18 Cuentos de amor 

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LOS OJOS SOMBRÍOS

Después de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pude evitar asistir a un baile. Hallábame hacía largo rato sentado y aburrido en exceso, cuando Julio Zapiola, viéndome allí, vino a saludarme. Es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad de carácter. Lo había estimado muchos años atrás, y entonces volvía de Europa, después de larga ausencia.

Así nuestra charla, que en otra ocasión no hubiera pasado de ocho o diez frases, se prolongó esta vez en larga y desahogada sinceridad. Supe que se había casado; su mujer estaba allí mismo esa noche. Por mi parte, lo informé de mi noviazgo con Elena—y su reciente ruptura. Posiblemente me quejé de la amarga situación, pues recuerdo haberle dicho que creía de todo punto imposible cualquier arreglo.

—No crea en esas sacudidas—me dijo Zapiola con aire tranquilo y serio.—Casi nunca se sabe al principio lo que pasará o se hará después. Yo tengo en mi matrimonio una novela infinitamente más complicada que la suya; lo cual no obsta para que yo sea hoy el marido más feliz de la tierra. Oigala, porque a usted podrá serle de gran provecho. Hace cinco años me vi con gran frecuencia con Vezzera, un amigo del colegio a quien había querido mucho antes, y sobre todo él a mí. Cuanto prometía el muchacho se realizó plenamente en el hombre; era como antes inconstante, apasionado, con depresiones y exaltamientos femeniles. Todas sus ansias y suspicacias eran enfermizas, y usted no ignora de qué modo se sufre y se hace sufrir con este modo de ser.

Un día me dijo que estaba enamorado, y que posiblemente se casaría muy pronto. Aunque me habló con loco entusiasmo de la belleza de su novia, esta apreciación suya de la hermosura en cuestión no tenía para mí ningún valor. Vezzera insistió, irritándose con mi orgullo.

—No sé qué tiene que ver el orgullo con esto—le observé.

—¡Si es eso! Yo soy enfermizo, excitable, expuesto a continuos mirajes y debo equivocarme siempre. ¡Tú, no! ¡Lo que dices es la ponderación justa de lo que has visto!

—Te juro…

—¡Bah; déjame en paz!—concluyó cada vez más irritado con mi tranquilidad, que era para él otra manifestación de orgullo. Cada vez que volví a verlo en los días sucesivos, lo hallé más exaltado con su amor. Estaba más delgado, y sus ojos cargados de ojeras brillaban de fiebre.

—¿Quiere hacer una cosa? Vamos esta noche a su casa. Ya le he hablado de ti. Vas a ver si es o no como te he dicho.

Fuimos. No sé si usted ha sufrido una impresión semejante; pero cuando ella me extendió la mano y nos miramos, sentí que por ese contacto tibio, la espléndida belleza de aquellos ojos sombríos y de aquel cuerpo mudo, se infiltraba en una caliente onda en todo mi ser.

Cuando salimos, Vezzera me dijo:

—¿Y?… ¿es como te he dicho?

—Sí—le respondí.

—¿La gente impresionable puede entonces comunicar una impresión conforme a la realidad?

—Esta vez, sí—no pude menos de reirme.

Vezzera me miró de reojo y se calló por largo rato.

—¡Parece—me dijo de pronto—que no hicieras sino concederme por suma gracia su belleza!

—¿Pero estás loco?—le respondí.

Vezzera se encogió de hombros como si yo hubiera esquivado su respuesta. Siguió sin hablarme, visiblemente disgustado, hasta que al fin volvió otra vez a mí sus ojos de fiebre.

—De veras, de veras me juras que te parece linda?

—¡Pero claro, idiota! Me parece lindísima; ¿quieres más?

Se calmó entonces, y con la reacción inevitable de sus nervios femeninos, pasó conmigo una hora de loco entusiasmo, abrasándose al recuerdo de su novia.

Fuí varias veces más con Vezzera. Una noche, a una nueva invitación, respondí que no me hallaba bien y que lo dejaríamos para otro momento. Diez días más tarde respondí lo mismo, y de igual modo en la siguiente semana. Esta vez Vezzera me miró fijamente a los ojos:

—¿Por qué no quieres ir?

—No es que no quiera ir, sino que me hallo hoy con poco humor para esas cosas.

—¡No es eso! ¡Es que no quieres ir más!

—¿Yo?

—Sí; y te exijo como a un amigo, o como a ti, que me digas justamente esto: ¿Por qué no quieres ir más?

—¡No tengo ganas!… ¿Te gusta?

Vezzera me miró como miran los tuberculosos condenados al reposo, a un hombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya se precipitaba su tisis.

Se observó en seguida las manos sudorosas, que le temblaban.

—Hace días que las noto más flacas… ¿Sabes por qué no quieres ir más? ¿Quieres que te lo diga?

Tenía las ventanas de la nariz contraídas, y su respiración acelerada le cerraba los labios.

—¡Vamos! No seas… cálmate, que es lo mejor.

—¡Es que te lo voy a decir!

—¿Pero no ves que estás delirando, que estás muerto de fiebre?—le interrumpí. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empujé cariñosamente.

—Acuéstate un momento… estás mal.

Vezzera se recostó en mi cama y cruzó sus dos manos sobre la frente.

Pasó un largo rato en silencio. De pronto me llegó su voz, lenta:

—¿Sabes lo que te iba a decir?… Que no querías que María se enamorara de ti… Por eso no ibas.

—¡Qué estúpido!—me sonreí.

—Sí, estúpido! ¡Todo, todo lo que quieras!

Quedamos mudos otra vez. Al fin me acerqué a él.

—Esta noche vamos—le dije.—¿Quieres?

—Sí, quiero.

Cuatro horas más tarde llegábamos allá. María me saludó como si hubiera dejado de verme el día anterior, sin parecer en lo más mínimo preocupada de mi larga ausencia.

—Pregúntale siquiera—se rió Vezzera con visible afectación—por qué ha pasado tanto tiempo sin venir.

María arrugó imperceptiblemente el ceño, y se volvió a mí con risueña sorpresa:

—¡Pero supongo que no tendría deseo de visitarnos!

Aunque el tono de la exclamción no pedía respuesta, María quedó un instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba con los ojos.

—Aunque deba avergonzarme eternamente—repuse—confieso que hay algo de verdad…

—¿No es verdad?—se rió ella.

Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatación de las narices de Vezzera, conocí su tensión de nervios.

—Dile que te diga—se dirigió a María—por qué realmente no quería venir.

Era tan perverso y cobarde el ataque, que lo miré con verdadera rabia. Vezzera afectó no darse cuenta, y sostuvo la tirante expectativa con el convulsivo golpeteo del pie, mientras María tornaba a contraer las cejas.

