26 Cuentos de miedo 

Liliputiense

Enviado por varz  

Cadáver Exquisito
Duendecillo Roca alias “El Liliputiense” era el Duende más pequeño del pueblo. Todos los días antes de salir a la escuela, su padre para poder ayudarlo a crecer, le dejaba la comida en el lugar más alto de toda la casa para que el pobre duendecito salte y crezca. Después de intentar desayunar, el pequeño Liliputiense se dirigía a su escuela, donde no tenía ni un solo amigo, quizás no era porque nadie le quería, quizás era por la simple razón de que nadie lo veía.
Lo que caracterizaba al pequeño además de su corta estatura, eran las ganas de estudiar. Siempre que podía iba a la biblioteca y leía todos los libros que podía, a veces se apasionaba tanto con un tema que pedía prestado varios libros para poder seguir estudiando en casa. El problema era que cada vez que el duende quería participar en clases, como su cuerpo era mucho más pequeño que el escritorio, nunca se lo veía, y la profesora rara vez se acordaba de su existencia, no faltaba día que Liliputiense llegara a su casa con las manos llenas de libros y los ojos de lágrimas.
Un día por la mañana, Duendecillo decidió hacer algo para que todos sus amigos lo quisieran. Como ya era época de verano, y hacia demasiado sol, el Duendecito decidió inventar una máquina capaz de hacer nieve, el muy feliz se fue a dormir para poder ir y mostrárselos a todos.
- “De seguro les encantará y con esto me recordarán por siempre.”
A la mañana siguiente el duende despertó con mucha emoción y sin siquiera tomar su desayuno se dirigió a la escuela, dejó todo preparado para que cuando sus compañeros lleguen empezase a nevar, pero no sucedió así. El director, un elefante gigantón, entró a la escuela y sin percatarse de que había dejado Duendecillo su máquina en el piso, la aplastó, todas las piezas volaron por el aire, caían tuercas y tornillos por todo el lugar, para cuando llegaron los estudiantes, lo único que encontraron fueron pedazos de lo que tal vez sería el mejor día de sus vidas. Se enojaron por tal chiquero, y preguntaron quien había sido el causante de todo ese caos. Aprovechando la situación, Roca dijo: “Fui yo, yo lo hice, era una máquina de nieve.” Hubo silencio durante pocos segundos, todos los ojos caían sobre él, al fin lo veían, pero su felicidad duró poco porque
-JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAAJAJAJAJA
Echaron a reír todos los alumnos, quien iba a creer que ese pequeño pigmeo era capaz de levantar un martillo.
Él, cansado de que todo el mundo se burlase, salió corriendo a su casa y ya sin saber qué hacer juró vengarse algún día.

Al llegar a su habitación esa noche, una especie de gota de un liquido salado y cristalino se escurrió por debajo de su ojo izquierdo, y luego otra gota, otra mas, y dos mas, hasta que se convirtieron en charco, un charco salado y amargo que salía como cascada de los ojos del pequeño Liliputiense, y fue entonces cuando supo lo que es llorar por vez primera, sentía como su estomago se estremecía y una especie de bulto tapaba su garganta a tal punto que no podía tragar su propia saliva, su corazón que a propósito y para saciar la curiosidad de nuestros lectores era bastante grande para una personita de 58cm de alto, ese día se achico dos veces su tamaño.
Pasaron horas, y no paraba de llorar ni de sufrir esta metamorfosis en la que su pequeño y diminuto cuerpo se encontraba, su sangre hervía como un caldo de pollo caliente, y su pecho rebosaba y palpitaba mas indignado que los hijos del….. ¨yugo¨, sus manos empezaron a crecer y sus uñas a salirse de sus cuencas y torcerse, su cabello junto con el resto de su pelo se tornó en una especie de capa negra y con un olor petulante, la sangre que corría por sus venas, era negra como el petróleo, a su mente solamente se le ocurrió pensar que la única manera de saciar y alivianar su increíble dolor, era con un plato grande y reforzado de dulce venganza.
Un ¡CADAVER EXQUISITO! Exclamó…. Si! Resonó, muchos y muchos cadáveres exquisitos (y no se refería al genero literario) era una sed de cadáveres con una sazón del mas dulce sentido literal.
Fue entonces cuando usando la nueva y horripilante forma de su cuerpo, fue esa misma madrugada a pegarles una visita a cada una sus llamados ¨compañeros¨ y por supuesto no podía dejar atrás a su torpe profesor elefantonto, pero de el se encargaría luego, esa noche visitó y devoro uno por uno a sus enemigos, a cada cual lo cocinaria en su propia cocina con una receta diferente, un poco mas de sal por aquí para Juan. Y otro poco mas de achiote para Roberta la Mamerta.
Cayeron las 5 de la mañana y aún faltaba el culpable de su desdicha, el troglodita energúmeno e infradotado del elefante, al cual lo degolló con su propio esfero para calificar, puso a calentar su sangre en baño maría, y sus pesuñas las puso al horno con un poco de ajo para que agarren saborcito. Devoró a ese elefante con tal gusto que a uno se le abre el apetito o eso dicen las lenguas de las paredes que contaron esta historia, dicen que una noche como cualquier otra, escucha uno o dos pasitos y siente uno que lo observan con hambre, es el pequeño Liliputiense cobrando su venganza.

