo, hagámoslo de nuevo!
Y una vez más salió raudo como el viento en una tormenta, y parecía volar. Pero la esposa del erizo se quedó muy quietecita en el lugar donde estaba. Así que cuando el esposo de la liebre llegó a la cumbre del campo, el erizo le gritó:
- ¡Ya estoy aquí!
El esposo de la liebre, ya bien molesto consigo mismo, gritó:
- ¡Debemos correr de nuevo, hagámoslo de nuevo!
- Muy bien - contestó el erizo -, por mi parte correré cuantas veces quieras.
Así que el esposo de la liebre corrió setenta y tres veces más, y el erizo siempre ganaba, y cada vez que llegaba arriba o abajo, el erizo o su esposa, le gritaban:
- ¡Ya estoy aquí!
En la carrera setenta y cuatro, sin embargo, el esposo de la liebre no pudo llegar al final. A medio camino del recorrido cayó desmayado al suelo, todo sudoroso y con agitada respiración. Y así el erizo tomó la moneda de oro y la botella de brandy que se había ganado. Llamó a su esposa y ambos regresaron a su casa juntos con gran deleite. Y cuentan que luego tuvo que ir la señora liebre a recoger a su marido y llevarlo en hombros a su casa para que se recuperara.
El marido de la liebre nunca más volvió a burlarse del erizo.

Autor del

cuento

: Hermanos Grimm

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PULGARCITO

Pulgarcito era un niño tan, pero tan pequeñito, que cabía en una caja de sorpresas. Era el último de siete hermanos y sus padres estaban en la miseria. Una tarde, el niño pudo oírlos en una extraña conversación.
- Que Dios nos perdone, pero tenemos que deshacernos de nuestros hijos o será el hambre y la miseria quienes se encargarán de llevárselos - decía su dolido padre mientras la madre lloraba -.
Horas más tarde y con engaños, el padre marchó con sus siete hijos a lo más frondoso del bosque donde los abandonaría.
Pero Pulgarcito había ido dejando migas de pan en el camino, por lo que los niños pudieron regresar a su cálida casa siguiendo el rastro del pan abandonado. Su padre se sintió feliz al verlos sanos y salvos, pero al poco tiempo volvió a creer que no era capaz de cargar con ellos.
Esa vez el padre en pleno invierno, revisó los bolsillos a Pulgarcito pero no pudo hallar restos de pan. Una vez abandonados de nuevo, el pequeño empezó a buscar las migas que había logrado esconder entre sus calcetines y tirar por el camino, y casi se muere al comprobar que las aves se las habían comido. ¡Estaban perdidos!
Mientras sus hermanitos lloraban, en medio de la oscuridad y del grito de las fieras, Pulgarcito se subió a un árbol y a lo lejos divisó a una solitaria cabaña.
- Quizás nos ayuden, pero debemos calmarnos para llegar a ella - les dijo -.
Y sus hermanitos obedecieron.
Al llegar picaron a la puerta y un horrible sonido de pisadas hicieron temblar la Tierra. No podían creer lo que estaban viendo: era el horrible ogro come-niños, cuyos ojos brillaron al verlos allí esperando. Los capturó de inmediato, al tiempo que le gritaba a su mujer:
- ¡Ya tengo siete niños para mi gran cena!
Y el gigante se fue a dormir la siesta.
El llanto de los niños hizo que la mujer del ogro se apiadara de ellos y les dio la libertad. El ogro despertó y al no hallar servida la cena, puso el grito en el cielo:
- ¡Dónde están los niños!
Su mujer le dijo que una bruja logró liberarlos y el ogro, para ir en su busca, se calzó unas botas mágicas que había robado al rey de esas tierras y que recorrían siete leguas por cada paso.
Pulgarcito, por su parte, una vez fue alcanzado por el ogro, cobijó a sus hermanitos en un refugio y empezó a correr y correr en círculos, logrando marear al ogro que lo perseguía provocándole un ruidoso desmayo. Al verlo así, el niño le quitó las botas, se las calzó y corrió al castillo del rey de esas tierras.
Allí devolvió las botas robadas y el rey, agradecido, ordenó rescatar a los niños, apresar al ogro y honrar a Pulgarcito con un título y una gran recompensa.
Los siete hermanitos volvieron a casa, salvaron su hogar y perdonaron a su padre por tan equivocada sentencia.