—¿Hay otra cosa?—se sonrió con esfuerzo.

—Sí, Zapiola te va a decir…

—¡Vezzera!—exclamé.

—… Es decir, no el motivo suyo, sino el que yo le atribuía para no venir más aquí… ¿sabes por qué?

—Porque él cree que usted se va a enamorar de mí—me adelanté, dirigiéndome a María.

Ya antes de decir esto, vi bien claro la ridiculez en que iba a caer; pero tuve que hacerlo. María soltó la risa, notándose así mucho más el cansancio de sus ojos.

—¿Sí? ¿Pensabas eso, Antenor?

—No, supondrás… era una broma—se rió él también.

La madre entró de nuevo en la sala, y la conversación cambió de rumbo.

—Eres un canalla—me apresuré a decirle en los ojos a Vezzera, cuando salimos.

—Sí—me respondió mirándome claramente.—Lo hice a propósito.

—¿Querías ridiculizarme?

—Sí… quería.

—¿Y no te da vergüenza? ¿Pero qué diablos te pasa? ¿Qué tienes contra mí?

No me contestó, encogiéndose de hombros.

—¡Anda al demonio!—murmuré. Pero un momento después, al separarme, sentí su mirada cruel y desconfiada fija en la mía.

—¿Me juras por lo que más quieras, por lo que quieras más, que no sabes lo que pienso?

—No—le respondí secamente.

—¡No mientes, no estás mintiendo?

—No miento.

Y mentía profundamente.

—Bueno, me alegro… Dejemos esto. Hasta mañana. ¿Cuándo quieres que volvamos allá?

—¡Nunca! Se acabó.

Vi que verdadera angustia le dilataba los ojos.

—¿No quieres ir más?—me dijo con voz ronca y extraña.

—No, nunca más.

—Como quieras, mejor… No estás enojado, ¿verdad?

—¡Oh, no seas criatura!—me reí.

Y estaba verdaderamente irritado contra Vezzera, contra mí…

Al día siguiente Vezzera entró al anochecer en mi cuarto. Llovía desde la mañana, con fuerte temporal, y la humedad y el frío me agobiaban. Desde el primer momento noté que Vezzera ardía en fiebre.

—Vengo a pedirte una cosa—comenzó.

—¡Déjate de cosas!—interrumpí.—¿Por qué has salido con esta noche? ¿No ves que estás jugando tu vida con esto?

—La vida no me importa… dentro de unos meses esto se acaba… mejor. Lo que quiero es que vayas otra vez allá.

—¡No! ya te dije.

—¡No, vamos! ¡No quiero que no quieras ir! ¡Me mata esto! ¿Por qué no quieres ir?

—Ya te he dicho: ¡no-qui-e-ro! Ni una palabra más sobre esto, ¿oyes?

La angustia de la noche anterior tornó a desmesurarle los ojos.

—Entonces—articuló con voz profundamente tomada—es lo que pienso, lo que tú sabes que yo pensaba cuando mentiste anoche. De modo… Bueno, dejemos, no es nada. Hasta mañana.

Lo detuve del hombro y se dejó caer en seguida en la silla, con la cabeza sobre sus brazos en la mesa.

—Quédate—le dije.—Vas a dormir aquí conmigo. No estés solo.

Durante un rato nos quedamos en profundo silencio. Al fin articuló sin entonación alguna:

—Es que me dan unas ganas locas de matarme…

—¡Por eso! ¡Quédate aquí!… No estés solo.

Pero no pude contenerlo, y pasé toda la noche inquieto.

Usted sabe qué terrible fuerza de atracción tiene el suicidio, cuando la idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos. Habría sido menester que a toda costa Vezzera no estuviera solo en su cuarto. Y aún así, persistía siempre el motivo.

Pasó lo que temía. A las siete de la mañana me trajeron una carta de Vezzera, muerto ya desde cuatro horas atrás. Me decía en ella que era demasiado claro que yo estaba enamorado de su novia, y ella de mí. Que en cuanto a María, tenía la más completa certidumbre y que yo no había hecho sino confirmarle mi amor con mi negativa a ir más allá. Que estuviera yo lejos de creer que se mataba de dolor, absolutamente no. Pero él no era hombre capaz de sacrificar a nadie a su egoísta felicidad, y por eso nos dejaba libre a mí y a ella. Además, sus pulmones no daban más… era cuestión de tiempo. Que hiciera feliz a María, como él hubiera deseado…, etc.

Y dos o tres frases más. Inútil que le cuente en detalle mi turbación de esos días. Pero lo que resaltaba claro para mí en su carta—para mí que lo conocía—era la desesperación de celos que lo llevó al suicidio. Ese era el único motivo; lo demás: sacrificio y conciencia tranquila, no tenía ningún valor.

En medio de todo quedaba vivísima, radiante de brusca felicidad, la imagen de María. Yo sé el esfuerzo que debí hacer, cuando era de Vezzera, para dejar de ir a verla. Y había creído adivinar también que algo semejante pasaba en ella. Y ahora, ¡libres! sí, solos los dos, pero con un cadáver entre nosotros.

Después de quince días fuí a su casa. Hablamos vagamente, evitando la menor alusión. Apenas me respondía; y aunque se esforzaba en ello, no podía sostener mi mirada un solo momento.

—Entonces,—le dije al fin levantándome—creo que lo más discreto es que no vuelva más a verla.

—Creo lo mismo—me respondió.

Pero no me moví.

—¿Nunca más?—añadí.

—No, nunca… como usted quiera—rompió en un sollozo, mientras dos lágrimas vencidas rodaban por sus mejillas.

Al acercarme se llevó las manos a la cara, y apenas sintió mi contacto se estremeció violentamente y rompió en sollozos. Me incliné detrás de ella y le abracé la cabeza.

—Sí, mi alma querida…¿quieres? Podremos ser muy felices. Eso no importa nada…¿quieres?

—¡No, no!—me respondió—no podríamos… no, ¡imposible!

—¡Después, sí, mi amor!… ¿Sí, después?

—¡No, no, no!—redobló aún sus sollozos.

Entonces salí desesperado, y pensando con rabiosa amargura que aquel imbécil, al matarse, nos había muerto también a nosotros dos.

Aquí termina mi novela. Ahora, ¿quiere verla?

—¡María!—se dirigió a una joven que pasaba del brazo.—Es hora ya; son las tres.

—¿Ya? ¿las tres?—se volvió ella.—No hubiera creído. Bueno, vamos. Un momentito.

Zapiola me dijo entonces:

—Ya ve, amigo mío, como se puede ser feliz después de lo que le he contado. Y su caso… Espere un segundo.