Fin

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LA MUERTE

La automovilista (negro el vestido, negro el pelo, negros los ojos pero con la cara tan pálida que a pesar del mediodía parecía que en su tez se hubiese detenido un relámpago) la automovilista vio en el camino a una muchacha que hacía señas para que parara. Paró.

-¿Me llevas? Hasta el pueblo no más -dijo la muchacha.

-Sube -dijo la automovilista. Y el auto arrancó a toda velocidad por el camino que bordeaba la montaña.

-Muchas gracias -dijo la muchacha con un gracioso mohín- pero ¿no tienes miedo de levantar por el camino a personas desconocidas? Podrían hacerte daño. ¡Esto está tan desierto!

-No, no tengo miedo.

-¿Y si levantaras a alguien que te atraca?

-No tengo miedo.

-¿Y si te matan?

-No tengo miedo.

-¿No? Permíteme presentarme -dijo entonces la muchacha, que tenía los ojos grandes, límpidos, imaginativos y enseguida, conteniendo la risa, fingió una voz cavernosa-. Soy la Muerte, la M-u-e-r-t-e.

La automovilista sonrió misteriosamente.

En la próxima curva el auto se desbarrancó. La muchacha quedó muerta entre las piedras. La automovilista siguió a pie y al llegar a un cactus desapareció.

Autor del

cuento

: Enrique Anderson Imbert

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LOS BUQUES SUICIDANTES

Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche el buque no se ve ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.

Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor de las corrientes o del viento; si tienen las velas desplegadas. Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.

No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto. Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se van deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio, de modo que el tranquilo y lúgubre puerto siempre está frecuentado.

El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede incluir lo acaecido al María Margarita, que zarpó de Nueva York el 24 de agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un paquete, no obteniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al María Margarita. En el buque no había nadie. Las camisetas de los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo en perfecto orden. Y faltaban todos. ¿Qué pasó?

La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Ibamos a Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente cierta, por otro lado.

La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del oleaje susurrante, oía estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer inquieto oído a la ronca voz de los marineros en proa. Una señora muy joven y recién casada se atrevió:

–¿No serán águilas...?

El capitán se sonrió bondadosamente:

–¿Qué, señora? ¿Aguilas que se lleven a la tripulación?

Todos se rieron, y la joven hizo lo mismo, un poco cortada.

Felizmente un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente. Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por su cuenta y riesgo, y hablando poco.

–¡Ah! ¡Si nos contara, señor! –suplicó la joven de las águilas.

–No tengo inconveniente –asintió el discreto individuo–. En dos palabras: en los mares del norte, como el María Margarita del capitán, encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo –viajábamos también a vela–, nos llevó casi a su lado. El singular aire de abandono que no engaña en un buque llamó nuestra atención, y disminuimos la marcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa; a bordo no se halló a nadie, todo estaba también en perfecto orden.

Pero la última anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no sentimos mayor impresión. Aun nos reímos un poco de las famosas desapariciones súbitas. Ocho de nuestros hombres quedaron a bordo para el gobierno del nuevo buque. Viajaríamos en conserva. Al anochecer aquél nos tomó un poco de camino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el puente. Desprendióse de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron en vano el buque: todos habían desaparecido. Ni un objeto fuera de su lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extensión. En la cocina hervía aún una olla con papas.

Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente llegó a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo fui con ellos. Apenas a bordo, mis nuevos compañeros se decidieron a beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda, y a la hora la mayoría cantaba ya.

Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y las velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar aceitoso. Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de hablar. Uno se sentó en un cabo arrollado y se sacó la camiseta para remendarla. Cosió un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largo silbido. Sus compañeros se volvieron. Él los miró vagamente, sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la camiseta en el rollo, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al sentir ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido. Pero enseguida parecieron olvidarse del incidente, volviendo a la apatía común.

Al rato otro se desperezó, restregóse los ojos caminando, y se tiró al agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me tocaban en el hombro.

–¿Qué hora es?

–Las cinco –respondí. El viejo marinero que me había hecho la pregunta me miró desconfiado, con las manos en los bolsillos. Miró largo rato mi pantalón, distraído. Al fin se tiró al agua.

Los tres que quedaban, se acercaron rápidamente y observaron el remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista perdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último de todos se levantó, se compuso la ropa, apartóse el pelo de la frente, caminó con sueño aún, y se tiró al agua.

Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al agua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si recordaran algo, para olvidarse enseguida. Así habían desaparecido todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los de los demás buques. Esto es todo.

Nos quedamos mirando al raro hombre con explicable curiosidad.

–¿Y usted no sintió nada? –le preguntó mi vecino de camarote.

– Sí; un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es éste: en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a toda costa contra lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aun los marineros sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los centinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban.

Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Poco después el narrador se retiraba a su camarote. El capitán lo siguió un rato de reojo.

–¡Farsante! –murmuró.

–Al contrario –dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su tierra–. Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y se hubiera tirado también al agua.

Autor del

cuento

: Horacio Quiroga

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el diario parte 1

Enviado por maxximo  

12/02/1913
en aquella noche era difícil saber quien era, quería ver mi luz pero era difícil, tenia que entrar en una cabaña, de quien sea pero una cabaña, me pregunte¿sera bueno hacerlo? era obviamente que lo tenia que hacer pero después sucedió lo peor.....
En esa noche no podía dejar de tener pesadillas, el frió, el temblor de las ventanas, pero que por fin dormí....
Después de que me dormí soñé algo extraño alguien me hablaba pero no entendía, quería saber si era un recuerdo pero de escalofríos me llene,
temía que algo raro iba a suceder, pero no, no sucedió nada. pase la noche hay y al amanecer encontré una ciudad completamente desolada, dije "hola.... hola", nadie respondía de ese aquel momento y me fui al bosque a pasar todo el día tomando aire fresco me dormí y por fin descanse bien.
22/03/1913
En esta noche me encuentro solo no e encontrado a nadie,¡tengo miedo!
no se que hacer no puedo entender lo que pasa ¿donde están todos? porque me dejaron, esto es enserio tengo miedo la verdad.
me desahogo con este pedazo de lápiz y de libro quiero entender,
¿porque yo y no otra persona?
¡odio esto!
25/03/1913
¡bueno!
me encontré solo ya un mes pero solo tendré que averiguar una cosa
ya me revele y quiero saber que pasa
y la verdad una lucha me va a llegar pero solo quiero responder mi pregunta
¿que pasa?

continuara.......

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CUENTO DE ESPANTO

Violó la cripta a medianoche. Halló su propio cadáver en el sarcófago..

Autor del

cuento

: José Emilio Pacheco

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VALERIA LA MALDITA

Valeria era una excéntrica joven, que no creía en lo paranormal. En clase, un grupo de jóvenes que si creían en eso, estaban hablando sobre temas de fantasmas y todo eso. Valeria los miraba por encima del hombro;como si fueran bichos raros.Una chica del grupo se percató de la mirada de asco de Valeria, y se acercó a ella.

¿De verdad creéis en esas cosas?

En la sierra murió un hombre, y se dice que su alma no descansa en paz.
¿Te apuntas a venir con nosotros, y compruebas la veracidad de la existéncia de los fantasmas?

Claro. Pringada, no sé si me das miedo tú con esa cara de loca. Le respondió Valeria con frialdad.

Por la noche, Valeria y el grupo de chicos, fueron a la sierra, y allí se adentraron en un sitio apartado de las casas de los que por allí vivían.

