EL GIRASOL Y LA ENCINA 

En un valle delicioso,
a la luz del Sol naciente,
alzaba altivo la frente
un girasol orgulloso;
y de allí no muy distante,
en esa misma pradera,
junto a la verde ribera
de un arroyo murmurante,
una encina se miraba
tan pequeña todavía,
que casi se confundía
con la yerba que brotaba.
Contemplóla el girasol,
y extendiendo hojas y flores
al recibir los fulgores
y las caricias del Sol,
le dijo con fatuidad:
—¿Cómo te llamas, vecina?
—Soy la planta de la encina.
—Me estás causando piedad:
¡tres años llevas de ver
del Sol la magnificencia,
y no has podido crecer!
Te falta el aliento mío:
yo nací en la primavera,
y orgullo de la pradera
me ha contemplado el estío;
tú eres un pobre retoño.
—No estés, por Dios, tan ufano-
le dijo la encina;—hermano,
tú no has de ver el otoño.
Aunque estoy junto del suelo,
aunque comienzo a vivir,
he mirado ya morir
a tu padre y a tu abuelo.
Y cien años pasarán,
y cuando ya de tu gloria
no quede ni la memoria,
los viajeros me verán
llena de savia y de vida,
llena de regia hermosura,
coronada de verdura
y por el viento mecida.

El girasol vanidoso,
sus palabras al oír,
no sabiendo qué decir
permaneció silencioso.

Al fin el otoño frío
con sus rigores llegó,
y el girasol se inclinó
triste, marchito y sombrío.

Y al mirarlo agonizante,
la encina le repetía:
Gloria alcanzada en un día,
no dura más que un instante.

Autor del cuento: José Rosas Moreno

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