Y mientras me presentaba a su mujer:

—Le contaba a X cómo estuvimos nosotros a punto de no ser felices.

La joven sonrió a su marido, y reconocí aquellos ojos sombríos de que él me había hablado, y que como todos los de ese carácter, al reir destellan felicidad.

—Sí,—repuso sencillamente—sufrimos un poco…

—¡Ya ve!—se rió Zapiola despidiéndose.—Yo en lugar suyo volvería al salón.

Me quedé solo. El pensamiento de Elena volvió otra vez; pero en medio de mi disgusto me acordaba a cada instante de la impresión que recibió Zapiola al ver por primera vez los ojos de María.

Y yo no hacía sino recordarlos.

Autor del cuento: Horacio Quiroga

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LA MUERTE DE ISOLDA

Concluía el primer acto de Tristán e Isolda. Cansado de la agitación de ese día, me quedé en mi butaca, muy contento de mi soledad. Volví la cabeza a la sala, y detuve en seguida los ojos en un palco bajo.

Evidentemente, un matrimonio. Él, un marido cualquiera, y tal vez por su mercantil vulgaridad y la diferencia de años con su mujer, menos que cualquiera. Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas que más que en el rostro -aun bien hermoso- residen en la perfecta solidaridad de mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos. Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser en lo más mínimo provocativa; y esto es precisamente lo que no entenderán nunca las mujeres.

La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, y porque cuando el hombre está así en tensión de aspirar fijamente un cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos. Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestras miradas se cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquella mirada vagando por uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, al sentirla directamente apoyada en mí, el más adorable sueño de amor que haya tenido nunca.

Fue aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi largo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí. Fue asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante su marido, el más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra vez, pero en ese instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba hacia allá, y, después de un momento de inmovilidad por ambas partes, se, saludaron.

Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un hombre feliz, y observé a mi compañero. Era un hombre de más de treinta y cinco años, de barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura, que expresaba inequívoca voluntad.

— Se conocen -me dije- y no poco.

En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había vuelto a apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabeza un poco echada atrás, y en la penumbra, lo miraba también. Me pareció más pálida aún. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del mundo en aquella recta paralela de alma a alma que los mantenía inmóviles.

Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Pero antes de concluir aquél, salió por el pasillo lateral. Miré al palco, y ella también se había retirado.

— Final de idilio -me dije melancólicamente.

El no volvió más, y el palco quedó vacío.



(........)

— Sí, se repiten -sacudió largo rato la cabeza-. Todas las situaciones dramáticas pueden repetirse, aun las más inverosímiles, y se repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho... Y las de su Tristán también, lo que no obsta para que haya allí el más sostenido alarido de pasión que haya gritado alma humana. Yo quiero tanto como usted esa obra, y acaso más. No me refiero, querrá creer, al drama de Tristán, y con él las treinta y seis situaciones del dogma, fuera de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como una pesadilla, los personajes que sufren la alucinación de una dicha muerta, es otra cosa. Usted asistió al preludio de una de esas repeticiones... Sí, ya sé que se acuerda... No nos conocíamos con usted entonces... ¡Y precisamente a usted debía de hablarle de esto! Pero juzga mal lo que vio y creyó un acto mío feliz... ¡Feliz!... oigame. El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo más... Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo que era yo entonces -en lo bueno únicamente, por suerte-. Y segundo, por que usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla, después de lo que va a oír. Oígame: La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fui su novio hice cuanto estuvo en mí para que fuera mía. La quería mucho, y ella, inmensamente a mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante mi amor, privado de tensión, se enfrió.

Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba con la dicha de poseer mi nombre, yo vivía en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear con muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.

Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a un extremo tal, que me exasperé v la pretendí seriamente. Pero si mi persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a prometerle el tren necesario, y me lo dio a entender claramente. Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia, flirteé con una amiga suya, mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estas torturas del téte-à-téte a diez centímetros, cuya gracia exclusiva consiste en enloquecer a su flirt, manteniéndose uno dueño de sí. Y esta vez no fui yo quien se exasperó.

Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con Inés. Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el amortiguamiento de mi pasión, su amor era demasiado grande para no iluminarle los ojos de felicidad cada vez que me veía llegar. La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba, habría cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de subir con su hija a una esfera mucho más alta.

Una noche fui allá dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo mismo. Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.

— ¿Qué tienes? -me dijo.

— Nada -le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Ella dejó hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistentemente. Al fin apartó los ojos contraídos y entramos en la sala.

La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo un momento y desapareció.

Romper es palabra corta y fácil; pero comenzarlo...

Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la mano de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.

— ¡Es evidente!... -murmuró.

— ¿Qué?-le pregunté fríamente.

La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostro se demudó:

—¡Que ya no me quieres! -articuló en una desesperada y lenta oscilación de cabeza.

— Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo -respondí. No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo. Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartándome bruscamente la mano con el cigarro, su voz se rompió:

— ¡Esteban!

— ¿Qué? -torné a repetir.

Ésta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás ex el sofá, manteniendo fija en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento después su cara caía de costado bajo el brazo crispado al respaldo.

Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud -no veía en ella más que injusticia- acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso cuando oí, o más bien sentí, que las lágrimas brotaban al fin, me levanté con un violento chasquido de lengua.

— Yo creía que no íbamos a tener más escenas -le dije paseándome.

No me respondió, y agregué:

— Pero que sea ésta la última.

Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió un momento después:

— Como quieras.

Pero en seguida cayó sollozando sobre el sofá:

— ¡Pero qué te he hecho! ¡Qué te he hecho!

— ¡Nada! -le respondí-. Pero yo tampoco te he hecho nada a ti... Creo que estamos en el mismo caso. ¡Estoy harto de estas cosas!

Mi voz era seguramente mucho más dura que mis palabras. Inés se incorporó, y sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada:

— Como quieras.

Era una despedida. Yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor propio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder:

— Perfectamente... Me voy. Que seas más feliz... otra vez.

No comprendió, y me miró con extrañeza. Yo había ya cometido la primera infamia; y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más aún.

— ¡Es claro! -apoyé brutalmente-. Porque de mí no has tenido queja .... ¿no?

Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme agradecida.

Comprendió más mi sonrisa que mis palabras, y mientras yo salía a buscar mi sombrero en el corredor, su cuerpo y su alma entera se desplomaban en la sala.

Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí intensamente lo que acababa de hacer. Aspiración de lujo, matrimonio encumbrado, todo me resaltó como una llaga en mi propia alma. Y yo, que me ofrecía en subasta a las mundanas feas con fortuna, que me ponía en venta, acababa de cometer el acto más ultrajante con la mujer que nos ha querido demasiado... Flaqueza en el Monte de los Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin: ansia de sacrificio, de reconquista más alta del propio valer. Y luego la inmensa sed de ternura, de borrar beso tras beso las lágrimas de la mujer adorada, cuya primera sonrisa tras la herida que le hemos causado es la más bella luz que pueda inundar un corazón de hombre.

