13 Cuentos mexicanos 

Comparte:
AVISO

La isla prodigiosa surgió en el horizonte como una crátera colmada de lirios y de rosas. Hacia el mediodía comencé a escuchar las notas inquietantes de aquel canto mágico.
Había desoído los prudentes consejos de la diosa y deseaba con toda mi alma descender allí. No sellé con panal los laberintos de mis orejas ni dejé que mis esforzados compañeros me amarraran al mástil.
Hice virar hacia la isla y pronto pude distinguir sus voces con toda claridad. No decían nada; solamente cantaban. Sus cuerpos relucientes se nos mostraban como una presa magnífica.
Entonces decidí saltar sobre la borda y nadar hasta la playa.
Y yo, oh dioses, que he bajado a las cavernas del Hades y que he cruzado el campo de asfodelos dos veces, me vi deparado a este destino de un viaje lleno de peligros.
Cuando desperté en brazos de aquellos seres que el deseo había hecho aparecer tantas veces de este lado de mis párpados durante las largas vigías del asedio, era presa del más agudo espanto. Lancé un grito afilado como una jabalina.
Oh dioses, yo que iba dispuesto a naufragar en un jardín de delicias, cambié libertad y patria por el prestigio de la isla infame y legendaria.
Sabedlo, navegantes: el canto de las sirenas es estúpido y monótono, su conversación aburrida e incesante; sus cuerpos están cubiertos de escamas, erizados de algas y sargazo. Su carne huele a pescado.

Autor del cuento: Salvador Elizondo

80.00%

votos positivos

Votos totales: 5

Comparte:
AVES ACUATICAS

Por el agua y en la orilla, las aves acuáticas pasean; mujeres tontas que llevan con arrogancia unos ridículos atavíos. Aquí todos pertenecen al gran mundo, con zancos o sin ellos, y todos llevan guantes en las patas.
El pato golondrino, el cucharón y el tepalcate lucen en las plumas un esplendor de bisutería. El rojo escarlata, el azul turquesa, el armiño y el oro se prodigan en juegos de tornasol. Hay quien los lleva todos juntos en la ropa y no es mas que una gallareta banal, un broceado corvejón que se nutre de pequeñas putrefacciones y que traduce en gala sus pesquisas de aficionado al pantano.
Pueblo multicolor y palabrero donde todos graznan y nadie se entiende. He visto al gran pelicano disputando con el ansarón una brizna de paja. He oído a las gansas discutir interminablemente acerca de nada, mientras los huevos ruedan sobre el suelo y se pudren bajo el sol, sin que nadie se tome el trabajo de empollarlos. Hembras y machos vienen y van por el salón, apostando a quien lo cruza con mas contoneo. Impermeables a más no poder, ignoran la realidad del agua en que viven.
Los cisnes atraviesan el estanque con vulgaridad fastuosa de fases hechas, aludiendo a nocturno y a plenilunio bajo el sol del mediodía. Y el cuello metafórico va repitiendo siempre el mismo plástico estribillo…. Por lo menos hay uno negro que se distingue; flota garete junto a la orilla, llevando en una cesta de plumas la serpiente de su cuello dormido.
Entre toda esta gente, salvemos a la garza, que nos acostumbra a la idea de que solo sumerge en el lodo una pata, alzada con esfuerzo de palafito ejemplar. Y que a veces se arrebuja y duerme bajo el abrigo de sus plumas ligeras, pintadas una a una por el japonés minucioso y amante de los detalles. A la garza que no cae en la tentación del cielo inferior, donde le espera un lecho de arcilla y podredumbre.