Moraleja: Todos los niños son sagrados.

Autor del

cuento

: Charles Perrault

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LA LECHERA

Llevaba en la cabeza
Una Lechera el cántaro al mercado
Con aquella presteza,
Aquel aire sencillo, aquel agrado,
Que va diciendo a todo el que lo advierte
«¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!»
Porque no apetecía
Más compañía que su pensamiento,
Que alegre la ofrecía
Inocentes ideas de contento,
Marchaba sola la feliz Lechera,
Y decía entre sí de esta manera:
«Esta leche vendida,
En limpio me dará tanto dinero,
Y con esta partida
Un canasto de huevos comprar quiero,
Para sacar cien pollos, que al estío
Me rodeen cantando el pío, pío.
Del importe logrado
De tanto pollo mercaré un cochino;
Con bellota, salvado,
Berza, castaña engordará sin tino,
Tanto, que puede ser que yo consiga
Ver cómo se le arrastra la barriga.
Llevarélo al mercado,
Sacaré de él sin duda buen dinero;
Compraré de contado
Una robusta vaca y un ternero,
Que salte y corra toda la campaña,
Hasta el monte cercano a la cabaña.»

Con este pensamiento
Enajenada, brinca de manera,
Que a su salto violento
El cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
Huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.
¡Oh loca fantasía!
¡Qué palacios fabricas en el viento!

Modera tu alegría
No sea que saltando de contento,
Al contemplar dichosa tu mudanza,
Quiebre su cantando la esperanza.
No seas ambiciosa
De mejor o más próspera fortuna,
Que vivirás ansiosa
Sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro;
Mira que ni el presente está seguro.

Autor del

cuento

: Félix María Samaniego

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EL REY DESNUDO

El Rey de un lejano país supo un día que unos famosísimos sastres estaban de paso por su reino. Sin perder tiempo, los convocó para que le confeccionasen su mejor indumentaria. Los sastres, tras disfrutar un buen tiempo de los beneficios que brinda la vida en la corte del Rey, le comunicaron que habían terminado su trabajo y anunciaron a quien quisiera escucharlos que habían confeccionado para el Rey el traje invisible más hermoso del mundo, tan hermoso que “sólo los tontos no pueden verlo”. Procedieron entonces a quitarle la ropa al Rey y mediante aparatosos ademanes le colocaron el nuevo traje invisible. Por supuesto que el Rey se vio desnudo, pero no dijo nada porque no quería aparecer como un tonto frente a tan famosísimos sastres.

Convocó el Rey entonces a sus colaboradores, a quienes les preguntó por la belleza de su traje. Superada la sorpresa de ver al Rey desnudo y enterados de que semejante traje era tan hermoso que “sólo los tontos no pueden verlo”, toda su corte afirmó que el traje era el “más hermoso del mundo”, lo cual convenció definitivamente al Rey y así los sastres continuaron su viaje con un suculento pago por su trabajo, dejando al rey y a su corte muy satisfechos y agradecidos. Así el Rey paseaba desnudo por su palacio luciendo su traje invisible, el más hermoso del mundo.

Un día decidió que su pueblo merecía también disfrutar la hermosura de su traje por lo que salió del palacio para recorrer su reino. El pueblo al verlo desnudo, y por temor a contradecirlo, no dijo nada. Hasta que un inocente niño lo descubrió y gritó:

- ¡El Rey está desnudo!