¡Y concluido! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo que acababa de ultrajar de ese modo: ya no,era digno de ella, ni la merecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombre alguno ha ya sentido sobre sí, y acababa de perder con Inés la irreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entrañablemente.

Desesperado, humillado, crucé por delante de la sala, y la vi, echada sobre el sofá, sollozando el alma entera, entre sus brazos.

¡Inés! ¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor, sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi, me detuve.

— ¡Inés! -dije.

Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notarlo bien, porque su alma sintió, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le hacía mi amor -¡esa vez, sí, inmenso amor!

— No, no... -me respondió-. -¡Es demasiado tarde!



(......)

Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más seca y tranquila que la de sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podía apartar de mi memoria aquella adorable belleza del palco, sollozando sobre el sofá...

— Me creerá -reanudó Padilla- si le digo que en mis insomnios de soltero descontento de sí mismo la he tenido así ante mí... Salí enseguida de Buenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran fortuna... Volví a los ocho años, y supe- entonces que se había casado, a los seis meses de haberme ido y Torné a alejarme, y hace un mes regresé, bien tranquilizado ya, y en paz.

No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo el encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre hecho que después amó cien veces... Si usted es querido alguna vez como yo lo fui, y ultraja como yo lo hice, comprenderá, toda la pureza que hay en mi recuerdo.

Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en el teatro... Comprendí, al ver al opulento almacenero de su marido, que se había precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali... Pero al verla otra vez, a veinte metros de mí, mirándome, sentí que en mi alma, dormida en paz, surgía sangrando la desolación de haberla perdido, como si no hubiera pasado un solo día de esos diez años. ¡Inés! Su hermosura, su mirada -única entre todas las mujeres-, habían sido mías, bien mías, porque me habían sido entregadas con adoración. También apreciará usted esto algún día.

Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas tratando de concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa partitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama viva lo que quería olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más y volví la cabeza. Ella también sufría la sugestión de Wagner, y me miraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto su boca, sus manos, estuvieron bajo mi boca y mis,ojos, y durante ese-tiempo ella concentró en su palidez la sensación de esa dicjla muerta hacía diez años. ¡Y Tristán siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana, sobre nuestra felicidad yerta!

Me levanté entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, y avancé por el pasillo aproximándome ella sin verla, sin que me viera, como si durante diez años no hubiera yo sido, un miserable... Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.

Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido. Como diez años antes sobre el sofá ella, Inés, tendida ahora en el diván del antepalco, sollozaba la pasión de Wagner y su felicidad deshecha.

¡Inés!.... Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo. ¡Diez años!... ¿Pero habían pasado? ¡No, no, Inés mía!

Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los sollozos, la llamé:

— ¡Inés!

Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me respondió bajo sus brazos:

— No, no... ¡Es demasiado tarde!...

Autor del cuento: Horacio Quiroga

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EL SOLITARIO

Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.

No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil—artista aún,—carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al transeunte de posición que podía haber sido su marido.

Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María deseaba una joya—¡y con cuánta pasión deseaba ella!—trabajaba de noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus chispas de brillante.

Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar las tareas del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del engarce. Pero cuando la joya estaba concluída—debía partir, no era para ella,—caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oir sus sollozos, y la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.

—Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti,—decía él al fin, tristemente.

Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en su banco.

Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a consolarla. ¡Consolarla! ¿de qué? Lo cual no obstaba para que Kassim prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.

Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda tranquilidad.

—¡Y eres un hombre, tú!—murmuraba.

Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.

—No eres feliz conmigo, María—expresaba al rato.

—¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz contigo? ¡Ni la última de las mujeres!… ¡Pobre diablo!—concluía con risa nerviosa, yéndose.

Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los labios apretados.

—Sí… ¡no es una diadema sorprendente!… ¿cuando la hiciste?

—Desde el martes—mirábala él con descolorida ternura—dormías de noche…

—¡Oh, podías haberte acostado!… ¡Inmensos, los brillantes!

Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba. Seguía el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, y apenas aderezada la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un ataque de sollozos.

—¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para halagar a su mujer! Y tú… y tú… ni un miserable vestido que ponerme, tengo!

Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede llegar a decir a su marido cosas increíbles.

La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus joyas, Kassim notó la falta de un prendedor—cinco mil pesos en dos solitarios.—Buscó en sus cajones de nuevo.

—¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.

—Sí, lo he visto.

—¿Dónde está?—se volvió extrañado.

—¡Aquí!

Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el prendedor puesto.

—Te queda muy bien—dijo Kassim al rato.—Guardémoslo.

María se rió.

—Oh, no! es mío.

—Broma?…

—Sí, es broma! ¡es broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría ser mío… Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.

Kassim se demudó.

—Haces mal… podrían verte. Perderían toda confianza en mí.

—¡Oh!—cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la puerta.

Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó y la guardó en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba sentada en la cama.

—¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Qué soy una ladrona!

—No mires así… Has sido imprudente, nada más.

—¡Ah! ¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide un poco de halago, y quiere… me llamas ladrona a mí! ¡Infame!

Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió.

Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante más admirable que hubiera pasado por sus manos.

—Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual.

Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre el solitario.

—Una agua admirable…—prosiguió él—costará nueve o diez mil pesos.

—Un anillo!—murmuró María al fin.

—No, es de hombre… Un alfiler.

A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer. Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante ante el espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.

—Si quieres hacerlo después…—se atrevió Kassim.—Es un trabajo urgente.

Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón.

—María, te pueden ver!

—Toma! ¡ahí está tu piedra!

El solitario, violentamente arrancado, rodó por el piso.

Kassim, lívido, lo recogió examinándolo, y alzó luego desde el suelo la mirada a su mujer.

—Y bueno, ¿por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra?

—No—repuso Kassim. Y reanudó en seguida su tarea, aunque las manos le temblaban hasta dar lástima.

Pero tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en plena crisis de nervios. El pelo se había soltado y los ojos le salían de las órbitas.

—¡Dame el brillante!—clamó.—¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí! ¡Dámelo!

—María…—tartamudeó Kassim, tratando de desasirse.

—¡Ah!—rugió su mujer enloquecida.—¡Tú eres el ladrón, miserable! ¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! Y creías que no me iba a desquitar… cornudo! ¡Ajá! Mírame… no se te había ocurrido nunca, ¿eh? ¡Ah!—y se llevó las dos manos a la garganta ahogada. Pero cuando Kassim se iba, saltó de la cama y cayó, alcanzando a cogerlo de un botín.

—¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío, Kassim miserable!

Kassim la ayudó a levantarse, lívido.

—Estás enferma, María. Después hablaremos… acuéstate.

—¡Mi brillante!

—Bueno, veremos si es posible… acuéstate.

—Dámelo!

La bola montó de nuevo a la garganta.

Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una seguridad matemática, faltaban pocas horas ya.

María se levantó para comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.

—Es mentira, Kassim—le dijo.

—¡Oh!—repuso Kassim sonriendo—no es nada.

—¡Te juro que es mentira!—insistió ella.

Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe cariño la mano.

—¡Loca! Te digo que no me acuerdo de nada.

Y se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre las manos, lo siguió con la vista.

—Y no me dice más que eso…—murmuró. Y con una honda náusea por aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fué a su cuarto.

No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vió luz en el taller; su marido continuaba trabajando. Una hora después, éste oyó un alarido.

—¡Dámelo!

—Sí, es para ti; falta poco, María—repuso presuroso, levantándose. Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo. A las dos de la mañana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillante resplandecía, firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fué al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la blancura helada de su camisón y de la sábana.

Fué al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el camisón desprendido.

Su mujer no lo sintió.

No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dura inmovilidad, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno desnudo, hundió, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler entero en el corazón de su mujer.

Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de párpados. Los dedos se arqueron, y nada más.

La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el solitario quedó por fin perfectamente inmóvil, pudo entonces retirarse, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido.

Autor del cuento: Horacio Quiroga

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EL ÁNGEL DE LOS NIÑOS

Cuenta una leyenda que a un angelito que estaba en el cielo, le tocó su turno de nacer como niño y le dijo un día a Dios:
- Me dicen que me vas a enviar mañana a la tierra. ¿Pero, cómo vivir? tan pequeño e indefenso como soy. - Entre muchos ángeles escogí uno para tí, que te está esperando y que te cuidará.
- Pero dime, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso basta para ser feliz. - Tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tú sentirás su amor y serás feliz.
- ¿Y cómo entender lo que la gente me habla, si no conozco el extraño idioma que hablan los hombres? - Tu ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar y con mucha paciencia y con cariño te enseñará a hablar.
-¿Y qué haré cuando quiera hablar contigo? - Tu ángel te juntará las manitas te enseñará a orar y podrás hablarme.
- He oído que en la tierra hay hombres malos. ¿Quién me defenderá? - Tu ángel te defenderá más aún a costa de su propia vida.
- Pero estaré siempre triste porque no te veré más Señor. - Tu ángel te hablará siempre de mí y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia, aunque yo siempre estaré a tu lado.

En ese instante, una gran paz reinaba en el cielo pero ya se oían voces terrestres, y el niño presuroso repetía con lágrimas en sus ojitos sollozando...
-¡Dios mío, si ya me voy dime su nombre!. ¿Cómo se llama mi ángel?
- Su nombre no importa, tu le dirás: Mamá.

Autor del cuento: Anónimo

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FIN DE BAILE

Acaban de bajar las luces del salón de baile. La banda comienza a tocar la última canción: una balada. Siempre odié la música lenta, pero ésta significa “te quiero”, y hay poco más que decir.
Nunca unos ojos me habían mirado así. Nunca había sentido mi cuerpo vibrar a cada nota, ni mis ojos mirar más fijos a algo.
Estas notas que envenenan el aire me han henchido el pecho, hiriendo mi alma de muerte. Me noto temblar cuando nuestras manos se unen, y sus enormes ojos azules se clavan como preciosas aristas de poliedros de amor en mi mente, en mi corazón, en mi recuerdo.
Mientras, suavemente, el cantante me demuestra que todo lo que ocurre es real, y por ello, estrecho mi lazo, atenazando mis brazos a su espalda, acercando su pecho al mío. Noto su respirar entrecortado en mi entrecortado respirar, y entre medias nuestros pechos, golpeados por nuestro revolucionado corazón. Sólo quiero que el pianista lea mi mente, y toque para siempre esta melodía, mientras hago de mis labios una extensión de sus labios. Cierro los ojos para soñar que este momento es una poesía en nuestros oídos o el sabor del azúcar glasé del dulce más lindo del mundo.
Cuando abro los ojos veo los suyos mirándome, pero tienen veinte años más. No existe el salón de baile, sólo queda en nuestro recuerdo. Y la canción suena en nuestras cabezas, recordándonos cada día cuánto nos queremos, y que lo que una vez fue sueño permanece siendo realidad.

Autor del cuento: Miguel Ángel Hurtado

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CANCIÓN DE LA BAILARINA

¡Oh tú, que danzarina me llamas, sabe hoy que no aprendí a danzar! Me encontraste juguetona y pequeña, danzando en el sendero y persiguiendo a mi sombra azul. Giraba como una abeja, y mis pies y mis cabellos, color de camino, se empolvaban con el polen de un polvo rubio.

Me viste venir de la fuente, meciendo el ánfora en mi cadera, mientras, al compás de mis pasos, sobre mi túnica saltaba el agua en redondas lágrimas, en serpientes de plata, en menudos cohetes rizados que ascendían, helados, hasta mi mejilla. Yo caminaba lenta, seria, mas llamaste danza a mis pasos. No mirabas mi rostro, seguías el movimiento de mis rodillas, el balanceo de mi talle, en la arena leías la forma de mis talones desnudos, la huella de mis dedos abiertos, que comparabas con la de cinco perlas desiguales.

Me dijiste: «Coge esas flores, persigue esa mariposa...» Llamabas danza a mi carrera, y cada reverencia de mi cuerpo inclinado sobre los claveles purpúreos, y el ademán, repetido en cada flor, de echar atrás, por encima de mi hombro, un chal resbaladizo.

En tu casa, sola entre tú y la alta llama de una lámpara, me dijiste: «¡Danza!» y no dancé...

Pero desnuda en tus brazos, sujeta a tu lecho por la cinta de fuego del placer, me llamaste, sin embargo, danzarina, al ver agitarse bajo mi piel, desde mi pecho ofrecido a mis pies crispados, la inevitable voluptuosidad.

Fatigada, anudé mis cabellos, y los contemplabas, dóciles, arrollados a mi frente como serpientes hechizadas por la flauta.

Abandoné tu casa mientras murmurabas: "La más hermosa de tus danzas no es cuando acudes corriendo, jadeante, poseída de un deseo irritado y atormentado ya, por el camino, el broche de tu vestido. Es cuando de mí te alejas, serena y con las rodillas temblorosas, y al alejarte me miras, tu barbilla en el hombro. Tu cuerpo me recuerda, oscila y titubea, me echan de menos tus caderas y tus senos me están agradecidos...Me miras, vuelta la cabeza, mientras tus pies adivinadores tantean y escogen su camino...