Autor del cuento: Juan José Arreola

75.00%

votos positivos

Votos totales: 4

Comparte:
EL RINOCERONTE

El gran rinoceronte se detiene. Alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embista como ariete, con un solo cuerno de toro blindado, embraveciendo y cegato, en arranque total de filósofo positivista. Nunca da en el blanco, pero queda siempre satisfecho de su fuerza. Abre luego sus válvulas de escape y bufa a todo vapor.
(Cargados con armadura excesiva, los rinocerontes en celo se entregan en el claro del bosque a un torneo desprovisto de gracia y destreza, en el que solo cuenta la calidad medieval del encontronazo.)
Ya en cautiverio, el rinoceronte es una bestia melancólica y oxidada. Su cuerpo de muchas piezas ha sino armado en los derrumbaderos de la prehistoria, con laminas de cuero troqueladas bajo la presión de los niveles geológicos. Pero en un momento especial de la mañana, el rinoceronte nos sorprende: de sus injares enjutos y resecos, como agua que sale de la hendidura rocosa, brota el gran órgano de vida torrencial y potente, repitiendo en la punta los motivos cornudos de la cabeza animal, con variaciones de orquídea, de azagaya y alabarda.
Hagamos entonces homenaje a la bestia endurecida y abstrusa, porque ha dado lugar a una leyenda hermosa. Aunque parezca imposible, este atleta rudimentario es el padre espiritual de la criatura poética que desarrolla en los tapices de la Dama, el tema de Unicornio caballeroso y galante.
Vencido por una virgen prudente, el rinoceronte carnal se transfigura, abandona su empuje y se agacela, se acierva y se arrodilla. Y el cuerno obtuso de agresión masculina se vuelve ante la doncella una esbelta endecha de marfil.

Autor del cuento: Juan José Arreola

75.00%

votos positivos

Votos totales: 4

Comparte:
EL GALLO MATEMÁTICO

Has visto antes otro gallo matemático. Distraído como vive, con la cabeza puesta en quebrados, restas y potencias, suele tropezarse y darse contra el piso. Así que prefiere ir volteando hacia atrás, para cuidarse las narices. Otros dicen que lo hace para estar seguro de que lo sigue su cola. Nadie sino él sabe cuantas plumas tiene.

Autor del cuento: Felipe Garrido

71.43%

votos positivos

Votos totales: 14

Comparte:
SILENCIO

Apenas abres la puerta alzas las cejas para interrogar a la mujer que se asoma desde la cocina con la jerga en las manos, la cabellera cana, los movimientos adormilados, y sabes, por el gesto de la boca, que no hay novedades, así que dejas caer el bolso en una silla, te quitas los zapatos y el cinto y las pulseras y los aretes, y muy bien no sabes dónde van quedando, y abres el refrigerador y lo cierras sin sacar nada y bebes agua de mango a tragos largos, atragantándote de la jarra que está en la mesa, y no quieres verte en el espejo del baño porque sabes muy bien cuál es el espesor del baño, porqué sabes muy bien cuál es el espesor de tu mirada y de pronto sales al pasillo descalza, con el corazón en la boca, entrecerrando los ojos pero no hay sino silencio, y te desnudas de prisa en la espera de todo el día acumulada en los dientes que muerden las uñas nacaradas y en algún lugar del vientre, ya apagas la lámpara, te metes bajo las sábanas, cierras los ojos porque el sueño te promete una tregua y detrás de los párpados avivas el recuerdo porque tus tinieblas te regalan la impresión de una absoluta intimidad y luego miras el reloj luminoso y vuelves a cerrar los ojos y quieres dormir enseguida, y antes de hundir la cabeza en la almohada te aseguras de que encima del buró esté a tu alcance, callado, silencioso el teléfono.