Momento en el cual el Rey se miró a sí mismo descubriendo la verdad: había sido engañado.

Autor del

cuento

: Hans Christian Andersen

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SALOMÓN Y AZRAEL

Un hombre vino muy temprano a presentarse en el palacio del profeta Salomón, con el rostro pálido y los labios descoloridos.
Salomón le preguntó:

-¿Por qué estás en ese estado?

Y el hombre le respondió:

-Azrael, el ángel de la muerte, me ha dirigido una mirada impresionante, llena de cólera. ¡Manda al viento, por favor te lo suplico, que me lleve a la India para poner a salvo mi cuerpo y mi alma!

Salomón mandó, pues, al viento que hiciera lo que pedía el hombre. Y, al día siguiente, el profeta preguntó a Azrael:

-¿Por qué has echado una mirada tan inquietante a ese hombre, que es un fiel? Le has causado tanto miedo que ha abandonado su patria.

Azrael respondió:

-Ha interpretado mal mi mirada. No lo miré con cólera, sino con asombro. Dios, en efecto, me había ordenado que fuese a tomar su vida en la India, y me dije: ¿Cómo podría, a menos que tuviese alas, trasladarse a la India?

Autor del

cuento

: Yalal Al-Din Rumi

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LA CIGARRA Y LA HORMIGA

La Cigarra, después de cantar todo el verano, se halló sin vituallas cuando comenzó a soplar el frio del invierno: ¡ni una ración fiambre de mosca
o de gusanillo!.
Hambrienta, fue a lloriquear en la vecindad, a casa de la Hormiga, pidiéndole que le prestase algo de grano para mantenerse hasta la cosecha.
“Os lo pagaré con las setenas”, le decía, “antes de que venga el mes de agosto”.
La Hormiga no es prestamista: ese es su menor defecto. “¿Que hacías en el buen tiempo?” - preguntó a la pedigüeña -. “No quisiera enojaros, pero la verdad es que te pasabas cantando día y noche. Pues, mira: así como entonces cantabas, baila ahora”.

Autor del

cuento

: Jean de la Fontaine

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EL APRENDIZ DE BRUJO

En una lejana aldea, vivía un mago que conocía todos los trucos del mundo, sabía hablar muchos idiomas, hacia hechizos y alejaba los espíritus malignos. Él tenía un libro muy grande y empastado en cuero y que se cerraba con un poderoso candado, allí había valiosas enseñanzas para ser un gran mago pero solo podían ser leídas por él.

El gran maestro salió un día de viaje y dejo encargado al joven aprendiz que ayudaba en su taller. El muchacho que era bastante imprudente, se puso a escarbar en las cosas del maestro, intentó hacer funcionar el espejo en que se veían todas las cosas del mundo y no lo logró, quiso después probar con la máquina que convertía los metales baratos en oro puro y tampoco pudo. Descubrió el libro del mago que hallaba abierto y leyó tartamudeando algunas frases. Dichas estas mágicas palabras apareció un espíritu maligno, era feo, tenia los ojos desorbitados y escupía fuego por la boca. Al ser invocado dijo a su nuevo amo:
- ¿Para qué me llamaste?. ¿ Que quieres que haga?
El muchacho se asustó y dijo muy nervioso:
- Riega las plantas.
El extraño y feo espíritu comenzó a derramar barriles de agua sobre las plantas, pero era tal la cantidad que la habitación ya estaba inundada. El muchacho no sabía qué hacer, pues lentamente el nivel del agua iba subiendo, primero llegó a sus rodillas, luego le cubrió la cintura y le alcanzó hasta el pecho. Cuando observó que podía morir ahogado subió a la mesa pero el espíritu seguía vaciando barriles por montones. Fue tanta su desesperación, que comenzó a gritar:
-¡Auxilio, socorro! ¡Muero ahogado, auxilio!
Entonces apareció el gran mago que observó la escena y quedó asombrado; y mirando a la cara a su joven aprendiz le dijo:
-¡No habrás leído el libro prohibido! ¿Acaso no sabes que sólo yo puedo hacerlo?. Esto es un justo castigo a tu falta de respeto.
El tonto aprendiz pidió disculpas, imploró perdón, prometió guardar las distancias y no meterse con lo ajeno. Entonces el sabio maestro dijo las palabras mágicas y acabó con el hechizo:
- ¡Zarabandín zarabandán, que este espíritu maligno desaparezca ya!
Dicho esto todo volvió a la normalidad así el aprendíz de mago aprendió la lección.