"Te vas, siempre pequeña y maquillada por el sol poniente, hasta no ser, en lo alto de la colina, más esbelta en tu túnica anaranjada que una llama vertical, que danza imperceptiblemente..."

Si tú no me abandonas, iré danzando hasta mi blanca tumba.

Saludaré a la luz, que me hizo hermosa y me vio amada con una danza involuntaria, cada día más lenta.

Una última danza trágica me enfrentará con la muerte, mas sólo lucharé para sucumbir con elegancia.

Que los dioses me concedan una caída armoniosa, juntos los brazos en mi frente, doblada una pierna y extendida la otra, como presta a franquear, de un salto ingrávido, el negro umbral del reino de las sombras...

Me llamas danzarina, y, sin embargo, no sé bailar...

Autor del cuento: Sidonie-Gabrielle Colette

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LA FOTO

Jaime y Paula se casaron. Ya durante la luna de miel fue evidente que Paula se moría. Apenas unos pocos meses de vida le pronosticó el médico. Jaime, para conservar ese bello rostro, le pidió que se dejara fotografiar. Paula, que estaba plantando una semilla de girasol en una maceta, lo complació: sentada con la maceta en la falda sonreía y...

¡Clic!

Poco después, la muerte. Entonces Jaime hizo ampliar la foto -la cara de Paula era bella como una flor-, le puso vidrio, marco y la colocó en la mesita de noche.

Una mañana, al despertarse, vio que en la fotografía había aparecido una manchita. ¿Acaso de humedad? No prestó más atención. Tres días más tarde: ¿qué era eso? No una mancha que se superpusiese a la foto sino un brote que dentro de la foto surgía de la maceta. El sentimiento de rareza se convirtió en miedo cuando en los días siguientes comprobó que la fotografía vivía como si, en vez de reproducir a la naturaleza, se reprodujera en la naturaleza. Cada mañana, al despertarse, observaba un cambio. Era que la planta fotografiada crecía. Creció, creció hasta que al final un gran girasol cubrió la cara de Paula.

Autor del cuento: Enrique Anderson Imbert

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MARINA

Marina me mira con una mirada azul y sonríe. Le veo los labios y sé que acaba de pintárselos. Viene por la playa con las narices fruncidas porque el sol está alto; con el bikini floreado -naranja y amarillo- que el resplandor de la arena le borra. Se detiene a unos pasos. Se vuelve hacia el mar con las manos sobre las cejas, como si buscara algo en el fondo del día.
Intento saludarla sin salir de la palapa, sin levantarme de la silla, sin apartar la vista de los vellos que le asoman junto a las flores.
Marina no me responde. Da unos pasos como si se marchara y regresa enseguida, de nuevo sonriente, sin decir palabra. Alza los brazos y los cruza por detrás de la nuca como si en ese momento quisiera, más que ninguna otra cosa en la vida, mostrarme el ombligo, entregar las axilas al viento.
El ombligo de Marina parece el ojo de una cerradura, así que me pongo de pie y salgo de la sombra para buscarla. Siento la arena caliente, aspiro el sudor del día, oigo los tumbos, veo a Marina con la mirada azul.
- Ten cuidado -dice y sonríe, frunce la nariz y los labios recién pintados-; soy algo menos que espuma -y se vuelve de plata mientras regresa al mar.

Autor del cuento: Felipe Garrido

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Helen

Enviado por gabl  

26 Mayo 2017, 03:53

Este cuento cuyo comienzo publiqué tal cual como aparece lleva por nombre "Helen"

I.-Recuerdos.
Estoy sumido en los recuerdos de aquellos días que vivimos intensamente al calor de nuestros cuerpos, abrigados por el amor que nos mantenía unidos como un solo ser.. ...
Germán Barrios Leal

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TRANVÍA

Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. "Amplia sonrisa, caderas anchas... una madre excelente para mis hijos", pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.
Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.

Dudó. Ella bajó.

Se sintió divorciado: "¿Y los niños, con quién van a quedarse?"

Autor del cuento: Andrea Bocconi

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CONJURO

De una inscripción trazada en la arena y abandonada al viento: “…te convoco y te condeno a que no puedas cerrar los ojos sin verme, ni abrir los labios sin llamarme, ni saciar la sed sin sentir en tu boca la mía, ni tocar tu cuerpo sin creer que me acaricies, ni doblar una esquina sin la esperanza de hallarme, ni alzar el teléfono sin oír en mi voz tu nombre, ni abrir un libro sin leer estas palabras, porque el único amor que me hace falta es el tuyo, y lo necesito de esta manera desmesurada en que yo te…”

Autor del cuento: Felipe Garrido

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UN HOMBRE DE CIERTA EDAD Y SUS DOS AMANTES

Un hombre de edad madura, más pronto viejo que joven, pensó que era tiempo de casarse. Tenía el riñón bien cubierto, y por tanto, donde elegir;
todas se desvivían por agradarle. Pero nuestro galán no se apresuraba. Piénsalo bien, y acertarás.
Dos viuditas fueron las preferidas. La una, verde todavía; la otra, más sazonada, pero que reparaba con auxilio del arte lo que había destruido la
naturaleza. Las dos viuditas, jugando y riendo, le peinaban y arreglaban la cabeza. La más vieja le quitaba los pocos pelos negros que le quedaban,
para que el galán se le pareciese más. La más joven a su vez, le arrancaba las canas; y con esta doble faena, nuestro buen hombre quedó bien pronto sin cabellos blancos ni negros.
“Os doy gracias, les dijo, oh señoras mías, que tan bien me habéis trasquilado. Más es lo ganado que lo perdido, porque ya no hay que hablar de bodas. Cualquiera de vosotras que escogiese, querría hacerme vivir a su gusto y no al mío.
Cabeza calva no es buena para esas mudanzas: muchas gracias, pues, por la lección.”

Autor del cuento: Jean de la Fontaine

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DAMA DE LUZ

Luego me dijo que se iba un rato a la playa. Me guiñó un ojo. Se calzó las sandalias. Se ajustó los tirantes. Abrió las cortinas y se volvió toda de oro y sombra, como si fuera de luz. Cerró los ojos deslumbrada. Tropezó con la mesa y tiró la botella de agua y lanzó un gritito ahogado y se rió cubriéndose la boca con las manos enjoyadas y trajo una toalla para secar aquello y me vio un momento como si fuera a decir algo, pero el canto de las cigarras la intimidó. Se miró en el espejo por delante y por detrás y después de lado mientras aspiraba hondo, parada de puntas, y se le dibujaron las costillas. Se puso una falda de manta y los lentes oscuros. Llegando a la puerta me tiró un beso. Nunca la volví a ver.