Autor del cuento: Felipe Garrido

71.43%

votos positivos

Votos totales: 7

Comparte:
FELINOS

El que sacó de la leonera el guante de Doña Juana; Don Quijote que mantiene a raya dos fieras con pura grandeza de alma; Androcles sereno y sin retórica (el león ya no se acobarda de la espina); los mártires cristianos que se metieron por la fuerza en las fauces hambrientas, y el Vizconde de los Asilos que estropeó un espectáculo circense al poner un sándwich en la boca del Rey de la Selva sin látigo y sin silla plegadiza, han hecho del oficio de domador uno de los mas desprestigiados en nuestros días.
En realidad el león sobrelleva a duras penas la terrible majestad de su aspecto: el cuerpo del edificio no corresponde a la fachada y es como su alma, bastante perruno y desmedrado. Sigue siendo un carnívoro gracias a ciertos súbditos que realizan para el oficio de verdugos. El león se presenta intempestivamente en los banquetes salvajes y a base de prestancia pone en fuga a los comensales. Luego devora solitario y lleno de remordimientos los restos de una presa que nunca captura personalmente. Si de ellos dependiera, todos los leones que ambulan por la selva estarían ya enjaulados, triturando fémures y costillares de caballo tras de innecesarios barrotes. En fin de cuentas nunca son tan felices como al verse hechos de mármol y de bronce o estampados por lo menos en los alarmantes carteles del circo.
La falta de melena hace que muchos felinos se busquen por sí mismos el sustento. De allí la innegable superioridad de tigres, panteras y leopardos, que a veces logran forjarse una leyenda atacando piezas de ganado mayor después de poner en fuga cobarde a los guardianes.
Si no domesticamos a todos los felinos fue exclusivamente por razones de tamaño, utilidad y costo de mantenimiento. Nos hemos conformado con el gato, que come poco y que de vez en cuando se acuerda de su origen y nos da un leve arañazo. Sólo algunos príncipes orientales pueden darse el lujo de poseer felinos en formato mayor, que ronronean como una locomotora, que son muy útiles como perros de caza, que devoran ellos solos la mitad del presupuesto palaciego y que si llegan a distraerse y arañan, son capaces de mondar a cualquier esqueleto de toda carne superflua.

Autor del cuento: Juan José Arreola

66.67%

votos positivos

Votos totales: 3

Comparte:
LA BOA

La proposición de la boa es tan irracional que seduce inmediatamente al conejo, antes de que pueda dar su consentimiento. Apenas si hace falta un masaje previo y una lubricación de saliva superficial.
La absorción se inicia fácilmente y el conejo se entrega en una asfixia sin pataleo. Desaparecen la cabeza y las patas delanteras. Pero a medio bocado sobrevienen las angustias de un taponamiento definitivo. En ayuda de la boa transcurren los últimos instantes de vida del conejo, que avanza y desaparece propulsado en el túnel costillar por cada vez más tenues estertores.
La boa se da cuenta entonces de que asumió un paquete de graves responsabilidades, y empieza la pelea digestiva, la verdadera lucha contra el conejo. Lo ataca desde la periferia al centro, con abundantes secreciones de jugo gástrico, embalsamándolo en capas sucesivas. Pelo, piel, tejidos y vísceras son cuidadosamente tratados y disueltos en el acarreo del estómago. El esqueleto se somete por ultimo por un proceso de quebrantamiento y trituración, a base de contracciones y golpeteos laterales.
Después de varias semanas, la boa victoriosa, que ha sobrevivido a una larga serie de intoxicaciones, abandona los últimos recuerdos del conejo bajo la forma de pequeñas astillas de hueso laboriosamente pulimentadas.

Autor del cuento: Juan José Arreola

66.67%

votos positivos

Votos totales: 3

Comparte:
EL BURRO CANELO

Tras un día de camino para encontrar al hijo que regresaba del colegio después de algunos años de ausencia, el padre tuvo el primer disgusto. Apenas se habían saludado, el muchacho en lugar de preguntar por su madre, por los hermanos o al menos por la abuela, ansiosamente le dijo:
-Padre, ¿y el burro canelo?

-El burro canelo… se murió de roña, de garrapatas y de viejo.

Al muchacho se le habían olvidado costumbres y hasta los nombres de las cosas que lo rodearon desde que nació. ¡Cómo era posible que para montar pusiera en el estribo el pie derecho! Pero el asombro del padre fue mayor cuando el chico preguntó con gran curiosidad si aquello era trigo o arroz al pasar junto a unos campos sembrados de maíz.