Autor del

cuento

: Joseph Jacobs

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BLANCANIEVES Y LOS SIETE ENANITOS

En un país muy lejano vivía una bella princesa llamada Blancanieves, que tenía una madrastra, la Reina, muy vanidosa.
La madrastra preguntaba a su espejo mágico:
- Espejito, espejito, di, ¿quién es la más bella de todas las mujeres?
Y el espejo contestaba :
- Tú eres, oh Reina, la más bella de todas las mujeres.
Y fueron pasando los años. Un día la Reina preguntó, como siempre, a su espejo mágico:
- Espejito, espejito, di, ¿Quién es la más bella de todas las mujeres?
Pero esta vez el espejo contestó:
- La más bella es Blancanieves.
Entonces la Reina, llena de ira y de envidia, buscó un cazador y le ordenó:
- Llévate a Blancanieves al bosque, mátala y como prueba de haber realizado mi encargo, tráeme en este cofre su corazón.
El cazador llevó a cabo el encargo, pero cuando llegaron al bosque, sintió lástima por la inocente joven y la dejó huir, sustituyendo su corazón por el de un jabalí.
Blancanieves, al verse sola, sintió miedo y lloró. Llorando y caminando pasó la noche, hasta que, al amanecer, llegó a un claro en el bosque y descubrió allí una casa preciosa.
Entró sin dudarlo. Los muebles eran pequeñísimos y, sobre la mesa, había siete platillos y siete cubiertos diminutos. Subió a una habitación, que estaba ocupada por siete camitas. La pobre Blancanieves, agotada después de caminar toda la noche por el bosque, juntó todas las camitas y al momento se quedó dormida.
Por la tarde llegaron los propietarios de la casa, siete enanos que trabajaban en unas minas y que se admiraron al descubrir a Blancanieves. Entonces ella les explicó su triste historia. Los enanos suplicaron a la niña que se quedase con ellos y Blancanieves aceptó, se quedó en vivir con ellos y todos eran felices.
Mientras tanto, en palacio, la Reina volvió a preguntar al espejo:
- Espejito, espejito, ¿quien es ahora la más bella?
- Sigue siendo Blancanieves, que ahora vive en el bosque en casa de los enanos.
Furiosa y vengativa como era, la cruel madrastra se disfrazó de inocente viejecita y se dirigió hacia la casita del bosque.
Blancanieves estaba sola, porque los enanos estaban trabajando en la mina. La malvada Reina ofreció a la niña una manzana envenenada y cuando Blancanieves le dio el primer mordisco, cayó desmayada.
Al volver, ya de noche, los enanos a su casa, encontraron a Blancanieves tumbada en el suelo, pálida y quieta, creyeron que había muerto y le construyeron una urna de cristal para que todos los animales del bosque se pudiesen despedir.
En aquél momento apareció un príncipe montado sobre un majestuoso caballo y sólo con contemplar a Blancanieves quedó enamorado de ella. Quiso despedirse besándola y de repente, Blancanieves volvió a la vida, porque el beso de amor que le había hecho el príncipe rompió el encantamiento de la malvada Reina.
Blancanieves se casó con el príncipe y expulsaron a la cruel Reina. Y desde entonces todos vivieron felices para siempre.

Autor del

cuento

: Hermanos Grimm

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