SILENCIO 

Apenas abres la puerta alzas las cejas para interrogar a la mujer que se asoma desde la cocina con la jerga en las manos, la cabellera cana, los movimientos adormilados, y sabes, por el gesto de la boca, que no hay novedades, así que dejas caer el bolso en una silla, te quitas los zapatos y el cinto y las pulseras y los aretes, y muy bien no sabes dónde van quedando, y abres el refrigerador y lo cierras sin sacar nada y bebes agua de mango a tragos largos, atragantándote de la jarra que está en la mesa, y no quieres verte en el espejo del baño porque sabes muy bien cuál es el espesor del baño, porqué sabes muy bien cuál es el espesor de tu mirada y de pronto sales al pasillo descalza, con el corazón en la boca, entrecerrando los ojos pero no hay sino silencio, y te desnudas de prisa en la espera de todo el día acumulada en los dientes que muerden las uñas nacaradas y en algún lugar del vientre, ya apagas la lámpara, te metes bajo las sábanas, cierras los ojos porque el sueño te promete una tregua y detrás de los párpados avivas el recuerdo porque tus tinieblas te regalan la impresión de una absoluta intimidad y luego miras el reloj luminoso y vuelves a cerrar los ojos y quieres dormir enseguida, y antes de hundir la cabeza en la almohada te aseguras de que encima del buró esté a tu alcance, callado, silencioso el teléfono.

Autor del cuento: Felipe Garrido

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