Mientras el muchacho descansaba, el padre sorprendido y triste informó a su esposa lo ocurrido. La madre no quiso darle mucho crédito, pero cuando llegó la hora de la cena, la mujer sintió el mismo desencanto. El muchacho solo hablaba de la ciudad. Uno de sus maestros le había dicho que el jorongo se llamaba “clámide”, y el huarache, el sufrido huarache del arriero, se le llama “coturno”.

La madre había preparado para su hijo querido lo que más le gustaba: atole de maíz tierno, con piloncillo y canela. Cuando se lo sirvió, caliente y oloroso, el hijo hizo la más absurda pregunta de cuantas había hecho:

-Madre, ¿cómo se llama esto?

Y mientras esperaba la respuesta se puso a menear el atole con un circular ir y venir de la cuchara.

-Al menos, si has olvidado el nombre, no has olvidado el meneadillo -dijo la madre suspirando.

Autor del cuento: Gregorio López y Fuentes

60.00%

votos positivos

Votos totales: 5

Comparte:
CAMÉLIDOS

El pelo de la llama es de impalpable suavidad, pero sus tenues guedejas están cinceladas por el duro viento de las montañas, donde ellas se pasean con arrogancia, levantando el cuello esbelto para que sus ojos se llenen de lejanía, para que su fina nariz absorba todavía más alto la destilación suprema del aire enrarecido.
Al nivel del mar, apegado a una superficie ardorosa, el camello parece una pequeña góndola de asbesto que rema lentamente y a cuatro patas el oleaje de la arena, mientras el viento desértico golpea el macizo velamen de sus jorobas.
Para el que tiene sed, el camello guarda en sus entrañas rocosas la ultima veta de humedad; para solitario, la llama afelpada, redonda y femenina finge los andares y la gracia de una mujer ilusoria.

Autor del cuento: Juan José Arreola

60.00%

votos positivos

Votos totales: 5

Comparte:
LOS MONOS

Wolfgang Kohler perdió cinco años en Tetuán tratando de hacer pensar a un chimpancé. Le propuso, como buen alemán, toda una serie de trampas mentales. Lo obligo a encontrar la salida de complicados laberintos; lo hizo alcanzar difíciles golosinas, valiéndose de escaleras, puertas, perchas y bastones. Después de semejante entrenamiento, Mono llego a se el simio mas inteligente del mundo; pero fiel a su especie distrajo todos los ocios del psicólogo y obtuvo sus raciones sin transporte el umbral de la conciencia. Le ofrecían la libertad, pero prefirió quedarse en la jaula.
Ya muchos milenios antes (¿cuántos?), los monos decidieron acerca de su destino oponiéndose a la tentación de ser hombres. No cayeron en la empresa racional y siguen todavía en el paraíso: caricaturales, obscenos y libres a su manera. Los vemos ahora en el zoológico, como un espejo depresivo: nos miran con sarcasmo y con pena, porque seguimos observando su conducta animal.
Atados a una dependencia invisible, danzamos al son que nos tocan, como el mono de organillo. Buscamos sin hallar las salidas del laberinto en que caímos, y la razón fracasa en la captura de inalcanzables frutas metafísicas.
La dilatada entrevista de Mono y Wolfgang Kohler ha cancelado para siempre toda esperanza, y acabo en otra despedida melancólica que suena a fracaso.
(El homo sapiens fue a la universidad alemana para redactar el celebre tratado sobre la inteligencia de los antropoides, que le dio fama y fortuna, mientras Mono se quedaba para siempre en Tetuán, gozando una pensión vitalicia de frutas al alcance de su mano).