Uno de ellos, se sacó de la mochila, una ouija y una copa. La puso en el
suelo, e invitó a Valeria y a sus amigos, a poner los dedos sobre la copa que se encontraba boca abajo. Una chica dijo:

Espíritus en pena, presentaos ante nosotros, y haced creer a la incrédula Valeria. Yo os convoco desde el mundo de los vivos, hasta la penumbra de los lagos de fuego.

Valeria sin quitar el dedo de la copa, miraba a la chica con desprecio.

Esto es una estupidez, dejémoslo ya, ¿creéis que me voy a asustar por esto, panda de frikis?

De repente un viento fuerte y frío, azotó la zona donde estaban: una luz resurgió del tablero, y una llama proveniente del centro del tablero, absorbió a Valeria. Los demás chicos y chicas, salieron corriendo de allí, como alma que lleva el diablo.

Seis meses después, ese grupo volvió al lugar de los hechos y entre un árbol, apareció Valeria, pero estaba quemada, con los ojos rojos intensos, su pelo mojado, y sus ropas echas jirones. Valeria se llevó al infierno a los chicos y chicas del grupo, que vieron como la ouija se la tragó. Los espíritus caprichosos, hicieron de Valeria, un alma en pena, que defiende la existencia de los muertos y quién se atreva a insultar su memoria, se verá sumergido en un tormento perpétuo.

Autor del

cuento

: Samuel Night

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BUITRES

Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra.
Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.

-Estoy indefenso -le dije- vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.

-No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.

-¿Le parece? -pregunté- ¿quiere encargarse del asunto?

-Encantado -dijo el señor- ; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?

- No sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí -: por favor, pruebe de todos modos.

-Bueno- dijo el señor- , voy a apurarme.

El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.

Autor del

cuento

: Franz Kafka

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SOMBRA

Sí, aunque marcho por el valle de la Sombra. (Salmo de David, XXIII)

Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.

El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en las meditaciones de la humanidad.

En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un noble palacio, nos hallábamos una noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrellas y las desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podían ser excluidos. Estábamos rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por, sobre todo, ese terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso muerto nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas de hierro que iluminaban nuestra orgía. Alzándose en altas y esbeltas líneas de luz, continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la redonda mesa de ébano a la cual nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio rostro y el inquieto resplandor en las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a nuestro modo -lleno de histeria-, y cantábamos las canciones de Anacreonte -llenas de locura-, y bebíamos copiosamente, aunque el purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en la persona del joven Zoilo. Muerto y amortajado yacía tendido cuan largo era, genio y demonio de la escena. ¡Ay, no participaba de nuestro regocijo! Pero su rostro, convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Mas aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del muerto estaban fijos en mí, me obligaba a no percibir la amargura de su expresión, y mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta y sonora las canciones del hijo de Teos.

Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre las tenebrosas colgaduras de la cámara, se debilitaron hasta volverse inaudibles y se apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la sombra de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena vista sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si recuerdo bien, se alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al ver cómo la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que bajamos los ojos y miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos, hablando en voz muy baja, pregunté a la sombra cuál era su morada y su nombre. Y la sombra contestó: «Yo soy SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte.»

Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos muertos.

Autor del

cuento

: Edgar Allan Poe

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LA MUERTE Y EL DESDICHADO

Un Desdichado llamaba todos los días en su ayuda a la Muerte. “¡Oh Muerte! exclamaba: ¡cuán agradable me pareces! Ven pronto y pon fin a mis infortunios.” La Muerte creyó que le haría un verdadero favor, y acudió al momento. Llamó a la puerta, entró y se le presentó. “¿Qué veo? exclamó el Desdichado; llevaos ese espectro; ¡cuán espantoso es! Su presencia me aterra y horroriza. ¡No te acerques, oh Muerte! ¡Retírate pronto!”
Mecenas fue hombre de gusto; dijo en cierto pasaje de sus obras: “Quede cojo, manco, impotente, gotoso, paralítico; con tal de que viva, estoy satisfecho. ¡Oh Muerte! ¡No vengas nunca!”
Todos decimos lo mismo.

Autor del

cuento

: Jean de la Fontaine

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INFERNALIA

Anoche no soñé. Despierto, comprendí que estaba en el infierno y ustedes eran los demonios.

Autor del

cuento

: José Emilio Pacheco

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