Autor del cuento: Felipe Garrido

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MARITA

Marita se pone de pie frente a la ventana, con el cabello revuelto. Cruza los brazos por el frente, toma de abajo la blusa tejida y con un solo movimiento ascendente se la saca por la cabeza.
¡Ay, gloria de la tarde, toda sol y viento y buganvilias y los pechos de Marita puestos de golpe a la luz! Apresúrate a gozarlos. Nadie sabe cuántos serán sus días.

Autor del cuento: Felipe Garrido

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Llanto

Enviado por gabl  

11 Mayo 2017, 01:58

Llanto.
¿Me preguntas por qué lloro?
Te heriría si mintiera.
Si tratara de evadir respuesta alguna.
¡Déjame pensar!
Decirte que lloro de alegría, que lloro por ti.
¡No!, ya estoy mintiendo…
¿La verdad?
¡Está bien!
Lloro por la vida, por ella que me ha castigado severamente. Porque me juzgó sin comprenderme.
Sin valorar las buenas acciones, sin tomar en cuenta que cuando callaba lo hacía para no herir tus sentimientos. Que prefería verte sonreír, ver la blancura de tus dientes resaltar en contraste con tus labios carmesí, que ver tus ojos entristecer.
Que causarte dolor cuando mis mentiras, por más piadosas, no las entendieras y, que al descubrirlas siempre serían mentiras.
¡Por eso lloro!
Por amante en silencio, por tratar de que fueses feliz a costa de mi sufrimiento. Por entregarte a caricias ajenas. Por eso y por mi cobardía. Por mis temores. Por la falta de valor para tomar lo que en verdad era mío.
Sé que ocultas amargura, desilusiones, es mi culpa. Lo dicen tus ojos almendrados, lo expresas en el dejo de tu palabra.
¡Ven siéntate frente a mí!
Escucha lo que mi corazón tiene que decirte.
…ahora, que ya sabes el por qué lloro, júzgame tú también. Impón el castigo que merezcan mis acciones.
¿Cómo mitigar tu dolor?
¡Si son penas por amor!
Son heridas que no sangran, pero son heridas profundas que llevas dentro de ti.
¡Por eso también lloro!
gbl
10/04/2017
Derechos Reservados de Autor

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PARA MI CHICA LA MARGA

Cuando Marga no está, todo es Marga.
Es Marga la pasta de mi tubo de dientes. Marga es mis orejas y las pocas ganas que hoy tengo de levantarme. Y también el vecino que me saluda y parece que diga Marga. Hoy más que nunca Marga es Argentina. Y ensalada con pechuga asada. Hoy Marga no es la siesta, porque pensando, pensando tampoco hoy me dejó dormir. Esta tarde son Marga mis piernas, que me llevan poco a poco como si fueran solas, sin contar con el resto de mi cuerpo, que, dicho sea de paso, también es de Marga. Y el agradable sonido de mis pasos en el suelo. Y mi respiración. Marga es Dostoievski. Y también Mario Benedetti y Miguel Hernández. Y mi Daniel Pennac. Esta tarde es Marga hasta Ana Rosa Quintana. Y café con leche y torta de nueces y pasas. Marga es las nueve y media y las diez menos cuarto y las diez y veinte.
Y es entonces, a eso de las diez y media, cuando Marga está, y todo lo demás no existe. Y sólo existe Marga.

Autor del cuento: Martín Civera López

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FRACASO

Subir al tercer piso le toma cincuenta y ocho segundos. Decide terminar. Abre la puerta. Naufraga en sus ojos, color de miel.

Autor del cuento: Felipe Garrido

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Helen

Enviado por gabl  

26 Mayo 2017, 00:34

I.-Recuerdos.
Estoy sumido en los recuerdos de aquellos días que vivimos intensamente al calor de nuestros cuerpos, abrigados por el amor que nos mantenía unidos como un solo ser.
Solamente las sábanas húmedas eran testigos mudos de nuestra fusión. Susurro tenue, frases incoherentes, dos corazones latiendo a un solo ritmo.
Nuestra hora, nuestro momento, nuestra entrega, nuestro final.
Llega el alba y con ella la realidad, el tedio, la melancolía, la sensación del abandono físico y espiritual.
Lo tangible, lo etéreo, lo utópico.
El agua fresca de la mañana se lleva de mi cuerpo la huella de tu piel, tu aroma, tus fluidos corporales se mezclan buscando escapar a través del desagüe, formando figuras caprichosas que giran arremolinadas en torno a la boca que se las traga al unísono llevándolas en un viaje sin retorno al torrente de las aguas servidas que se perderán en el mar lejano a mi lar.
II.-Dos meses antes.
Caminaba buscando un lugar para paliar el frío de esa tarde.
Entro a un bar. Solicito un trago sin hielo, decido por un escocés 8 años. Cato la bebida con la punta de la lengua, queriendo que el sabor casi seco amargo llegue a mis papilas gustativas y me incite a sorber más del contenido de aquella copa translucida que deja ver el color dorado pálido del licor.
-A medida que entraba en calor, notó una frágil figura femenina aparecer en el umbral de la puerta, a contraluz el cabello le brillaba tomando la tonalidad del trigo seco. Sus pupilas dilatadas encendieron la curiosidad y al encontrarse con su mirada el corazón aceleraba llevándolo a sentir taquicardia emotiva. Ella se ubicó a unos cuantos pasos de él, por lo que Alberto eludió su mirada escudriñadora y sólo se atrevió a verla de reojo.

1
Después de unos tragos, se atrevió a acercarse a la joven iniciando un breve diálogo. Seguro de la aceptación de su compañía, dominó la relación surgida y obligada por el ambiente reinante en el pequeño recinto. Reían e intercambiaban anécdotas de hechos pasados. Más tarde la pareja salió del local, sonreían, tomados de las manos e iniciaron una pausada caminata. Recuerda Alberto, que cada paso en su andar los incitaban a un corto intercambio de mono sílabos.
Sin llegar a concretar una conversación coherente se miraban a los ojos. Él la acariciaba sin tocarla. Bastaba hacer un recorrido imaginario e intangible por su cuerpo. Su voz lo regresó al presente.
-¿Oye, que te pasa?
-¿Donde están tus pensamientos?
-Regresa al presente!
-En mi cara se dibujó un tímido gesto de sorpresa, a la vez que balbuceé una frase casi inaudible a sus oídos.
¿Que dices?
¡-Nada!
¡Es que pensaba llevarte a mi apartamento!
-Es decir pedirte que me acompañaras a mi pequeño establo.
-Así lo denomino, porque soy un animal más en esta selva de concreto.
-Vamos, estamos cerca, es en Audubon, por la calle 185.
Ya en el calor de mi pequeño apartamento, bebíamos café, procedente de mi amada Venezuela. En el ambiente reinaba el silencio entre nosotros. Roto por la suave melodía que provenía de mi viejo aparato de CD. Una vieja canción “que porque te quiero, son mil cosas a la vez, es estar contigo es buscar tu abrigo, es un no sé qué”…(1)