Autor del cuento: Juan José Arreola

60.00%

votos positivos

Votos totales: 5

Comparte:
ORACIÓN A SANTA NOSTALGIA

Por la gracia de tu clemencia, alta señora, vengo a postrarme al abrigo de tu sombra para pedirte que ampares mi derrotero.
Santa Nostalgia, sirena y virgen, cuídame los pasos, los vientos, los sueños, las compañías, los pensamientos, las tristezas. No dejes que me pierda de mi isla; no permitas que llegue a ella sin darme cuenta; no toleres que la destruyan mi codicia, mi ira, mi abandono, la torpeza de mi amor.

Autor del cuento: Felipe Garrido

50.00%

votos positivos

Votos totales: 6

Comparte:
INSECTIADA

Pertenecemos a una triste especie de insectos, dominada por el apogeo de las hembras vigorosas, sanguinarias y terriblemente escasas. Por cada una de ellas hay veinte machos débiles y dolientes.
Vivimos en fuga constante. Las hembras van tras de nosotros, y nosotros, por razones de seguridad, abandonamos todo alimento a sus mandíbulas insaciables.
Pero la estación amorosa cambia el orden de las cosas.
Ellas despiden irresistible aroma. Y las seguimos enervados hacia una muerte segura. Detrás de cada hembra perfumada hay una hilera de machos suplicantes.
El espectáculo se inicia cuando la hembra percibe un número suficiente de candidatos. Uno a uno saltamos sobre ella. Con rápido movimiento esquiva el ataque y despedaza al galán. Cuando esta ocupada en devorarlo, se arroja un nuevo aspirante.
Y así hasta el final. La unión se consuma con el ultimo superviviente, cuando la hembra, fatigada y relativamente harta, apenas tiene fuerzas para decapitar al macho que la cabalga, obsesionado en su goce.
Queda adormecido largo tiempo triunfadora en su campo de eróticos despojos. Después cuelga del árbol inmediato un grueso cartucho de huevos. De allí nacerá otra vez la muchedumbre de las víctimas, con su infalible dotación de verdugos.

Autor del cuento: Juan José Arreola

50.00%

votos positivos

Votos totales: 4

Comparte:
LAS FOCAS

Difícilmente erguida en su blandura musculosa, una levanta el puro torso desnudo. Otra reposa al sol un odre lleno de agua pesada. Las demás circulan por el estanque, apareciendo y desapareciendo, rodando en el oleaje que sus evoluciones promueven.
He visto el quehacer incesante de las focas. He oído sus gritos de júbilo, sus risotadas procaces, sus falsos llamados de náufrago. Una gota de agua me salpica la boca.
Veloces lanzaderas, las focas tejen y destajen la tela interminable de sus juegos eróticos. Se abrazan sin brazos y resbalan de una en otra improvisando sus rondas ad libitum. Baten el agua con duras palmadas; se aplauden ellas mismas en ovaciones viscosas. La alberca parece de gelatina. El agua esta llena de labios y de lenguas y las focas entran y salen relamiéndose.
Como en la gota microscópica, las focas se deslizan por las frescas entrañas del agua virgen con movimiento flagelo de zoospermos, y las mujeres y los niños miran inocentes la pantomima genética.
Perros mutilados, palomas desaladas. Pesados lingotes de goma que nadan y galopan con difíciles ambulacros. Meros objetos sexuales. Microbios gigantescos. Criaturas de vida infusa en un barro de forma primaria, con probabilidades de pez, de reptil, de ave y de cuadrúpedo. En todo caso, las focas me parecieron grises y manoseados jabones de olor intenso y repulsivo.
¿Pero qué decir de las hembras amaestradas, de las focas de circo que sostienes una esfera de cristal en la punta de la nariz, que dan saltos de caballo sobre el tablero de ajedrez, o que soplan por un hilera de flautas los primeros compases de la Pasión según San Mateo?

Autor del cuento: Juan José Arreola

50.00%

votos positivos

Votos totales: 4

Desde el 1 hasta el 13 de un total de 13 Cuentos mexicanos

Añade tus comentarios