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EL RELATO ES VERÍDICO REAL NARRADO... 

Enviado por gabl   Seguir

14 Mayo 2017, 21:48

El relato es verídico, real. Narrado, por mi amiga de años, de la
infancia. Separados por la distancia. Nos veíamos ocasionalmente cada
tres o cinco años que ella venía a la capital. Aunque yo en algunas
ocasiones visité su ciudad de residencia, pero no sabía dónde
buscarla. Había perdido toda pista. Después de casi una década y
gracias a la tecnología nos contactamos a través de las redes
sociales. Y así planificamos reencontrarnos en su terruño.

Acordamos almorzar el mismo día que arribé a su ciudad. Apenas me dio
tiempo de tomar un baño, vestirme ligeramente y salir a su encuentro.
No fue difícil reconocernos. Como cambió su aspecto físico!, de una
esbeltez de modelo pasó a ser casi obesa, lo cual contrastaba con su
baja estatura, mas no su belleza, sus rasgos europeos heredados de su
padre, un inmigrante italiano que se quedó en Venezuela, destacaban en
su rostro cuidadosamente maquillado. Con toques rosado pálido
resaltando el contorno de sus ojos. Se atrevió a preguntarme como
estaba mi salud, que pese a mi edad, me veía atractivo… -”no te
sonrojes, que no te voy a seducir, es decir, somos como hermanos”
-dijo ella. Abrazándome nuevamente besó mis mejillas dejando estampado
el rojo carmesí de la pintura que cubría sus finos labios.
Envolviendo mi faz en una rica y suave fragancia que emanaba de su
cuerpo, que recordaba maderas aromáticas y dejaba un grato aroma
silvestre.

Transcurrió el almuerzo. Salimos a pasear. A enseñarme las
construcciones nuevas, centros comerciales, urbanizaciones, hoteles,
sitios de diversión, etc.

Dos días después, en vista que debía regresar a mi casa situada a
750 kilómetros de esta hermosa ciudad, habíamos decidido encontrarnos
en el puerto. Nos sentamos a orillas del mar, en plena arena. Se quitó
los lentes oscuros y sus ojos verdes grisáceos se dilataron al recibir
la luz solar, al tiempo que brotaban algunas lágrimas. Al pronunciar
mi nombre, sentí un dejo de tristeza en sus palabras. -“Tengo que
contarte de mí desordenada vida, sólo busco que alguien me entienda,
que no me juzgue ni condene mis actos. Es la parte oscura que cada ser
ocultamos y castiga pesadamente la conciencia, atormenta nuestros
corazones y nuestros sentimientos”.


Tornó su mirada al mar y pausadamente inició su relato al tiempo que
las olas en su vaivén rompían en la orilla dibujando caprichosas
figuras que desaparecían al sumirse en la húmeda arena.


-Hoy cuando estoy arribando a 62 años de edad de intensa vida plena
de placeres de la carne, desde mis 14 años, nada me asombra en esta
era del siglo XXI. Quien se queje de no tener pareja, de no saber
disfrutar del sexo, de no tener sexo a plenitud, no ha vivido para
vivir gozando del amor que en el diario transitar de nuestras días nos
podemos brindar los seres humanos.



-Que te pueden dañar las críticas de aquellos que están pendientes de
los actos del vecino, o tus mejores amigos que a tu espalda te llaman
perra, bicha y todos los epítetos que se le vengan a su pervertida
mente.

-Sí, pervertidos- dijo enfáticamente- porque se imaginan y comentan
situaciones que yo no haya realizado o cometido. Mi pecado es ser
apasionada, ver el sexo desde otro ángulo. Compartirlo con mi pareja.
Saciarme… Complacerme, complacer. Y por sobre todo dar amor, caricias,
posiciones atrevidas y sólo practicadas en la intimidad de mí ser
ocultas a los ojos y curiosidad de mi círculo social.

-Confieso que soy infiel, siendo fiel a mis deseos, a mis
necesidades, a mi cuerpo. Tenía sexo a mi antojo, en cualquier lugar,
en un apartado rincón, en el carro. Así vivía mi pasión. Envolvía y
apasionaba a mis compañeros de turno. Y así los corría de mi entorno.
Nunca le fui fiel a ninguno. Y gracias a mi posición económica y
social me temían. Mi ritmo libidinoso no lo soportaban por más fuertes
que aparentaban ser. Por dos o tres meses duraban mis parejas. De
relaciones consecuentes se convertían en esporádicas. No me gustaba
que me acosaran, que me celaran, ni muchos menos que se sintieran
dueños de mí. Tampoco aceptaba imposiciones humillantes y machistas.

- Me casé tres veces. Mi primer matrimonio duró un año. El segundo
siete meses y el tercero, ya por nuestra edad, llevamos diez años. Y
por el poco interés que tiene mi compañero por las relaciones
sexuales.

-A mi esposo le disuelvo una pastilla azul y así lo animo… Yo sigo
buscando. Tengo mis amantes secretos y mis fantasías.


-Mis esclavos sexuales!.

-Vivo mi vida y vivo el amor ocasional!



-Y quiero vivir, hasta que mi cuerpo me dé la señal. Y yo comprenda
que la vida no me dará más oportunidades, que llegó la hora final.

-Lamento no haber tenido hijos, así pasaría las tardes con mis
nietos. Tal vez contándoles las travesuras de sus padres, asumiendo mi
nuevo estado.

-Ser Abuela, para consentir y evocar en mis años dorados, la demencia y
el apetito sexual que mis años de juventud y madurez me brindaron a
plenitud.

-Y asumir con dignidad que estoy transitando por la etapa o la era que
me marcó y dejó huellas del diario batallar, que ahora la tercera
edad me obliga al retiro carnal y del pecado”.




Nos despedimos abrazándonos muy suavemente mientras sus lágrimas
mojaban mi hombro derecho. Sin palabras, nos miramos a los ojos, y
sellamos nuestra separación con un beso que la obligó a abrazarme más
fuerte. Deslicé mi mano a lo largo de su brazo, como una suave caricia
que finalizó en la punta de sus dedos. Se dio vuelta y la vi
desaparecer entre los transeúntes que a esa hora caminaban
pausadamente entre los pasillos del Centro Comercial frente a los
locales de los negocios allí establecidos.

En mis manos quedó su aroma, su esencia y en mi mente su estampa que
jugaba con el eco de su voz.


Germán A Barrios Leal
Enero 2012

Este relato es verídico, muy crudo, contado con rabia reprimida
y el arrepentimiento que le carcomía su alma, sus sentimientos. Le
pude convencer que no todo era maldad y pecado. Vivió su juventud y le dio a su cuerpo lo que le pidió. Hoy ha pasado más de un año, su arrepentimiento ha ido quedando en el pasado pero sé que nunca podrá olvidar sus actos...
El Autor.







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