2
Transcurrieron las horas, dos, tres… sentía su atracción. La abracé de repente, se sorprendió. Allí sellamos nuestra empatía con un beso repentino y deseado.
Lo cual nos sumió en un intercambio de caricias que recorrieron nuestros cuerpos desnudos iniciándose así la entrega deseada. La consumación del deseo mutuo, la fusión de nuestros cuerpos y nuestras almas. El orgasmo se hizo presente, recorriendo cada fibra de su temblorosa humanidad, dos cuerpos en reposo que se sumieron en un profundo sueño. Llegó el amanecer cargado de silencio cómplice del frío que se colaba en la cálida habitación.
El letargo fue interrumpido por un débil rayo solar que iluminó nuestros torsos y suavemente acaloraba el tálamo delator de una noche vivida de pasiones conceptuadas y ¿por qué no? alocadas.

III.-De vuelta al presente.

-De pronto el agua se torna un poco fría, devolviéndolo a la realidad.
Se apresuró en concluir el baño. Desayuna rápidamente buscando ganar tiempo para salir.
En su mente solo está la presencia, la figura, la risa de Helen que hace eco en su cerebro.
Sus encuentros se volvieron más frecuentes, era la necesidad del intercambio de una caricia, de una fusión.
Comenzó un amor apasionado, tierno, sin fronteras.
Alberto y Helen compenetraron más sus corazones, el razonamiento se perdía con las horas vividas, con la intensidad de la fuerza que les daba el tiempo para fundirse en un solo ser.
3

IV.-Un mes después.

Han pasado treinta días y la angustia se hace patética al no saber nada de ti, paso horas en el lugar que solíamos encontrarnos, te he buscado infructuosamente.
Mi mente semeja un huracán de pensamientos confusos.
-“Donde estás?
Te busco y no te encuentro.
Sólo dame una señal,
Y llegaré a ti.”
-Con estas líneas, desliza una nota debajo de la puerta del hogar de Helen. Alberto espera obtener una respuesta, una llamada. Después de un largo deambular por Canal Street y Battery Park, tomó el ferry hacia la Estatua de La Libertad. Permaneció por horas en la isla, lugar que la pareja frecuentaba y solían tomar alguna bebida caliente a orillas de las gélidas aguas del Hudson.
-Era mediado de Noviembre y oscurecía a partir de las cuatro y treinta de la tarde, la temperatura ambiente estaba a -5° C, cuando decidió regresar a Manhattan.
-El rostro de Alberto dejaba entrever tristeza, ausentismo y pesadez emocional en sus actos. La barba de días sin rasurar le estaba poblando poco a poco su tez, su piel marcaba los estragos de la brisa fría que se colaba por el resto de su cuerpo, aunado al escaso abrigo que lo cubría.

4

V.-La Despedida.

Amanece otro día, el despertar cargado de incertidumbre le impide pensar lucidamente. El tono del timbre de la puerta lo saca de su modorra. Encuentra una hoja de papel de color azul, cuidadosamente doblada en dos partes.
Al leer su nombre, el corazón le palpita aceleradamente al reconocer la letra.
“Mi querido Alberto, cuando estés leyendo estas líneas yo habré emprendido el viaje de los que no regresan físicamente pero permanecen espiritualmente en los corazones de las personas que nos amaron, que nos llenaron de alegría y nos hicieron aceptar la inminente partida. Le pedí a mi amiga, que solamente una semana después de haber fallecido, hiciera llegar a tus manos esta misiva.
Cuando nos conocimos me quedaba poco tiempo de vida. Y el destino decidió alargarlo para que compartiera esos días contigo.
Compartirlos y disfrutar de la felicidad y los gratos momentos que me brindaste.
Quiero que me recuerdes sin tristeza en tu corazón, quiero que recuerdes mi presencia en tu vida como algo fugaz y que asumas que algún día nos encontraremos en el lugar que tenemos destinados los mortales cuando dejamos nuestros cuerpos. Y el espíritu se eleva en busca de la paz y la eternidad.
Gracias por esas lágrimas que se escapan de tus ojos y humedecen el papel en tus manos. Para mí es una prueba inmensa de tu amor, sonríe que así me haces feliz.
Te amaré por siempre.
Helen”.

5
VI.-El presente.

Alberto, recuerda cuando llegó a Nueva York.
A raíz de la muerte de su padre, debió viajar en compañía de su madre desde Caracas para asistir a las exequias de su progenitor. Su papá, había nacido cuarenta y tres años atrás en la isla del encanto, Puerto Rico, y desde hace veinte se radicó en Brooklyn. Sobrevivió realizando múltiples oficios y últimamente conducía un taxi que durante más de una década le brindó el sustento diario y periódicamente le mandaba algunos dólares a su hijo.
El destino le trajo a la memoria ese momento pleno de dolor; temía seguir ahondando en los días de tristeza, en la falta de su padre. Y la partida inesperada de su madre, dos años más tarde.
¡Y ahora Helen!

Alberto quedó en shock. Su mente se nubló. Se dejó caer pesadamente en su cama, mientras que las lágrimas brotaban de sus ojos, le nublaron la visión, mojaron sus mejillas hasta llegar a sus labios e inconscientemente probar el sabor salado del líquido que cada vez se hacía más copioso.
Temblorosamente se frotó los ojos. Tragó grueso, su garganta se resecaba.
De sus labios se escapó un no tan sonoro que retumbó en las paredes del pequeño apartamento que pudo haber causado algún daño auditivo de alguna persona cercana a él. Ya en horas de la tarde, muy compungido se asomó por la ventana oteando el azulado y grisáceo cielo.
Tal vez buscaba una explicación o consolación para su alma, para su mente que se había convertido en un torbellino de pensamientos inexplicables e incomprendidos para ese momento. Algo que lo regresara al presente, a la realidad, y así enfrentar el triste y doloroso trance.

6

A lo lejos, el silencio de la tarde fue roto por el eco de una melodía. Tenue pero audible prestó atención a la letra de la canción, no reconoció el intérprete.
Pero se atrevió a tararear parte de la estrofa;

… “Te extraño más que nunca y no sé qué hacer, despierto y te recuerdo al amanecer, espera otro día por vivir sin ti…” (2)

Otro día, otro despertar, otro amanecer sin Helen.
-Que pasará mañana, que hoy estoy sin ti.

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